COLUMNAS PLEBEYAS

La sastrería de Estado: el México imaginario y la "no política exterior" - Sentido Común

La “no política exterior” es menos un diagnóstico que una operación de investidura: sólo existe el país que habla el idioma de la integración y la respetabilidad liberal. Cuando México intenta mirarse desde su historia, aparece provinciano; cuando disputa quién puede hablar en su nombre, desaparece.

13/07/2026

Por Luis Lezama

«No política exterior».

Sarukhán, 2026

 

Con esta fórmula, Arturo Sarukhán (calderonista y exembajador de México en Estados Unidos) pretende resumir la labor internacional del sexenio de López Obrador en una nota aparecida, naturalmente, en Letras Libres 1. El expediente mezcla señalamientos legítimos con inferencias discutibles. Sarukhán acierta, por ejemplo, en su denuncia de embajadas usadas como recompensa, el desperdicio de cuadros profesionales y la confusión entre lealtad y competencia. Con todo, el sustantivo con que totaliza revela una operación que vale la pena nombrar. Una política puede ser defensiva, errática, contradictoria o insuficiente y conservar su condición de política, pero declararla inexistente convierte errores en síntomas de incapacidad civilizatoria.

 

«El presidente más provinciano e intelectualmente menos curioso».

Sarukhán, 2026

 

López Obrador queda clasificado como provinciano, intelectualmente incurioso, poco apto para el mundo. De este lado, el país con sus pobres, sus campesinos, sus migrantes y su incorregible costumbre de existir sin asesoría; del otro, Washington, las cumbres, los organismos multilaterales y las mesas donde las naciones serias procuran no convertirse en menú.

 

La acusación adquiere un encanto especial a la luz del libro más reciente de López Obrador 2. Para alguien recluido en la parroquia, Grandeza eligió un programa de prudencia comarcal: desde el origen del universo, de la vida y del hombre hasta la persistencia de la civilización indígena, pasando por el racismo, el colonialismo y las civilizaciones afroasiáticas y europeas de la antigüedad. Su discusión recorre el Génesis y el Popol Vuh; pasa por Cicerón, Sagan, Darwin, Engels y Lévi-Strauss; se apoya en estudios de arqueología, antropología e historia de las religiones. Un capítulo entero glosa profusa y elogiosamente El mito del salvaje de Roger Bartra, malqueriente suyo y consejero de la propia revista Letras Libres. La explicación por encierro intelectual se vuelve pintoresca y reversible.

 

Pero el libro viene a cuento por algo más. Cierra con Guillermo Bonfil Batalla, quien llamó México imaginario al proyecto de las minorías dirigentes que procuraron construir una nación occidental, moderna y reconocible para los centros de poder, incluso cuando esa nación debía levantarse contra buena parte de la experiencia histórica de sus habitantes. El México imaginario conoce al México profundo porque lleva siglos describiéndolo como problema. Tal es el trasfondo de la disputa por la política exterior.

 

Sarukhán habla con naturalidad desde esa construcción, lo que da cuenta de una dificultad estructural para comprender la Cuarta Transformación que rebasa el desacuerdo partidista y las capacidades personales. Su horizonte identifica modernidad con occidentalización, racionalidad con lenguaje técnico, interés nacional con inserción competente en un sistema construido por otros. El país profundo aparece como población cuyos intereses administran quienes conocen el tablero. Cuando las mayorías históricamente representadas por terceros ingresan al Estado como fuente de legitimidad, el México imaginario dispone de unas cuantas traducciones: populismo, atraso, demagogia, irresponsabilidad. Pero comprender el proyecto obligaría a admitir que también había poder en la neutralidad técnica, ideología en la integración inevitable y mucho provincialismo en la costumbre de mirar a México desde Washington.

 

López Obrador carecía menos de mundo que de interés por su distribución profesional, en la que lo universal coincide sospechosamente con los lugares que expiden credenciales y lo provinciano con cualquier tentativa de mirar la historia desde los pueblos conquistados. Uno acumula millas; el otro, siglos. Para el México diplomáticamente acreditado, pensar el mundo desde México sigue siendo una forma rudimentaria de no haber salido de México.

 

«La tradicional escuela de política exterior se quedó hace 40 años, es como meter una mujer de cintura 40 en unos jeans talla 20».

