Xóchitl Gálvez, un peligro para México

Columnas Plebeyas

El primer acto de campaña de Xóchitl Gálvez recalcó lo que era evidente desde el principio: la única carta que le queda a la derecha es el uso político del miedo. Con cuatro puntos, desde Fresnillo, Zacatecas, propuso volver al calderonato, un sexenio del que aún no podemos terminar el recuento de sus estragos.

Este posicionamiento a nadie sorprende. En agosto del año pasado la candidata ya había reivindicado la estrategia de seguridad de Felipe Calderón. Más que un error, fue un momento de sinceridad, pues siguen convencidos ella y su coalición de que estaban en lo correcto, sin siquiera reparar en los pésimos resultados de la estrategia del hoy exmandatario. En seis años se triplicó la cifra de homicidios dolosos, a los que habría que sumar los miles que jamás se contabilizaron.

Aun antes de que iniciara su sexenio, Andrés Manuel López Obrador había confesado que uno de los aspectos que más le preocupaban era, precisamente, la seguridad. Quizá esta declaración partía de la conciencia de que la construcción de paz es un asunto bastante complejo en que el uso irrestricto de la fuerza estatal sólo recrudece el conflicto. Por supuesto, estamos lejos del escenario ideal. Sin embargo, revertir la tendencia es un gran paso.

La oposición critica cínicamente que en seis años el presidente no resolvió los problemas que ellos provocaron durante cuatro décadas y le reprochan que su estrategia de “abrazos” falló. Haciendo un símil, es como si un tratamiento negligente de un mal médico hace que una gastritis desencadene un cáncer estomacal; después otro médico de la misma calaña insiste en los mismos métodos y causa que el cáncer se propague a otros órganos. Ahora, los dos se unen a criticar a quien evitó que siguiera avanzando la enfermedad porque no logró que el paciente recuperara el estado de salud que tenía hace veinte años.

Eso es lo que está haciendo Xóchitl Gálvez al proponer que se vuelva a implementar la estrategia de Calderón de mano dura. En nada ayudará la construcción de una cárcel de “muy alta” seguridad. Aumentar la dureza de las penas no inhibe la intención de delinquir. En los últimos treinta años la derecha ha recurrido una y otra vez a este populismo punitivo. En pocas ocasiones ha servido para reducir la incidencia delictiva y, en el mejor de los casos, el alcance sólo fue momentáneo.

Lo que nunca ha querido entender la derecha es que para alguien que fue privado de cualquier perspectiva de futuro, las amenazas de encierro carecen de sentido. Sus medidas punitivistas son una maquinaria que únicamente engrosa la base social del crimen organizado. 

Desde que se inició el proceso electoral, ambas partes han dejado en claro que no vivimos la competencia entre dos personas, sino la pugna entre dos proyectos bien diferenciados. La derecha prefiere tener a los militares disparando e imponer su política de sangre, que en la práctica significó una violación permanente de los derechos humanos.

Ante el reciente éxito electoral de Nayib Bukele (quien sí cambió la constitución de El Salvador para poder reelegirse), era obvio que los asesores de Xóchitl Gálvez harían del populismo punitivo su eje discursivo. Intentarían actualizar la campaña de Calderón e infundir miedo entre los votantes. Eso funcionaría si la audiencia a la que se dirigen siguiera siendo la misma.

Justamente esa es la prueba de fuego que afrontará el obradorismo. En una sociedad más politizada, los efectos de este terrorismo publicitario serán bastante menores, porque sus decisiones parten de la claridad de saber quiénes son los responsables de la catástrofe que se desencadenó hace dos décadas. Esa fue la apuesta del presidente al hacer de la mañanera la principal plataforma de formación política. Y hoy redobla la apuesta al convertir la conferencia matutina en un seminario de historia, pues es la máxima guía que refirió en su discurso del desafuero.

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