COLUMNAS PLEBEYAS

La clase media como coartada - Sentido Común

¿A quién asciende simbólicamente, a quién deja fuera, qué conflictos enfría, qué imagen

del país vuelve decente y cuál relega al cuarto de los tiliches?

26/03/2026

Por Luis Lezama

En diciembre de 2025, el gobierno anunció que, según datos del Banco Mundial, México

es el país de América Latina donde más creció la clase media: de 27.2% a 39.6% entre

2018 y 2024. La “clasemediarización” (validada por una institución que nadie puede

acusar de demagogia populista) avanzó con mayor brío bajo el ciclo político que el

liberalismo conservador denuncia como regresión, amenaza o anomalía plebeya. La ironía

histórica se escribe sola, y el usufructo simbólico para la 4T es evidente. Pero no nos

apresuremos a disfrutarla.

 

Si renunciamos a la inocencia de usar “clase media” para nombrar una franja social

objetiva y la tomamos como categoría de combate, surge un arco de preguntas que vale la

pena plantear: ¿a quién asciende simbólicamente, a quién deja fuera, qué conflictos

enfría, qué imagen del país vuelve decente y cuál relega al cuarto de los tiliches? Donde

parece haber simple sociografía, ya está trabajando la política por otros medios.

Viene a cuento una escaramuza previa a que la 4T trastocara el lenguaje político. Corría

2015, el reformismo peñista ya había perdido su brillo artificial, y el informe de Gerardo

Esquivel, Desigualdad extrema en México, mostraba la persistencia brutal de la

desigualdad. Desde Reforma, Roger Bartra –aun reconociendo la miseria persistente–

alegó que ese diagnóstico esquivaba otra realidad: la expansión de una franja intermedia

de contornos movedizos, cuyos “modos de vida” tenían un peso político y sociocultural

decisivo. “México es ya una sociedad de clase media”.

 

En esa maniobra, se revela algo más que una preferencia analítica. Había ahí una

operación de higiene simbólica. “Clase media” ofrecía una manera de peinar al país para la

foto, menos marcado por la pobreza como estructura, más dispuesto a reconocerse en la

moderación, el mérito supuesto, el miedo a la caída y la veneración del orden. Bartra

montaba un relevo en la soberanía simbólica del país: la clase media como el gran sujeto

de inteligibilidad política; el pueblo, vestigio retórico de demagogia populista.

 

En sus réplicas, Esquivel impugnó la licencia de llamar “clase media” a poblaciones que

podían volver a caer en pobreza; invocó umbrales, líneas de bienestar, vulnerabilidad por

ingreso. Pero hizo algo más que corregir imprecisiones estadísticas. Cerraba la aduana

moral para impedir que media precariedad nacional obtuviera un ascenso simbólico

exprés. En su cautela metodológica asomaba una intuición política: dejar que “clase

media” creciera sin control semántico implicaba mandar la pobreza al fondo del cuadro,

cuando seguía organizando la estructura más dura del país. Puro maquillaje.

 

Volver hoy a ese episodio trasciende el interés de anticuario. Las palabras conservan

memoria. A veces, mala memoria. Si la “clase media” era sospechosa en manos liberales,

lo sigue siendo en cualquier mano. Cuando circula por cuenta propia, como si nombrara un

estadio superior del orden social, reaparecen las inercias que el lenguaje liberal le fue

pegando. Al disputar dentro de la categoría en lugar de impugnarla, se concede algo más

que cifras. Sacar a millones de la pobreza es una tarea histórica, pero asumir sin más la

categoría sería una derrota simbólica en la propia victoria material.

 

La apelación al crecimiento de la “clase media” puede tener rendimiento político mientras conserve el

giro que López Obrador quiso imprimirle: ascenso material sin conversión moral al

egoísmo, bienestar sin pedagogía del desprecio, mejoría social sin deserción del horizonte

plebeyo.