Marcelo frente a la historia

Columnas Plebeyas

En México, salvo morena que desde su nacimiento goza de sana reputación y la aprobación de más del 50% de la población, hay una profunda crisis de credibilidad hacia la partidocracia. La gente cada vez cree menos en los partidos políticos tradicionales y repudian cada vez con más fuerza las viejas formas de entender y hacer política, entre otras cosas, rechazan la lógica tribal cuya máxima lealtad es al “referente”, antes que a las luchas que pretenden representar. Para la causa de la Cuarta Transformación es vital la credibilidad. Por ética y para que se mantengan los buenos resultados, morena debe observar permanentemente su proceder.

El pasado jueves 30 de noviembre en el noticiario “Los Periodistas”, de Álvaro Delgado y Alejandro Páez, presentaron una entrevista dividida en dos partes que le realizaron a Marcelo Ebrard, de ella rescato tres planteamientos que llamaron mucho mi atención porque, a mi entender, reflejan la distancia que hay entre la concepción política del excanciller y la de la 4T.

El primer comentario que encendió mi sospechómetro, fue una idea con la que intenta responder a la pregunta sobre su futuro inmediato. Específicamente sobre la posibilidad de asumir la candidatura al senado de la República. Él dice que, aunque está consciente de que no se puede hacer política sin espacios de poder, aún no ha hablado con la doctora Sheinbaum sobre el tema. Yo pregunto, si de verdad no es posible hacer política sin espacios de poder, ¿cómo explica que Andrés Manuel López Obrador haya construido su avasallante victoria electoral y al movimiento más grande y exitoso de todo el mundo en la actualidad, cuando solo tuvo un cargo de elección popular 20 años antes de alcanzar la presidencia de la República?

Lo siguiente que me hizo ruido, fue su insistencia en presentarse como la segunda fuerza nacional de morena asumiendo que, tras el resultado de la encuesta para definir la coordinación nacional de defensa de la 4T, él representa el 27% del total del movimiento y por lo tanto le toca la misma proporción de candidaturas y espacios dentro de la burocracia partidista. Esta afirmación me resulta peculiar, entre otras cosas, porque hace dos años se llevó a cabo el proceso interno donde, al tiempo que el pueblo se afiliaba al partido, elegía a las y los 3000 congresistas (5 hombres y 5 mujeres por distrito electoral), para que luego esas 3000 personas, en el pleno del Congreso Nacional, eligiéramos a las 300 que constituyen el Consejo Nacional y a quienes integran el Comité Ejecutivo Nacional. Si Marcelo representa el 27% del partido, como asegura, ¿por qué no se coordinan con él la misma proporción de delegados y consejeros nacionales? Pero, aunque así fuera, si de verdad él coordina al 27% de los comités secciónales de la 4T, ¿eso le da derecho a exigir que de forma excepcional se le otorguen cuotas para alimentar a su corriente interna?

En estos 5 años, tras la victoria del presidente López Obrador, hemos vivido varias coyunturas internas en las que, tras la definición de las candidaturas, algún actor ha intentado apropiarse de un cachito del obradorismo para intentar generar un bloque, una tribu con la que puedan ampliar su margen de negociación. Han sido varias las estrategias a través de las cuales lo han intentado. Desde Monreal y la aventura de crear un partido satélite, hasta John Ackerman y su grupo de indignados por considerar que el movimiento ha dado un giro pragmático, pasando por Mejía Berdeja y la esquizofrénica estrategia de construir una fuerza obradorista que legitimara su traición al propio presidente López Obrador. Quedó en tercer lugar de la encuesta y aun así traicionó al movimiento.

Ahora es Marcelo quien está tratando de consolidarse como jefe de grupo y para ello intenta convencer al movimiento de que él encarna la representación del 27% del obradorismo nacional y por lo tanto le tocan la misma cantidad de candidaturas para repartir entre su tribu integrada mayoritariamente por personajes que bajo ninguna circunstancia ganarían una encuesta.

Todos esos intentos por fraccionar y apropiarse de una parcela del obradorismo han fracasado porque quienes los encabezan no han comprendido que la fuerza real de este partido radica en la politización de un sector poblacional que se reivindica obradorista y que, aunque invariablemente va a tomar partido en los procesos internos a favor de alguno de sus protagonistas, bajo ninguna circunstancia pondrá por encima del proceso nacional a ningún otro personaje que no sea el propio AMLO, y a él sí, entre otros motivos porque saben que jamás les pondría en la encrucijada de traicionar el proyecto.

