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Ecosistema mediático y elecciones

No hay duda de que los medios corporativos se encuentran en una crisis de credibilidad que los ha ido moviendo hacia un lugar esquizofrénico.

Cuando, hace seis años, analizábamos el rol de los grandes medios de comunicación y particularmente sus mesas de análisis en el contexto de las campañas electorales, había una genuina preocupación por el cerco mediático que generaban a la propuesta de un proyecto de izquierda y al papel que jugaba (juega) el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador en el mismo. No era para menos: veníamos de dos grandes fraudes electorales que encontraron su legitimación en esos medios y esas voces de manera sistemática. No sólo eso, no eran simples correas de transmisión: en 2012 se llegó al extremo de que el poder de Televisa fuera de tal tamaño que quedó impregnado en la memoria colectiva que la televisora “puso” a un presidente. No sin sendas omisiones del Instituto Nacional Electoral (INE), claro está.

Entonces, en 2018 había una legítima preocupación de que algo así pudiera repetirse, una preocupación que era tan grande como la arrogancia de las mismas televisoras frente a un escenario que había cambiado y que no fueron capaces de contener: mucha movilización trascendió el marco de las pantallas, tanto en las calles como en las redes sociales, y cruzó con la inocultable realidad del masivo descontento y cansancio de la población hacia un régimen en quiebra con actores políticos identificables.

Ya desde entonces las televisoras perdieron terreno, pero eso no era claro en aquel momento, de tal manera que se sentían como conquistas los páneles de debate que proliferaron y en donde voces jóvenes de izquierda, desconocidas para muchos, compartieron misión con las históricas figuras de la izquierda intelectual y del obradorismo, las más de las veces asumiendo el papel de costal de box en un frecuente “todos contra uno”. De la desventaja de esos escenarios y la rapidez de las redes sociales cundió el fenómeno de hacer viral el David contra Goliat, en donde los triunfos de esas voces se sentían como logros de todos los que no estábamos ahí ni nos sentíamos entrenados para esas discusiones mediáticas, pero queríamos decir eso y que se escuchara. Las redes sociales lo posibilitaron. 

El resto de la historia ya la conocemos. Las diversas piezas de ese rompecabezas encajaron y dieron un arrollador triunfo a Andrés Manuel, a pesar de los poderes fácticos; uno de ellos, los medios de comunicación.

Cinco años después no somos los mismos

Dos grandes retos se visualizaban desde el inicio del gobierno de López Obrador: pasado el entusiasmo de haber vencido al prianismo, que los hechos dieran la razón al sueño prometido de caminar en otro sentido, con todo y obstáculos, tropiezos, incidentes o despropósitos. Lo segundo, que no sólo había que dar la batalla a través de las acciones, dados lo callos que pisaba el proyecto transformador, la segunda madre de todas las batallas sería la de comunicar el camino andado en medio de un mar de campañas en contra, mentiras e información tergiversada.

Desde la trinchera de la comunicación, se hizo muy evidente que los dos retos se convirtieron en misiones personales del presidente: la transformación en sí misma y su comunicación. Uno de los grandes aciertos, por cierto, fue asumir, en esta última, libertad absoluta en la interlocución con periodistas y comunicadores, e incorporar en su propio discurso tanto avances como lo que mencioné arriba: obstáculos, tropiezos, incidentes y despropósitos.

La conferencia matutina se convirtió, entonces, en el sujeto incómodo del ecosistema mediático (y los intereses que representa) con un canal directo a la población, sus correas de transmisión desde las redes sociales, sus códigos que, en mucho, recogen pensamientos, opiniones y humores de millones de mexicanos. 

Muy posiblemente, este fenómeno histórico que es la mañanera será de las acciones que más se agradecerán cuando miremos en retrospectiva lo sucedido en estos años, porque detonó, para varias generaciones de manera simultánea e irreversible, muchos procesos que nos sitúan en un lugar muy distinto frente a quienes han hecho del poder público un instrumento de uso personal y de los medios de comunicación (léase también plataformas digitales y redes sociales) su mayor bastión.

