COLUMNAS PLEBEYAS

La soberanía ante la violencia fascista - Sentido Común

El fascismo opera como una estructura psicológica que moviliza masas a través del miedo, la fascinación y la obediencia afectiva

07/05/2026

Por Antonio Bello Quiroz

Ese pensador francés heterodoxo e inclasificable llamado Georges Bataille, seminarista, bibliotecario, poeta, interesado en la sexualidad, el erotismo, la mística, lo sagrado, la violencia, la muerte, etc., se trata de un pensador original y profundo que pone en cuestión el concepto fundamental de soberanía y le devuelve su valor ante la violencia del Estado fascista.

 

Desde los años treinta, Bataille participa, entre otros, en grupos de intelectuales antifascistas; convive mucho con su querido Michel Leiris, lo mismo que con los surrealistas; buscan entender aquello que propiciaba el ascenso del fascismo, los mecanismos de poder que ejerce y lo que le permite sostenerse desde el engaño en la ilusión de superioridad; destaca que el caudillo produce un efecto análogo al de la hipnosis. Propone entonces el desmontaje de los mecanismos de seducción del fascismo para poder gestar una respuesta que no concibe sino a partir de la dimensión simbólica y, fundamentalmente, afectiva; una experiencia interior que implica vivir soberanamente.

Georges Bataille realiza en 1933 un breve ensayo titulado La estructura psicológica del fascismo. Ahí señala que el fascismo no es una aberración ideológica, y no se trata tampoco de una anomalía de la sociedad moderna, se trata esencialmente de una respuesta a las tensiones reprimidas de una sociedad.

 

Con frecuencia, Bataille echa mano de conceptos psicoanalíticos para poder desmontar los resortes poco visibles del fascismo. Por ello, efectivamente, si con Freud el delirio es un intento de solución, podemos pensar que el fascismo es una respuesta delirante que se ejecuta como un intento de solución ante las fracturas propias de toda sociedad moderna. Comúnmente, el delirio del fascismo se hace acompañar de otros delirios más añejos como el de la monarquía o el supremacismo de cualquier color.

 

Escrito en 1933, el texto mencionado no pierde un ápice de vigencia. En nuestros días, el mundo está viviendo las crudas expresiones de un Estado delirante, hoy por hoy, vivimos una oleada de ascenso del fascismo. Se reaviva la tensión en nuestras sociedades posmodernas de la dialéctica señalada por Bataille entre la sociedad homogénea (utilitaria y funcional) y los elementos sociales heterogéneos que tienen carácter de sagrado, afectivos y violentos y, además, señala que, como ocurre en nuestros días, las contradicciones en esta dialéctica emergen en crisis económicas y sociales.

El costado sorprendente del análisis del fascismo realizado por Bataille radica en que, más allá de los factores económicos, para él, el Estado fascista es una estructura psicológica que, a partir de la energía del nacionalismo (comolas falsas banderas de Patria, Familia, Libertad) y desde la pulsión de muerte, moviliza masas siguiendo a líderes excéntricos y carismáticos (Trump, Milei, Netanyahu, Bukele, y tantos más) que producen un efecto de adhesión afectiva a partir de generar identificación, fascinación y obediencia.

El Estado fascista no sólo administra, legisla o regula, además se reviste de un carácter sagrado, movilizador, imperativo, lo que le permite ejercer la violencia no como un recurso de excepción, sino como un valor positivo a la disposición absoluta de la voluntad del soberano o líder carismático y su delirante investidura sagrada. La violencia fascista para Bataille no es accidental o reactiva, es estructural, y la relación con el diferente no está mediada por orden legal o ético alguno; el diferente es visto como enemigo y, dice, como una figura inhumana, un animal que amenaza la integridad social cuya eliminación es necesaria, el derecho a la muerte es su prerrogativa.

 

Ante el ascenso del fascismo, Bataille ensaya una respuesta que pasa por la apropiación de la soberanía, dice: “Sí vivimos soberanamente, la representación de la muerte es imposible, pues el presente ya no está sometido a la exigencia del futuro. Por eso, de una manera fundamental, vivir soberanamente es escapar, si no de la muerte, al menos de la angustia de la muerte. No es que morir sea odioso, pero vivir servilmente es odioso”.