COLUMNAS PLEBEYAS
Las “muertes por desesperanza”: la razón oculta de la crisis del fentanilo - Sentido Común
El flagelo del narcotráfico no cesará hasta que se reconozca la complejidad y corresponsabilidad de todos los involucrados.
20/05/2026
En 2015, Anne Case y Angus Deaton —economista y premio Nobel de Princeton— publicaron un hallazgo demoledor en una prestigiosa revista de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos: entre 1999 y 2013, la mortalidad de los estadounidenses blancos no hispanos de 45 a 54 años aumentó por primera vez en la historia moderna de un país desarrollado.¹ No fue por cáncer ni por enfermedades infecciosas. Fue por sobredosis, suicidio y cirrosis alcohólica: las llamaron “muertes por desesperanza”.
El fenómeno golpeó con saña a la clase trabajadora blanca sin título universitario. Sus tasas de mortalidad pasaron de cerca de 40 a más de 130 por cada 100.000 habitantes entre mediados de los noventa y 2015.² La tasa de mortalidad de blancos con solo bachillerato, que en 1999 era 30% inferior a la de los negros, para 2015 era 30% superior.²
El epicentro geográfico fue el Rust Belt y Appalachia, el motor industrial y energético de la época de oro del capitalismo norteamericano. En 1950, esa zona concentraba más del 51% del empleo manufacturero de EE. UU. y el 43% del empleo total.³ Entre 1980 y 2000, el sector perdió 2 millones de empleos; entre 2000 y 2017, otros 5,5 millones, con las pérdidas más agudas en el Medio Oeste industrial.⁴ Hoy, Central Appalachia registra 151,9 “muertes por desesperanza” por cada 100.000 habitantes —más del doble del promedio nacional— y North Central Appalachia, 137,2.⁵ Estas cifras describen una cruda realidad: el proceso de desindustrialización y deslocalización que EE. UU. ha vivido desde los años setenta dejó a una clase obrera estadounidense abandonada y, lo que es peor aún, vulnerable ante la voracidad de la industria farmacéutica.
No fueron los cárteles del exterior. Fue Purdue Pharma, que lanzó OxyContin en 1996 minimizando su riesgo adictivo; la American Pain Society —financiada por Purdue— promovió el “dolor como quinto signo vital”; la Veterans Health Administration adoptó el concepto, y la Joint Commission —organismo acreditador de hospitales para recibir recursos— lo convirtió en requisito institucional en el año 2000. Como resultado, las prescripciones de opioides se dispararon desde entonces. Este entramado de corrupción institucional sentó las bases para la gran demanda que hoy acicata la oferta de opioides.
La industria farmacéutica se encargó de convertir el dolor de la clase obrera estadounidense en un lucrativo mercado. Este es un símbolo ineludible del fracaso civilizatorio del capitalismo estadounidense, pero también representa la hipocresía con la que EE. UU. trata el problema del fentanilo. Poco ha hecho ese país para detener, por ejemplo, el ingente tráfico de armas que llega a nuestro país. El cuadro se cierra con la permisibilidad que el sistema financiero global ostenta para permitir el lavado de dinero del crimen organizado transnacional. El discurso estadounidense omite todos estos elementos; en su lugar, se limita a designar cárteles bajo la etiqueta de terrorismo para justificar el intervencionismo con fines de control hegemónico.
El flagelo del narcotráfico no cesará hasta que se reconozca la complejidad y corresponsabilidad de todos los involucrados. Es momento de superar la visión reduccionista que descarga la responsabilidad de los problemas de los EE. UU. en todo mundo menos en sus precursores internos.