Voy con mi argumento de optimismo: si para muchos mexicanos en 2018 era evidente que las cosas no caminaban bien, ni de manera justa, en cambio no se contaba con elementos tan nítidos sobre los mecanismos, los actores, los alcances del resultado que a nivel país eso significó. La memoria de un pasado ocultado y convenientemente desdibujado es una aportación ineludible de la conferencia matutina que atienden miles de personas, al punto de convertirla en el primer canal streaming de habla hispana en visualizaciones. No es una casualidad, sino la ubicación de una proporción muy importante de la población del valor informativo que tiene y de su contribución en el debate público sobre temas que le fueron deliberadamente escondidos y manipulados en los medios de comunicación.

Pero la conferencia matutina no sólo facultó ubicar el pasado en toda su dimensión. También ha permitido ver el transcurrir del presente y alimentar en los mexicanos la firme convicción de que es posible un horizonte en donde la política, el poder y el país pueden caminar diferente a como siempre nos contaron, donde existe alternativa a la injusticia sistemática, aun considerando la serie de inercias que permanecen. Ha podido ser el puente hacia la construcción de un “ya nos vimos” en ese país y con un ejercicio del poder que no puede volver a ser el de antes. Conocimos otro.

Y en todo eso que vimos (parte por la conferencia matutina, parte porque detonó el hambre de muchas personas de saber, involucrarse, buscar información y nuevas voces) también se hizo evidente, como nunca, quiénes y por qué se resisten a que las cosas sean distintas. Ahí están ubicados también los grandes medios de comunicación, sus dueños, sus negocios, sus comunicadores y sus mesas de análisis y opinión. Sucedió que ellos siguieron haciendo como siempre y cada vez peor, pero en esta ocasión sin la impunidad acostumbrada, por un presidente que, de la mano de la población, hizo visibles sus desdobles.

Así llegamos a 2024, año en que se jugará la sucesión presidencial. Hay, desde luego, cosas que no han cambiado estructuralmente. Algunas televisoras, o las concesionarias de la radio capitalina, por ejemplo, continúan manteniendo control de cobertura territorial en canales abiertos: la gente prende y ahí están. Siempre con sus odios. Sin embargo, la conciencia adquirida de millones de personas, de la mano de la creciente alternativa de contenidos en los medios públicos, canales en plataformas digitales y, de nuevo, la conferencia matutina presidencial, han derivado en una disminución de las audiencias y, sobre todo, en la pérdida de relevancia de espacios otrora referentes en el debate público. Mayor prueba de ello no hay que el intento fallido que desde los grandes medios de comunicación hicieron para encumbrar a Xóchitl Gálvez. Las encuestas y el enojo de los opinólogos que la ungieron hablan por sí solos.

No hay duda de que los medios corporativos se encuentran en una crisis de credibilidad que los ha ido moviendo hacia un lugar esquizofrénico: en su registro tradicional de estrellas se sitúan como adversarios políticos en el tono menos racional y periodístico que les hemos conocido. Esto mientras por otro lado corporativamente buscan formas de presentarse como espacios plurales a través de páneles de opinión en los que introducen, por mesa de cuatro, a un elemento disruptivo para practicar su ya conocido “todos contra uno”.

La batalla que se presenta en la arena mediática no se da en esta ocasión en los términos de 2018, y los grandes medios parecen haberla perdido. De telón de fondo tendrán la incómoda presencia de un presidente con más del 70% de aprobación, que hace contacto con la población todos los días y cuya agenda tiene reverberación en gran cantidad de espacios alternos que son elegidos activamente por la población. No es una casualidad que el INE y el poder judicial busquen silenciar la voz de López Obrador. También enfrentan el peso de una de las mejores administraciones que ha tenido la Ciudad de México en sintonía con el proyecto de transformación, cuyo liderazgo ha sido abrazado ya como el nuevo bastón de mando del movimiento en la figura de Claudia Sheinbaum. Hoy hay, pues, una sintonía que favorece la continuidad del cambio iniciado, a pesar de las grandes resistencias.

Epílogo sobre un terreno fértil

Hasta ahí el optimismo de lo ya conseguido, que nunca es estático. Pero una nueva batalla de comunicación está por venir tras la elección de 2024, frente a la ausencia de un modelo que Lopez Obrador logró articular y deberá encontrar sus propios códigos y la voluntad de mucha gente de mantenerse activa y presente. En ese reto, será importantísimo avanzar en la generación de espacios periodísticos y de opinión éticos, audaces, de la mano de la población. Será la madre de todas las batallas. Y hay que darla.

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