COLUMNAS PLEBEYAS
Cuando la ciudad ya no puede absorber la lluvia - Sentido Común
Nuestras ciudades fueron construidas para condiciones climáticas que están dejando de existir.
17/06/2026
Cada temporada de lluvias, en varias ciudades mexicanas, se repite la misma imagen. Las calles se convierten en ríos, los vehículos quedan atrapados y muchas personas intentan impedir que el agua entre a sus hogares. Después, aparecen explicaciones que atribuyen el problema a la falta de desazolve, a la basura acumulada en las coladeras o al carácter “atípico” de la tormenta. Sin embargo, aunque estas explicaciones no carecen totalmente de sentido, el problema es más profundo: nuestras ciudades fueron construidas para condiciones climáticas que están dejando de existir.
En la Ciudad de México, por ejemplo, no es que llueva más durante todo el año, sino que una gran cantidad de agua puede caer en muy poco tiempo. El 19 de julio de 2025, la estación San Francisco, en Magdalena Contreras, registró 60.25 milímetros en una hora, lo que equivale a más de una tercera parte de la lluvia que normalmente acumula todo julio en la ciudad. Cuando la precipitación alcanza esa intensidad, el agua llega casi al mismo tiempo a coladeras, colectores y plantas de bombeo, y el drenaje colapsa cuando el caudal supera su capacidad.
La expansión urbana aumenta esa presión. El concreto y el asfalto cubren superficies que antes absorbían parte de la lluvia, mientras que la pérdida de áreas verdes reduce la infiltración y acelera el escurrimiento. El agua que antes encontraba suelo permeable ahora recorre calles y avenidas hasta incorporarse, en minutos, a una red de alcantarillado que ya opera bajo presión.
El cambio climático intensifica este fenómeno. Una atmósfera más cálida puede contener una mayor cantidad de vapor de agua y alimentar precipitaciones más intensas. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) concluyó que la influencia humana ha contribuido al aumento observado de las lluvias extremas y que estos episodios tienden a ganar intensidad conforme aumenta la temperatura global. Aunque ninguna tormenta aislada puede atribuirse automáticamente al cambio climático, el calentamiento provocado por las emisiones humanas sí modifica las condiciones en las que ocurren estos fenómenos.
Cuando una lluvia más intensa cae sobre una superficie cada vez más impermeable, el problema deja de limitarse al punto donde el agua se acumula. Durante mucho tiempo, las inundaciones parecieron un problema limitado a ciertas colonias, a las zonas más bajas o a las comunidades con mayores carencias. Esa lectura ya no basta. Las comunidades más vulnerables continúan enfrentando los daños más graves y cuentan con menos recursos para recuperarse, pero la crisis climática no permanece confinada en esos territorios.
Cuando el drenaje colapsa, las afectaciones atraviesan toda la ciudad. El transporte deja de funcionar, las vialidades quedan bloqueadas, los centros de trabajo suspenden actividades, los servicios fallan y las cadenas de abastecimiento sufren interrupciones. Una vivienda puede no inundarse y, aun así, quienes la habitan dependen de una infraestructura expuesta al mismo riesgo. La crisis climática no elimina las desigualdades, sino que amplía el alcance de la vulnerabilidad. Algunas personas perderán mucho más que otras, pero ninguna zona de la ciudad puede asumirse completamente al margen de sistemas que fueron diseñados para condiciones climáticas distintas.
Pensar nuestras ciudades desde esta realidad implica reconocer que la vulnerabilidad climática ya no pertenece solamente a comunidades específicas, porque también compromete la infraestructura, los servicios y las redes que sostienen la vida urbana de todas las personas.