Sarukhán, 2006

 

Lo dijo en una entrevista concedida a La Jornada en noviembre de 2006 3, cuando fue preguntado por la orientación de la política exterior del gobierno entrante. Con ello descartó no solo el derrotero seguido por Vicente Fox, sino también la escuela tradicional. En esa época se daba por descontado a Sarukhán como virtual canciller, visto que fungía como responsable de la cartera en el equipo de transición.

 

La metáfora contiene tanto mundo y refinamiento como la cuenta de X de Ricardo Salinas Pliego, en cuya «Universidad de la Libertad» funciona hoy un Aula Letras Libres. Pero la imagen a la que recurrió el no canciller interesa más como condensación de todo un programa: el nuevo sistema internacional era la prenda y México, el cuerpo obligado a caber en ella. Si la soberanía, la historia nacional o la tradición diplomática desbordaban la talla prescrita, el defecto residía en el cuerpo, jamás en el pantalón. La política exterior quedaba convertida en una prenda confeccionada en otra parte, a la que el país debía ajustarse o resignarse a la deformidad.

 

«Este señor que va a asumir posesión […] no se llama Vicente Fox, se llama Felipe Calderón, y él tiene su propia visión de política exterior».

Sarukhán, 2006

 

El Sarukhán de entonces reconocía sin dificultad el derecho del presidente entrante a romper con la orientación precedente y declarar caduca la tradición disponible. Veinte años después, cuando López Obrador establece otra jerarquía de prioridades, la diferencia deja de llamarse visión presidencial y se convierte en ausencia. La innovación conserva su nombre mientras la administra el cuerpo autorizado. El estamento diplomático acepta todas las modas con una condición: conservar la sastrería.

 

«Necesitamos abrir más plazas y depurar el personal de la Secretaría, porque hay cuadros que se han ido quedando y no responden a las necesidades que el servicio exterior tiene».

Sarukhán, 2006

 

El México imaginario va más allá de la conciencia de sus portavoces. Dispone de escuelas, concursos, escalafones, cargos, redes internacionales, linajes y una memoria administrativa que sobrevive a los presidentes con la paciencia del mobiliario oficial. La sociología debe a Bourdieu la noción de nobleza de Estado para aludir a las corporaciones capaces de convertir una trayectoria social certificada por instituciones consagradas en competencia universal para gobernar.

 

La burocracia profesional no es por principio enemiga del cambio; prefiere, eso sí, administrarlo, clasificarlo y, sobre todo, presidir la comisión encargada de aprobarlo. Si el propio cuerpo remueve funcionarios, modifica prioridades y declara caduca una tradición, moderniza, pero si una fuerza plebeya altera sus jerarquías, politiza. La resistencia más eficaz rara vez necesita conspirar; le basta con hablar el lenguaje de la prudencia y la viabilidad: eso dañará la confianza, eso carece de seriedad, eso no merece llamarse política exterior.

 

«Tener buenas relaciones con todos los pueblos y gobiernos del mundo porque llevaríamos a cabo una política exterior mesurada, nada protagónica; no seríamos candil de la calle y oscuridad en nuestra casa. Aplicaríamos el criterio de que la mejor política exterior es la interior, en el entendido de que, si hacemos bien las cosas en nuestro país, si hay progreso, justicia, seguridad y paz social, van a respetarnos afuera».

Andrés Manuel López Obrador, sobre su campaña de 2006  4. 

 

López Obrador tuvo una política exterior reconocible, inscrita en una concepción general del Estado. La enlazó con Juárez, Cárdenas, el asilo republicano, la defensa de Cuba, la solidaridad con Chile, Contadora y los principios constitucionales de autodeterminación y no intervención; aceptó al mismo tiempo que la integración norteamericana era insoslayable y que Estados Unidos constituía la prioridad práctica.

 

Su orientación combinó nacionalismo diplomático, afinidades latinoamericanas, pragmatismo frente a Washington y una idea rectora: la posición exterior dependía de la reconstrucción del país por dentro. Recuperar la capacidad del Estado, separar el poder político del económico, reducir desigualdades, atender las causas de la migración y fortalecer la soberanía energética formaban parte de una misma cadena. La diplomacia ocupaba un lugar subordinado dentro de un proyecto más vasto de transformación. Sarukhán interpreta esa subordinación como abandono desde el parroquianismo de su propio campo. Puede discutirse esa jerarquía y reprocharse sus resultados, pero confundirla con ausencia exige ignorar la arquitectura que daba sentido a sus decisiones.

