Quién es el Bukele mexicano

Columnas Plebeyas

Fue en el ya lejano —al menos, para los tiempos de la política— 2017 cuando la escritora Guadalupe Loaeza inauguró una de las tradiciones más involuntariamente cómicas de la oposición: la búsqueda de la versión nacional de Emmanuel Macron. En esa línea, me pregunto si existe hoy en México un émulo de Nayib Bukele, el presidente milénial que acaba de reelegirse en El Salvador, en medio de un proceso acelerado de recesión democrática.

¿Quién podría ser el Bukele mexicano? Candidatos individuales no faltan, sobre todo por lo que toca a su política de mano dura. La seguridad es ciertamente el centro del “modelo” salvadoreño, que se jacta de haber reducido el número de homicidios en el país, así sea encarcelando inocentes, estableciendo un régimen de excepción y violando derechos humanos. Pese a su importancia, centrarnos exclusivamente en el punitivismo del dirigente salvadoreño tiene un problema: nos impide ver qué es lo que realmente hace diferente al autollamado “dictador más cool del mundo” y, por tanto, identificar también a sus imitadores.

Mi impresión es que quien más intenta emular al salvadoreño hoy en México no es una persona, sino un partido: Movimiento Ciudadano. Son los naranjas quienes, en su afán de diferenciarse de la vieja oposición, ofrecen un parecido cada vez más preocupante con las ideas y prácticas del bukelismo. Observo algunos puntos.

El primero es la obsesión por la novedad. Aunque la política de mano dura es una vieja conocida de la historia salvadoreña, si algo destaca en el “modelo Bukele” es su fijación con lo nuevo. El partido Nuevas Ideas, la “nueva Asamblea Legislativa”, una “nueva ciudad” (Bitcoin City) y una comunicación con muchas luces, renders y drones: todo en el gobierno de El Salvador sugiere un culto a la novedad, comenzando por el propio presidente. Hoy esta misma insistencia es lo más parecido a una ideología en Movimiento Ciudadano. Poco importa que, como el propio Bukele, que empezó su carrera en uno de los partidos a los que hoy critica, la “nueva política” emecista esté representada por un candidato presidencial que militó en el Partido Revolucionario Institucional (PRI), por políticos reciclados del panismo y un dirigente septuagenario que fue colaborador de Fernando Gutiérrez Barrios. Lo que venden es la novedad por la novedad misma. El intento naranja de suplir la falta de un programa con este envoltorio ha llegado a extremos como el del gobernador Samuel García, a quien no le bastó un sólo “nuevo” para referirse a Nuevo León.

Antes de entrar formalmente en la política, Nayib Bukele era publicista. El oficio se nota, pues en su gobierno todo está pensado para compartirse en redes sociales, el principal canal de comunicación con sus partidarios. De tomarse una selfie en la Asamblea General de las Naciones Unidas a despedir a funcionarios por Twitter, pasando usar a youtubers para diseminar su propaganda. Hoy en El Salvador el medio es el mensaje. Y si me apuran, es quizá el gobierno mismo. En México, los mercadólogos del partido naranja van por el mismo camino. Este es su segundo rasgo en común. Como bien dijo Raudel Ávila hace algunas semanas, en Movimiento Ciudadano parecen haber sustituido una política con contenido (la que hace propuestas y defiende valores) por una de “generación de contenido”, donde lo único que importa es la notoriedad, la pose y la inmediatez. En la política mexicana, hoy el “fosfo fosfo” es el verdadero significante vacío.

Si hay una acción del gobierno de Bukele casi tan famosa como la política de seguridad es la de hacer del bitcóin una divisa oficial, válida para pagar incluso la cuenta en un McDonald’s. La medida sirvió como un stunt publicitario para el gobierno salvadoreño en el mundo de los oligarcas (los únicos ganadores en la estafa piramidal de las criptomonedas), pero en general fue recibida con bastante escepticismo incluso entre quienes apoyan a Bukele. Fuera del país centroamericano, el mundo vio la propuesta como un experimento extravagante, de esos que sólo los dictadores pueden permitirse. La excepción fue Índira Kempis, entonces senadora de Movimiento Ciudadnao. En 2022, la legisladora visitó El Salvador y desde entonces ha impulsado que México siga sus pasos en la adopción de la divisa digital como moneda legal. “Es un país al que debemos observar para aprender”, dijo. Hoy Kempis ya no está en el partido; su fe en las criptomonedas, sin embargo, permanece como una tercera afinidad entre el partido naranja y el bukelismo.

Otro punto de encuentro particularmente preocupante es el poco aprecio que tanto Bukele como los gobiernos del partido naranja mexicano han mostrado por los procedimientos e instituciones parlamentarias, especialmente cuando no son de su facción. Al inicio de su primer mandato, cuando no contaba con mayoría en el congreso, Bukele irrumpió en la asamblea salvadoreña rodeado de militares. Con esta acción buscaba presionar a los legisladores de oposición para aprobar una ley presupuestaria. Es difícil no pensar en el episodio cuando se recuerda lo ocurrido en Nuevo León a fines de 2023, cuando simpatizantes de Movimiento Ciudadano reventaron, bomba de humo incluida, la sesión del congreso local opositor que designaría a un sustituto de Samuel García, entonces en busca de la candidatura presidencial tras pedir licencia como gobernador neolonés. Para Bukele, ir contra la “vieja política” ha justificado arremeter también contra las instituciones democráticas de su país. ¿Piensan lo mismo sus imitadores?

Obsesión por la novedad, influencerización de la política, una visión de futuro que se asemeja a una estafa piramidal y pulsiones autoritarias. Todos son rasgos del “modelo Bukele”. Todos están también en la experiencia de Movimiento Ciudadano. Sin embargo, difícilmente podría establecerse un paralelismo entre ambos sin incluir la política de mano dura. ¿Qué hay de la seguridad? Lo interesante es que Jorge Álvarez Máynez, el inesperado candidato presidencial emecista, es el único político mexicano que, en el marco de las elecciones de este año, se ha declarado abiertamente admirador de la política punitiva de Bukele. Aquí está su quinto rasgo en común. A pocos días de haber tomado la estafeta de Samuel García, el también milénial sugirió que, de alcanzar la presidencia, podría implementar el “modelo” salvadoreño para disminuir la violencia en México.

No lo digo sólo yo, sino su propio candidato: Movimiento Ciudadano es el Bukele mexicano.

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