COLUMNAS PLEBEYAS
Tiempos de canallas: banalizar el mal - Sentido Común
“El canalla no repara en las circunstancias, todas son condiciones propicias para el ejercicio del mal, lo hace simplemente porque puede hacerlo”
07/04/2026
Parece ser que en nuestros tiempos el mundo rueda de acuerdo con la banalización del mal a partir de las acciones y decisiones de un personaje que, a simple vista, podría designarse como desquiciado, con una evidente pérdida de control emocional; incluso se ensayan diagnósticos psiquiátricos de cuyos signos es claro portador, “demencia frontotemporal” se ha señalado con frecuencia. Sin embargo, por el sinfín de entramados de intereses económicos, religiosos, étnicos y de muchas aristas, el conflicto mundial actual no se puede reducir a un solo personaje y su condición mental. Hay muchos otros actores protagónicos con sus diferentes psicopatologías, pero con un rasgo en común que el psicoanálisis, con Jacques Lacan, ha buscado delinear y les llaman “canallas”.
Para el psicoanalista francés, el canalla no es simplemente una persona mala en términos morales: se trata de una compleja posición subjetiva, no se confunde con el idiota que hace mal, sino que se trata de alguien que sabe algo de la verdad, pero la utiliza para su único beneficio. Se ubica fuera de la ley simbólica, goza del cinismo, al mismo tiempo que reconoce la norma y la manipula sin culpa. En sentido estricto, no desconoce la ley, pero la instrumentaliza para su propio goce. Hay que señalar que con frecuencia el canalla sabe venderse como quien les dará a sus connacionales la vida anhelada de felicidad centrada en la acumulación y el consumo sin límites a costa de lo que sea.
El psicoanálisis reconoce una sutil pero radical diferencia con respecto a otra posición subjetiva llamada perversión. El perverso encarna la ley del otro, se ofrece como instrumento del goce del otro; no así el canalla, quien se sirve del saber y del discurso para su propio beneficio, en una posición francamente cínica, y sin ningún reparo de índole moral. El lazo que establece con los otros se encuentra caracterizado por una descarada manipulación de sus semejantes; lo hace haciéndose pasar por ser el Gran Otro (sabe que no lo es) y toma a sus prójimos como inferiores. Lo comanda una voluntad de goce que prescinde de cualquier subjetividad. Es por ello que el canalla puede discernir su relación con el mal y ejercerlo sin miramientos morales de ningún tipo.
Esta descripción fenomenológica nos recuerda las líneas de Hannah Arendt con respecto a la banalización del mal en determinadas circunstancias o condiciones; sin embargo, el canalla no repara en las circunstancias, todas son condiciones propicias para el ejercicio del mal, lo hace simplemente porque puede hacerlo, porque no concibe que alguien pueda estar por encima de lo que desea hacer.
Un canalla ejerce el mal sin ninguna causa o ideología, es el mal por el mal mismo, es el mal sin nada que lo enmarque e intente mínimamente regularlo, no considera que haya nada por encima de él. Es por esto que ejerce el goce sin ningún tipo de responsabilidad ni límite, no concede la más mínima importancia a las consecuencias para los demás. Parece que el mundo y nuestra más inmediata realidad nos dejan ver que vivimos en tiempos de canallas.