Xóchitl Gálvez: antipopulismo pseudopopular

Columnas Plebeyas

Tengo la impresión de que detrás del entusiasmo que hoy genera Xóchitl Gálvez entre los críticos de la 4T —la llamada xochitlmanía— está realmente el mayor símbolo de la derrota de la oposición: el que, ante la devaluación de sus siglas, el rechazo a su programa y el arrastre obradorista, el antipopulismo mexicano no haya tenido más remedio que apostar por una candidata pseudopopulista. En otras palabras, que haya elegido como su representante a quien aparenta imitar mejor a sus rivales, así sea sólo en la fachada. Y es que la de la senadora hidalguense es una candidatura extraña: entrona, malhablada y con su huipil característico, la responsable del Frente Amplio por México parece la populista perfecta… para quienes no les gusta el populismo.

Quizá por ser una corriente política compartida por la mayoría de los medios de comunicación y no pocos académicos, el antipopulismo es un fenómeno poco estudiado —y mucho menos cuestionado. Se trata, no obstante, del estilo de hacer política probablemente más extendido en el mundo. En él confluyen políticos de izquierda y de derecha unidos por una sola razón: su oposición al populismo, al que ven como una amenaza a su particular versión de la democracia.

En México, el antipopulismo es lo más cercano a una ideología que mantiene unido a lo que queda del cártel de partidos de la transición, hoy convertido en frente opositor. Como un actor político esencialmente reaccionario, no sorprende que su proyecto siga siendo volver al pasado. Lo que puede parecer contradictorio es que, rumbo a las elecciones de 2024, el antipopulismo mexicano haya propuesto para vender su programa neoliberal a su representante más sui géneris. Sin embargo, la historia muestra que una de las maneras en que esta corriente ha buscado enfrentarse a sus rivales ha sido, paradójicamente, tratando de imitarlos.

Hace unos años, Perry Anderson llamó la atención sobre los intentos de imitar el estilo y la retórica populista por parte de políticos como Emmanuel Macron (Francia) o Albert Rivera (España). “Simulacros yuppies” de auténticas irrupciones populistas, les llamó el célebre historiador. El ejemplo de Macron es elocuente: aunque llegó al Elíseo aupado en el rechazo a los viejos partidos y un programa que pretendía superar ideologías, el suyo ha sido un gobierno de derecha marcado por las protestas —ya sea por la subida de los combustibles o de la edad de jubilación. En México, esta imitación ha tomado tintes más burdos: desde un Vicente Fox sombrerudo y malhablado que prometió sacar al Partido Revolucionario Institucional (PRI) de Los Pinos y acabó cogobernando con ellos, hasta un Ricardo Anaya recorriendo el país a la manera de Andrés Manuel López Obrador y filmándose en transporte público, pasando por los nombres de algunos colectivos anti-4T, tomados paradójicamente de movimientos populistas, como la llamada marea rosa, que para defender que no se tocara al Instituto Nacional Electoral (INE tomó el nombre con el que se conoció a los gobiernos de Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa.

Ahora ha llegado el turno de Gálvez, cuyo simulacro ha entusiasmado a más de uno. A Enrique Krauze, por ejemplo, lo ha impulsado a hacer piruetas impropias de un hombre maduro: en un reciente texto en Reforma, el historiador dijo que la senadora no necesitaba “encarnar al pueblo”, pues era “parte natural” de él. En el mismo diario, Gálvez logró que un poético Jesús Silva-Herzog, quizá el más lúcido de nuestros antipopulistas, olvidara sus décadas como política panista y asegurara que la hidalguense “no tiene tatuaje de partido”. Finalmente, Guadalupe Loaeza, cansada de buscar al Macron mexicano (o quizá por fin habiéndolo encontrado) llamó a Xóchitl sencillamente “bendita”.

Con todo, el dilema de estas imitaciones es que alcanzan pronto sus límites. La adopción de un lenguaje que apela a las mayorías no casa bien con mensajes que, con base en estereotipos, denuestan al pueblo al que se supone se dirige. Igualmente, la promesa de dar continuidad a políticas populares como los programas sociales suena hueca cuando, por convicción o compromiso, su agenda incluye propuestas como la privatización de Petróleos Mexicanos (Pemex). Es por ello que estas imitaciones, que acaban por limitarse a la copia de un estilo, muestran pronto sus costuras. Una de las mayores cualidades de los políticos populistas frente a sus rivales es la autenticidad: ante el votante, la imitación antipopulista tarde o temprano acaba por revelarse una impostura.

Ahora bien, si este tipo de simulacros hoy debería preocuparnos no es porque el antipopulismo haya comenzado a reconocer la naturaleza conflictiva de la política o la necesidad de conectar con las mayorías. No. El riesgo de estas imitaciones es que sus modelos a seguir no han sido regularmente aquellos populistas que defienden los intereses de colectivos marginados, sino los de ultraderecha, cuya agenda de “mano dura” en temas como migración y seguridad hoy es cada vez más compartida. Se trata de un proceso en el que las posiciones de los partidos más ultras se han vuelto mainstream, no por la moderación de estos últimos, sino por la radicalización de sus imitadores supuestamente de centro.

En días recientes, el registro del excantante Eduardo Verástegui como candidato independiente a la presidencia comenzó a robarle atención mediática a Gálvez. Hoy compite con ella por la etiqueta de antisistema en el bloque opositor. Ante esa amenaza, no sería extraño que la campaña de la senadora se corra más a la derecha para tratar de doblar la apuesta. En ese sentido, el mayor problema del simulacro de Gálvez no sería su vestimenta o su forma de hablar, sino que acabe de abrirle la puerta a la ultraderecha en México. Lamentablemente para ella, incluso en esos extremos lleva ventaja el original.

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