Sí son capaces

Columnas Plebeyas

Además de sus presupuestos y conectes, una de las mayores ventajas con las que cuenta la prensa corporativa estadounidense en México es la creencia —bien diseminada entre cierta casta— de que “no son capaces” de ejercer un mal periodismo. Quizá en México y América Latina la prensa es capaz de mentir, omitir, distorsionar y calumniar (e incluso entonces la crítica sólo se extiende a los medios que se atreven a oponerse a sus intereses), pero en Estados Unidos es imposible: allá sí hacen un periodismo veraz e inobjetable. ¡Si incluso, repiten sus más fervientes defensores, lograron tumbar a un presidente!

Semejante afirmación, tan cargada de ingenuidad y cinismo, dejaría fría a la comunidad afroamericana, que ha lidiado con los efectos demoledores de esa “prensa de prestigio” durante innumerables décadas y hasta la fecha, con el movimiento Black Lives Matter. Dejaría estupefacto a Carl Bernstein (uno de los dos reporteros que destapó el escándalo de Watergate), cuyo reportaje en la revista Rolling Stone de 1977 detalló bien cómo 400 reporteros durante 25 años cumplieron tareas para la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por la sigla en inglés) de Estados Unidos. Provocaría risa en el abogado de derechos civiles Alec Karakatsanis, quien desde su cuenta de Twitter (@equalityAlec) documenta la incesante “copaganda” del New York Times a favor de las fuerzas policiacas y el estado de encarcelamiento de masa. Y provocaría no sé qué en Noam Chomsky y Edward S. Herman, quienes, en su estudio seminal del modelo propagandístico que rige la prensa estadounidense Consenso manufacturado, mencionan al Times con asombrosa frecuencia, explicando cómo la cobertura del rotativo, desde el lenguaje y la elección de temas, siempre encaja con la línea del establishment en política exterior. De la Guerra fría —la época cubierta en Consenso manufacturado— a la “guerra contra el terror” de principios de los años 2000.

En un artículo de la revista The Intercept, James Risen, que cubría temas de seguridad nacional para el New York Times en esa época, reveló la íntima relación que compartía el rotativo con las agencias de inteligencia. Según él, los editores se mostraban “bastante dispuestos a cooperar con el gobierno”, hasta el grado de reescribir o suprimir notas incómodas a petición de personajes como George Tenet, entonces director de la CIA, y Condoleezza Rice, consejera de seguridad nacional durante el gobierno de George W. Bush. Fue justo en ese periodo que su colega Judith Miller arruinó su carrera al sacar una serie de artículos para el diario acerca de la existencia de supuestas armas de destrucción masiva en el país de Sadam Husein. En las palabras mismas de Miller, “mi trabajo no es evaluar la información del gobierno o ser yo misma una analista independiente de inteligencia. Mi trabajo es decir a los lectores del New York Times lo que pensaba el gobierno acerca del arsenal de Irak”. Tal “trabajo” de Miller fue crucial para generar un apoyo bipartidista a una guerra que mató a medio millón de iraquíes o más.

No es necesario remontarse tanto en la historia. Apenas hace cuestión de días, la cuenta de Twitter @zei_squirrel reveló cómo el reportaje desmentido acerca de las supuestas violaciones masivas cometidas por Hamás el 7 de octubre de 2023 fue una creación de Anat Schwartz, exmiembro de una unidad de inteligencia del ejército israelí sin ninguna experiencia en periodismo y que colaboró con su sobrino, un joven de 24 años que había escrito un par de artículos anteriores en el Times acerca de… comida y cocina.

Entre otras cosas, Schwartz incluso dio “me gusta” a posts como aquel que abogaba por “convertir a Gaza en un matadero”, un objetivo al que ella contribuía mediante sus reportajes falsos, salvajemente irresponsables y sazonados de nepotismo.

Estos ejemplos figuran sólo una pequeña parte del contexto en el que se dio a conocer el “reportaje” de Natalie Kitroeff y Alan Feuer en el mismo periódico acerca de un supuesto vínculo entre el narcotráfico y la campaña de Andrés Manuel López Obrador en 2018: una sopa de vaguedades hecha de tres fuentes anónimas, registros sin nombre y la abierta salvedad de que la información —tal como estaba— carecía de una confirmación independiente.

Un artículo cuyo único propósito, además de poner en entredicho la reputación de los mismos reporteros, fue golpear. Sí son capaces, damas y caballeros: de esto y más. Y lo volverán a hacer. Ante una guerra mediática tan clara y evidente como la que se ha visto en las últimas semanas, no se trata de debatir con los voluntariamente enceguecidos acerca de si esto existe o no. En cambio, se trata de atender una duda con urgencia: ¿cómo se va a responder?  


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