Por Christian Velasco
El siglo XIX fue conocido como el periodo de la dominación británica, cuyo imperio, el más extenso que ha conocido la humanidad, se extendía por amplias regiones de América, Asia, Medio Oriente y África. Sin embargo, a diferencia de otros imperios, el británico se sustentaba en el dominio económico, particularmente en los ámbitos industrial y financiero, lo que le dotaba de una superioridad militar, en especial naval, por encima de cualquier otra potencia.
No obstante, a finales del siglo XIX la élite británica veía cómo esta hegemonía global comenzó a ser amenazada por el auge de potencias emergentes. Particularmente preocupante era el caso de Alemania, unificada en 1871, que, tras un acelerado proceso de industrialización, se alzaba como la nueva fuerza económica y, por ende, militar de Europa continental. A pesar del auge económico alemán, resultado de una transferencia tecnológica relativamente natural, el Reino Unido seguía siendo ampliamente superior tanto en su industria en general como en sectores estratégicos tales como la construcción naval, la producción de acero y la industria de alimentos.
Sin embargo, el miedo constante a ser superado por esta potencia emergente trajo consigo importantes consecuencias. Por un lado, el Reino Unido buscó expandir sus dominios imperiales como una forma de mantener su influencia y salvaguardar, muchas veces solo en teoría, recursos estratégicos para su desarrollo, obligándolo a impulsar una política armamentista. Ambas políticas, la imperial y la armamentista, trajeron como resultado, en el escenario interno, un importante desvío de recursos que hubieran podido destinarse para impulsar el propio desarrollo.
Mientras tanto, en el plano internacional, se impulsó al resto de las potencias a buscar dominios imperiales o, cuando menos, zonas de influencia, tanto en África como en los Balcanes, para no quedar fuera de este dominio de territorios supuestamente estratégicos y potencialmente productivos. A la vez, como reacción a la política armamentista, el resto de las naciones debió actuar en concordancia a fin de no quedar expuestas a una acción militar. Ambas dinámicas desestabilizaron el sistema europeo al punto de que terminarían por desencadenar las guerras mundiales, cuya consecuencia final sería el traslado de la hegemonía europea a los Estados Unidos.
Hoy por hoy, Estados Unidos sigue siendo una potencia indiscutible en sectores clave como los semiconductores, la industria farmacéutica y la inteligencia artificial, entre otros.
Sin embargo, ante el trepidante desarrollo de China, al igual que a finales del siglo XIX, estamos frente a una potencia en aparente declive, cuyas élites tratan a toda costa de revertir esta tendencia bajo la consigna de Make America Great Again. La estrategia, si bien no es la de un imperialismo abierto, se manifiesta a través de intervenciones en zonas consideradas estratégicas, como ocurrió en Venezuela y, más recientemente, con el ataque a Irán y la construcción del llamado Escudo de las Américas. Todo ello acompañado de un aumento en el gasto militar para operaciones espectaculares, pero cuyos resultados son, cuando menos, inciertos.
Al igual que con el Reino Unido en el siglo pasado, estas acciones obligan a desviar recursos valiosos que podrían destinarse al fortalecimiento de la economía interna para sostener acciones militares desgastantes, al tiempo que trastocan los acuerdos internacionales, tanto de defensa como comerciales con sus aliados, obligando a estos a ver a China como un socio más confiable. Las armas de destrucción masiva han hecho que una guerra mundial con un ganador claro sea imposible; sin embargo, esta guerra comercial y militar, con el fin de detener su decadencia, parece, al igual que ocurrió con el Reino Unido, estar llevando a Estados Unidos a un declive más acelerado. En palabras del escritor francés del siglo XVII, Jean de La Fontaine: “A menudo uno encuentra su destino en el camino que toma para evitarlo”.