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El tiempo económico: por qué debemos abandonar el dogma del mercado - Sentido Común

La idea de libertarismo, tan importante para los movimientos revolucionarios, fue trastocada bajo la selectiva libertad de los capitales para acumular riqueza sin cortapisas.

19/06/2026

Por Oscar Rojas

 

El mundo está entrando a un nuevo periodo histórico en su conjunto. Esto implica no solo una nueva velocidad en las transformaciones, sino un salto cualitativo. En la historia del pensamiento económico se han registrado ya momentos análogos; esto, indefectiblemente, ha provocado revoluciones también en la ciencia económica. El entendimiento del mundo tuvo un antes y un después de Adam Smith, Karl Marx o Keynes. Así como la vieja revolución copernicana que lo cambió todo al superar el dogma del planeta Tierra como el centro del universo, hoy también nos encontramos bajo la necesidad de cambiar de paradigma.

 

El problema para resolver actualmente es que la ciencia económica fue capturada por el dogma del mercado como fin supremo. La idea de libertarismo, tan importante para los movimientos revolucionarios, fue trastocada bajo la selectiva libertad de los capitales para acumular riqueza sin cortapisas. Pero hay una noción especial que también fue capturada: la del tiempo económico. La planificación de largo aliento fue limitada al desempeño trimestral de las ganancias inmediatas. La visión del sector privado se impuso sobre la evolución orgánica de las comunidades. El valor de cambio se impuso a cualquier valor de uso.

 

Desde la década de los ochenta del siglo XX, en las escuelas de economía se eliminaron los cursos de planificación estatal puesto que el futuro ahora estaría delineado por la suma simple de los individuos persiguiendo la ganancia inmediata. Con ello se canceló el futuro de los pueblos y a la ciencia se le negó una dimensión completa en sus análisis. Esta amputación epistemológica provocó el empobrecimiento del pensamiento económico, siempre reducido a un asunto contable antes que un terreno de disputa de relaciones de dominio y de estrategias para la liberación efectiva de los pueblos frente a los imperialismos.

 

Imaginemos lo que sucedería con la ciencia física si se tuviera que desechar la temporalidad de los sucesos astronómicos, que fuera imposible identificar a través de la velocidad de la luz la profundidad del cosmos. Esto es lo que le pasó a la ciencia económica al desechar el análisis de la temporalidad profunda de los procesos de transformación sistémica.

 

Esta miopía ha generado, por ejemplo, la incomprensión de la relevancia del retorno de la planificación estatal como en el caso del Plan México. Los economistas del viejo orden se apuran a decretar su fracaso cuando apenas se están gestando los prolegómenos de su despliegue. O como sucedió con el tema del nearshoring —la captación de la relocalización de inversiones provenientes de Asia— en la que se declaró que México estaba ya perdiendo esta ventana de oportunidad por una supuesta falta de capacidad en la atracción de inversiones. Dejando a un lado, por supuesto, el golpeteo de la oposición (que aprovechan cualquier resquicio para tergiversar la realidad), necesitamos reaprender cuál es la temporalidad propia de los cambios estructurales en la economía nacional.

 

El cambio más evidente del modelo económico neoliberal al de la Cuarta Transformación ha sido el retorno del Estado, no como regulador, sino como productor directo del proceso económico. Con ello se habilitó una temporalidad nueva en tres capas: acciones inmediatas de recuperación (Estado de Bienestar), mediano plazo (estabilidad macroeconómica) y de largo plazo (la reindustrialización básica). Para poder valorar correctamente el nuevo momento es necesario abandonar el dogma del tiempo único del mercado para interactuar con una nueva realidad en profunda transformación.