COLUMNAS PLEBEYAS
Salud pública en… ¿la música? - Sentido Común
Porque lo que escuchamos no solo entretiene, también moldea emociones, valores y formas de imaginar el futuro.
19/05/2026
No escribo de Junior H, pero sí de lo que pensé al verlo en La Mañanera… Desde hace tiempo sabemos que la música influye en nuestro estado de ánimo.
Puede calmar la ansiedad, mejorar la concentración y reducir el estrés. Los ritmos bailables contagian alegría y, en ocasiones, una canción puede convertirse en un verdadero salvavidas. Pero la música también puede tener efectos negativos. Las letras violentas pueden desensibilizarnos y normalizar ciertas conductas, y las canciones melancólicas pueden intensificar la tristeza. En suma, la música acompaña y moldea nuestras emociones.
Como toda expresión artística, la música refleja el momento histórico en que surge y las condiciones sociales que la rodean. Como ejemplos, tenemos al movimiento punk, que expresó el desencanto económico y político en el Reino Unido; la música revolucionaria, que acompañó los movimientos de independencia en América Latina; y géneros como la salsa y la plena, que sirven como protesta en Puerto Rico. Al mismo tiempo, la música influye en la cultura al difundir estilos de vida, aspiraciones y discursos ideológicos.
El caso del rap es un buen ejemplo de la delgada línea que separa la expresión cultural de la propaganda de estilos de vida. En sus orígenes, el rap fue una expresión de las condiciones de vida de jóvenes de comunidades racializadas, marcadas por la desigualdad, las drogas y la violencia; sin avergonzarse, pero sin promoverlo. Con la intervención de la industria musical, parte del género dejó de describir esa realidad para convertirla en una aspiración de lujo, poder, violencia y exceso.
Así, la relación entre música y cultura de pronto se parece a la clásica pregunta del huevo y la gallina. La primera refleja la sociedad, pero también contribuye a transformarla. Y en un mundo globalizado, donde una canción puede escucharse en cualquier rincón del planeta, esta influencia adquiere una dimensión colectiva.
Aquí es donde entra la salud pública.
Concretamente, la salud mental pública es una disciplina que parte de la idea de que problemas compartidos de salud mental tienen causas estructurales y sociales comunes, y que por ello deben abordarse de la misma manera, más allá de la atención individual que cada persona pueda necesitar. Su objetivo es garantizar que las personas tengan acceso a condiciones ambientales y sociales que les permitan gozar de bienestar psicológico. A través de políticas públicas, la saludmental pública busca generar un impacto en los determinantes sociales de la salud.
Esta reflexión cobra especial relevancia en México, donde la violencia y el crimen organizado forman parte de la vida cotidiana y el auge de los corridos tumbados ha reavivado el debate: ¿son una causa de la normalización de la violencia o una consecuencia de ella Probablemente ambas cosas.
Así, el abordaje del tema no debería limitarse a la censura o la condena moral.
Requiere políticas integrales con perspectiva de salud mental pública enfocadas en quienes crean y quienes consumen música: ofrecer a las y los jóvenes espacios seguros y gratuitos para atender su salud mental; mejorar las condiciones sociales para que el crimen no aparezca como única alternativa o aspiración; y apoyar el desarrollo artístico sin depender del financiamiento de organizaciones criminales. También implica exigir responsabilidad a quienes producen contenidos que glorifican la violencia.
En México hay algunas intervenciones de política pública que atienden estos problemas, como el nuevo programa nacional de salud mental “El ABC de lasemociones” que busca acercar herramientas de apoyo psicológico a estudiantes mediante profesionales de la salud mental en las escuelas. Asimismo, la iniciativa“México Canta”, impulsada por el Gobierno de México a través de la Secretaría de Cultura, promueve nuevas narrativas musicales alejadas de la apología de la violencia y ofrece apoyo a artistas emergentes. Ambas estrategias son una gran oportunidad para gozar de la creatividad y el talento, incluso del género tumbado, pero sin normalizar la violencia.
De todas las acciones necesarias, la más compleja es ofrecer oportunidades de desarrollo fuera del crimen organizado a las y los jóvenes, sobre todo en zonas marginadas o rurales, donde las expectativas de vida pueden ser limitadas. Sin embargo, hay políticas públicas (mediante apoyos económicos) dirigidas a las juventudes para que no abandonen sus estudios y obtengan trabajos mediante programas como “Jóvenes Construyendo el Futuro”.
Aunque estas medidas representan un avance, los resultados aún están por verse.
Sin embargo, es importante evitar explicaciones simplistas y mirar todas las aristas de este tema tan complejo. El problema no se resuelve criticando un género musical, sino atendiendo las condiciones que hicieron posible su auge: desigualdad, falta de oportunidades, violencia e impunidad.
También hay que ser honestos y criticar desde el interés público y no desde el clacismo y la discriminación. No todo lo “tumbado” son corridos, ni toda la músicaque glorifica la violencia pertenece a un solo género. En cualquier estilo musical pueden encontrarse letras violentas. Por ello, además de exigir responsabilidad a artistas y productores, como oyentes también debemos reflexionar sobre lo que consumimos.
Al final, la música sí puede ser un asunto de salud pública. Porque lo que escuchamos no solo entretiene, también moldea emociones, valores y formas de imaginar el futuro. Y la salud pública, como la música, nos involucra a todos.