No es posible entender la configuración de los partidos políticos de la actualidad sin comprender a sus liderazgos y sus regionalismos. En morena es evidente que hay dirigentes que han sido capaces de generar consensos en sus estados y llegan a coordinar a un sector de la militancia del partido, pero ninguno logra acumular más del 5% del Congreso Nacional, ni siquiera la doctora Claudia Sheinbaum o las y los gobernadores más activos en la vida interna del movimiento. Es precisamente esta gran diversidad de liderazgos y heterogeneidad de su militancia, la que hace indispensables ciertos consensos que le den gobernanza y viabilidad interna al partido y que además sean el candado que impida la consolidación de las corrientes de interés y de otras prácticas de la vieja política.

Uno de esos consensos es la encuesta cruzada y abierta al pueblo para resolver quiénes deben encabezar los procesos. Este fue el único mecanismo que permitió que morena dejara atrás la tradición rupturista de las izquierdas. Su virtud radica en que no solo mide la popularidad de las y los aspirantes, sino la congruencia que el pueblo les reconoce. Este método es tan generoso que elude al máximo la confrontación al permitir que sea el pueblo el que tenga la última palabra sobre la eterna tensión de qué perfil debe dar continuidad a las tareas de la 4T en cada espacio de representación, y, además, luego de las encuestas el partido se posiciona aún mejor en las preferencias electorales frente a las opciones de la reacción neoliberal. Este método electivo es el que posibilitó que morena superara la dinámica paralizante de aquellos años, entre el 2018 y el 2021, en los que los conflictos internos boicotearon al partido hasta el punto de hacer el ridículo en elecciones que no se debieron perder.

Junto con la encuesta, el otro gran consenso que da gobernanza interna es que bajo ninguna circunstancia se reproduzca, fomente y regule la lógica tribal dándole a los equipos de estos liderazgos regionales el trato formal de corrientes de interés, es decir, que los espacios no se negocien en función de cuotas y cuates, ni se permita a los liderazgos ser los gerentes que administran las candidaturas en función de sus intereses y criterios personalísimos.

Para que estos consensos existan y sean eficaces en su objetivo de darle gobernanza interna al partido, es indispensable que haya credibilidad y garantía de piso parejo, por eso ha sido tan importante que la dirigencia vaya mejorando los mecanismos de transparencia al grado de que no se hace una, sino al menos 3 encuestas y que todos los cuestionarios pueden ser auditados por las y los aspirantes. Sin credibilidad morena volvería al caos y la inoperancia, sería un grave error que el pueblo deje de confiar en la dirigencia del movimiento al intuir que se empieza a configurar una casta que recibe trato privilegiado.

El tercer planteamiento que hace Marcelo es un reproche al acuerdo de coalición que se llevó a cabo con los partidos de la alianza. Entre líneas sugiere que a él se le deberían dar más candidaturas que al PT y al Verde porque representa el 27% del obradorismo, es decir, aproximadamente 20% más que aquellos dos partidos. Es extraño que alguien que pretende encabezar este movimiento cuestione tan a la ligera, y con tremenda falacia, el necesario acuerdo de coalición con los otros partidos que no solo suman puntos porcentuales en la jornada electoral, sino estructura y una alianza legislativa fundamental para los objetivos de la 4T.

Así como estoy seguro de que Marcelo no puso en la mesa estos puntos con la intención de descarrilar a morena reventando los consensos que le dan gobernanza, ni tampoco busca crear incidía con los partidos aliados, también estoy convencido de que en realidad Ebrard hace estos planteamientos con la certeza absoluta de que tiene la razón y por lo tanto su exigencia de privilegios es legítima. Pareciera que para Marcelo la congruencia y credibilidad del movimiento no son tan importantes como la posibilidad de acumular “espacios de poder para seguir haciendo política” de aquí al 2030 que se vuelva a postular como aspirante presidencial. Esta impostura es el reflejo de una diferencia profunda en la concepción política que hay entre él y el movimiento, plasmada con toda claridad en los documentos básicos del partido. Para morena la política es servicio y él está tratando de servirse con la cuchara más grande.

Los procesos internos de morena han tenido otra bondad: nos han permitido ver en una caja de cristal a cada dirigente, hemos podido observar sus estilos, su forma de pensar y proceder. Una de las grandes lecciones que nos han dejado las internas es que la mejor recompensa para aquellos dirigentes que cumplen con su palabra y llevan a cabo campañas austeras y propositivas y al final reconocen el resultado de la encuesta, es el buen prestigio que solo otorga el reconocimiento de la militancia. Incluso en términos de eficacia electoral, la mejor campaña posible es ser reconocido como un dirigente que bajo ninguna circunstancia, por aspiraciones personales o de tribu, pondría en riesgo la estabilidad del movimiento que en 5 años ha sacado a 5 millones de la pobreza. El reconocimiento de que son camaradas que prefieren ser uno en la colectividad, que señor feudal cuidando sus parcelas. Yo he visto a viejos lobos de mar aprender otras formas de hacer política conforme se van involucrando en el movimiento, ojalá que Marcelo se dé la oportunidad.

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