La era está pariendo un corazón

Columnas Plebeyas

Desde que Andrés Manuel nos convocó a marchar, al igual que en tantos rincones de México, un grupo de amigos y yo nos organizamos, hicimos playeras, elegimos una frase para la lona que iría al frente de nuestro contingente y compramos flores como símbolo de alegría y de vida. El movimiento que saldríamos a defender, cuyo eje ya no sería más la reforma electoral, sino la reivindicación de un pensamiento, de un nuevo sentido común, de una forma de ver la vida, de una manera de relacionarnos con los otros, de comportarnos, que unas horas más tarde le nombraríamos humanismo mexicano. 

Como la política es, entre otras cosas, pensamiento y acción, armamos la vaquita, cada quien aportó lo que pudo, algunos dinero, otros tiempo. Nos citamos a las siete de la mañana en la “suavicrema”. Comenzamos a ofrecer las playeras, unos se llevaban la de “amor con amor se paga”, otros se inclinaban por la profunda y poderosa frase que resume la estrategia contra la violencia implementada por este gobierno “abrazos, no balazos”. Llegó un compañero de Zacatecas que al verme sufrir con el cambio dijo “no te preocupes, ¿todos aquí somos obradoristas, no? Entre obradoristas nos apoyamos” rascó y sacó del fondo de su bolso algunas monedas, “toma compañera”, y siguió sin verme sufrir más; luego llegó otro señor que al momento de devolverle lo que le sobraba me dijo mirando a la señora a su lado que, emocionada, tenía en sus manos “muera el racismo, muera el clasismo”, “¡descuéntaselo a ella!” y partió.

Finalmente se acercó un maratonista de Toluca que cargaba un cuadro de Andrés Manuel junto con una cartulina que decía: “no estás solo”. Le regalamos una playera y con el enorme honor de estar con Obrador, se la puso enseguida y nos dijo “llevo 20 años marchando con él”. Como  humanistas que somos no aceptamos el derrotismo, “lo seguiré haciendo las veces que sean necesarias” y se fue.

Entre mariachis, tumultos, paciencia y bandas –muchas bandas que por supuesto como en bautizos, fiestas y bodas de los pueblos de México no podían faltar–, después de cinco horas de espera, comenzamos a avanzar, y, en el lento caminar, llegamos al Ángel.

Comprando unos mangos me encontré a una mujer patarrajada platicando con su comadre también de la Sierra Norte de Oaxaca, me pareció magistral lo que estaban diciendo y, con previo permiso para grabarlas, me dijeron “nosotras que venimos de provincia sabemos que hay mucho apoyo para la gente pobre, donde antes no llegaba nada, hoy llega, eso lo sabemos nosotras, no nos lo cuenta nadie”. De la frase de la señora María se desprende otro de los fundamentos en el plano económico del humanismo mexicano: la distribución equitativa del ingreso y de la riqueza. Esto como fin último del  Estado que debe crear las condiciones para que la gente pueda vivir feliz y libre de miserias.

En ese sentido, el humanismo mexicano en tanto profesa un enorme amor al prójimo, buscará escuchar, atender, ver, priorizar a los marginados de siempre, a los humillados, a los excluidos, a los desarrapados, a los oprimidos, a los nacos, a los nadies, a los morenos, a los indígenas, a los de abajo, a los descalzos, a los descamisados, entendiendo como esencia del humanismo el principio “primero los pobres”, con la notable diferencia de que este postulado político, económico y social preferencial, a diferencia de otras teorías, no trae aparejada expropiaciones, ni violencia, ni siquiera una declaración de guerra contra los ricos, de hecho hay mucha gente acomodada humanista que está con la Cuarta Transformación. La fórmula mágica es sencilla: con cero corrupción, sin gobierno rico y eliminando los privilegios fiscales, alcanza. 

Seguimos caminando, los ríos de gente eran interminables y mientras leía con la escasa señal que había un mensaje de una amiga: “¡lo alcancé a ver! Está bañado en sudor, la gente lo está cuidando, va por el caballito.” Una compañera me decía “Julia, esto es como un parto”, “hace calor, estamos sudadas, avanzamos y paramos, respiramos, retrocedemos y volvemos a tomar impulso, vamos como en 6 de dilatación y reímos”. Tenía razón, siete horas después en el zócalo capitalino dimos a luz, parimos al hombre-pueblo, al pueblo-hombre, al señor que ya no se pertenece más, a ese indio patarrajada de Macuspana, Tabasco que mira al cielo y se entrega al pueblo.

Parimos a ese mismo hombre que intentaron subir en varios puntos del recorrido a un coche y que, en el último intento para que aceptara, a la gente que lo intentaba convencer les contestó: “súbanse ustedes, los veo en el Zócalo”. 

De ese tamaño.

Con el mismo agotamiento de un parto, y con la sombra de las nubes que parecían tener compasión por el fin de las contracciones, nos acostamos en la plancha del zócalo a escuchar.

Humanismo mexicano.

Al día siguiente casi sin sentir la influencia que traía encima por la dinamita de esperanza que sentía por dentro le abrí la puerta a Cristina, la trabajadora del hogar que labora en mi casa y me dijo: “Miguelito” –su hijito de 9 años– “compuso una canción”. La escuché con atención y sorprendida por las categorías conceptuales que un niño de tercero de primaria maneja, sólo pensé silenciosamente: sin romper un solo vidrio –como reportó la noche anterior la jefa de gobierno– estamos ganando la batalla contra el racismo, el clasismo y la discriminación en todas sus expresiones.

No soy ingenua, me queda claro que la cuarta transformación no es perfecta, pero como dice Pablo Milanés, más se acerca a lo que yo simplemente soñé.

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