 

Como otras fórmulas del obradorismo, «la mejor política exterior es la interior» irrita menos por lo que afirma que por lo que hace. Su eficacia reside en comprimir una discusión especializada, cambiar de auditorio y devolver el problema al juicio común. El experto protesta porque una consigna no constituye una teoría completa. Demasiado tarde: la fórmula ya trasladó el tribunal. 

 

La política exterior debe explicar ahora su utilidad ante quienes solían aparecer como población a administrar, rara vez como fuente de evaluación. En su dimensión pragmática, el lenguaje obradorista invierte la jerarquía de los saberes, despoja a la discusión pública de su envoltura tecnocrática, restituye una relación reconocible con la experiencia y obliga al especialista a comparecer en una lengua que no controla. Las fórmulas son suficientemente verdaderas para resistir el descarte y suficientemente incompletas para descomponer al gremio. Su herejía consiste en sugerir que la diplomacia también comienza en el campo abandonado, la desigualdad, la migración y la capacidad material del Estado.

 

«Los gobiernos son perfectamente capaces […] de hacerse una lectura objetiva, contextualizada».

Sarukhán, 2006

 

La frase lleva al límite la epistemología del México imaginario: los gobiernos y las embajadas extranjeras poseen una lectura objetiva del país; el pueblo polarizado necesita que esa objetividad le llegue desde fuera. Según el propio conteo de Sarukhán, trece jefes de Estado asistirían a la toma de posesión de Calderón y su presencia confirmaría la solidez de las instituciones mexicanas. Las cancillerías extranjeras comparecían como notarios de nuestra democracia. La fórmula obradorista invierte el procedimiento: la capacidad internacional debe partir de la legitimidad construida dentro. Retira al exterior su función honoraria de fedatario y devuelve al pueblo una firma que durante demasiado tiempo requirió legalización consular.

 

La era de los adultos acreditados tampoco abolió la vulnerabilidad mexicana. Durante el calderonato ocurrió la operación Rápido y Furioso, mediante la cual agencias estadounidenses permitieron la circulación de armas hacia México con el supuesto propósito de rastrear redes de tráfico. Mientras el México predecible, responsable y profesional ocupaba disciplinadamente su asiento en Washington, el territorio nacional era convertido en laboratorio de seguridad del vecino. La cooperación se administraba arriba y las armas circulaban abajo. El México imaginario negociaba seguridad; el México profundo ponía los muertos.

 

«O nos sentamos a la mesa o estaremos, invariablemente, en el menú».

Sarukhán, 2026

 

Armas, migraciones, cadenas productivas, finanzas, tecnología y clima atraviesan fronteras con una constancia que vuelve insuficiente cualquier repliegue. Desde luego, la legitimidad popular, por sí sola, no modifica relaciones materiales profundamente desiguales. Un proyecto soberanista necesita más diplomacia, más y mejores cuadros y una política regional capaz de traducir afinidades históricas en capacidades concretas. 

 

Con todo, una cosa es percibir esos límites y otra figurarse una historia en la que la política exterior termina cuando el viejo régimen pierde su asiento en la mesa. Cambió el sujeto político que reclamaba ser representado, pero queda pendiente una institución capaz de expresar ese desplazamiento sin obedecer las jerarquías heredadas ni sustituir el oficio por la fidelidad. Queda por formar otra sastrería.

 

La «no política exterior» es menos un diagnóstico que una operación de investidura: solo existe el país que habla el idioma de la integración y la respetabilidad liberal. Cuando México intenta mirarse desde su historia, aparece provinciano; cuando disputa quién puede hablar en su nombre, desaparece.

 

Rápido, furioso y profesional: también así se defiende una nobleza imaginaria.

 

1 Arturo Sarukhán, «El legado de la no política exterior de AMLO», Letras Libres, 1 de julio de 2026. Disponible en https://letraslibres.com/revista/el-legado-de-la-no-politica-exterior-de-amlo/01/07/2026
2  Andrés Manuel López Obrador, Grandeza, Editorial Planeta Mexicana, 2025.
3  Claudia Herrera Beltrán, «Calderón no repetirá la política exterior de Fox», entrevista con Arturo Sarukhán Casamitjana, La Jornada, 23 de noviembre de 2006. Disponible en https://www.jornada.com.mx/2006/11/23/index.php?article=008e1pol&section=politica
Andrés Manuel López Obrador, ¡Gracias!, Editorial Planeta Mexicana, 2024.