Por Luis Lezama
Para ARMY México, que hizo del entusiasmo una forma de presencia pública.
Sin advertirlo, llegada cierta edad, la juventud ajena empieza a sonar como idioma extranjero y la suficiencia propia se parece demasiado a un achaque. Ante el fenómeno BTS, el primer reflejo puede ser la mueca. El segundo, si queda algo de pudor, tiene que ser la atención. Ante un mundo cuyos códigos se desconocen, primero se aprende a mirar.
Para quien viene de una sobremesa donde aún se discute si el rock murió con el primer sintetizador, BTS es un grupo surcoreano de K-pop, pero también es industria, marca y diplomacia cultural. ARMY es su fandom: la comunidad transnacional de fans que rodea y sostiene al grupo. El fandom consume, sí, pero también traduce, organiza, pelea y vuelve colectiva una experiencia que el adulto solemne relega por reflejo al cajón adolescente. Hay maquinaria, consumo, vínculos de intimidad imaginada con los idols y burocracias del entusiasmo; también libran disputas de autenticidad y guerras de lealtad. ARMY sabe esto mejor que muchos observadores externos.
La visita de BTS a México exhibió una dificultad frecuente en el progresismo ilustrado: mirar la cultura de masas sin sacar la credencial de auditor del gusto y de la conciencia. Cada época elige su sospechoso de alienación popular. Antier fueron la telenovela y el fútbol, ayer el reguetón, ahora el K-pop. La multitud conmueve cuando aparece con la gravedad que exige la conciencia, pero empieza el expediente cuando goza, compra, baila, colecciona y convierte canciones coreanas en contraseña global. Para esa sensibilidad, una multitud sólo se vuelve respetable cuando pasa por la aduana de la estética correcta, de acuerdo con los cánones de la curaduría no alienada de símbolos populares.
Con la coartada de acusar al gobierno, la ultraderecha y esa izquierda con vocación de fiscal reprocharon que la presidenta recibiera a BTS y no a madres buscadoras, periodistas o campesinos. La cultura popular al banquillo, obligada a explicar por qué merece existir mientras el país duele, y el entusiasmo juvenil como frivolidad culpable. El opio del pueblo toma la forma de la demonología en uso para unos y otros, sea La Dictadura Populista, sea El Capital. No faltó la cereza censitaria, cortesía de la izquierda más crítica: acusar a Morena de buscar el “voto fácil” de las ARMY, no el “voto complejo” de las madres buscadoras. Como si la ciudadanía debiera pasar examen de sufrimiento ante quienes administran la conciencia ajena.
Desde luego, hubo una operación política para producir la escena. Ante esto la demanda desbordada de boletos, la presidenta llevó el asunto a la vía diplomática con su homólogo surcoreano Lee Jae-myung. Luego vino la visita de BTS a Palacio Nacional, que a pocas horas de anunciarse congregó a más de 50 mil fans en el Zócalo, una capacidad de movilización que pocos colectivos pueden presumir. La presidenta presentó el momento como muestra de vínculos culturales entre ambos pueblos. Leer esa operación es necesario, pero reducir a ARMY a clientela estética del poder es otra forma de no mirar.
La notable movilización del fandom tiene en común con la movilización política que las multitudes hablan con objetos, cuerpos, humor y ocupación del espacio. Desde luego, la protesta articula agravios y da cauce político, mientras que ARMY organiza pertenencia afectiva alrededor de una industria cultural global. La diferencia no es trivial. Pero en ambas aparece una inteligencia material que consiste en tomar lo disponible y convertirlo en lenguaje común.
Lo más revelador estaba en los freebies, obsequios elaborados por ARMY para otras ARMY que, sin advertirlo, activan un principio para crear comunidad tan viejo como la humanidad misma: la reciprocidad que abre el intercambio, que aquí adopta la forma de un potlatch del deseo pop. Calzones intervenidos con fotos de BTS, un Zote vuelto mercancía afectiva bilingüe, tarjetas de beneficiario de la “Pensión del Bienestar para Súper Sabrosos”… Todo ello decía más sobre el país que diez editoriales contra la alienación juvenil.
Además de Palacio Nacional y sus murales, los integrantes del grupo recorrieron espacios emblemáticos como Chapultepec, la UNAM, el Museo Anahuacalli y la Cuadra San Cristóbal, y asistieron a la lucha libre, donde el grito de “culero” y la mentada de madre, secundados por los idols, circularon como un malentendido feliz. Todo ello fue pretexto para una traducción desobediente de México pasado por BTS y de BTS pasado por México.
El hallazgo empieza cuando reconocemos que una parte de la vida colectiva ocurre en registros que la vieja educación política todavía no sabe leer sin la pulsión de corregirlos. Mientras corrige, se le escapa lo principal. Un Zote convertido en contraseña, una trajinera vuelta escenario coreano, un guardia repartiendo Kleenex a quienes lloraban después de “Spring Day”, y esa tarjeta de “Pensión del Bienestar para Súper Sabrosos”, documento apócrifo, burocracia amorosa, credencial imposible de una comunidad real.