La oclocracia de López

Columnas Plebeyas

Allá por el año 2018, tras la victoria del presidente Andrés Manuel López Obrador, comenzó a circular en las redes sociales el concepto de oclocracia. También en esas mismas épocas, uno que otro columnista y organización de la sociedad civil usaban la palabra para evaluar la administración del mandatario ¡dos meses antes de que asumiera la presidencia!

Pero ¿qué es la oclocracia? En la filosofía política de la antigüedad —hablamos particularmente de Arsitóteles y Polibio— se hablaba de seis formas de gobierno. Tres virtuosas: monarquía —o reino—, aristocracia y república —o democracia, la forma virtuosa para Polibio—; y tres formas corruptas, que derivan de las ya citadas: tiranía, oligarquía y oclocracia —o democracia, la forma corrupta para Aristóteles—.

Dependiendo del autor varía el concepto de democracia como gobierno del pueblo que responde exclusivamente a los intereses del mismo y no del conjunto de la polis. La categoría oclocracia, que designa el gobierno de la polis por las decisiones de las masas, tiene un sentido despectivo que le otorgan los escritores reaccionarios, como bien dice Bobbio en La teoría de las formas de gobierno en la historia del pensamiento político.

Por ello es comprensible que, tras la aplastante victoria de AMLO, la sociología espontánea de las redes sociales y de los columnistas de diarios conservadores no haya vacilado en etiquetar al futuro gobierno como oclocrático. La oclocracia de López, como la llaman los conservadores, tenía su fundamento en el voto masivo, nunca visto en este siglo.

Fuera de este absurdo ejercicio de etiqueta política, algo más pretencioso que el de quienes hablan del “tirano de Macuspana”, puede resultar interesante verificar las predicciones que realizaban los conservadores allá por octubre de 2018 con su bola de cristal. ¿Hace falta recordar que AMLO asumió el 1 de diciembre? Ya pasada más de la mitad del sexenio, es posible analizar en qué medida el gobierno del presidente ha respondido a las decisiones de las masas; o la muchedumbre, como decían aquellos.

En primera instancia, y para recalcar lo absurdo y obsoleto de la etiqueta, quisiera aclarar que me parecería un abuso conceptual el hablar de los poco más de 30 millones de ciudadanos que votaron por el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) en las presidenciales como una “masa” o “muchedumbre”. El voto masivo no equivale al voto de las masas.

Una muy buena parte de las personas que votaron por López Obrador no congeniaba con la totalidad de sus propuestas de campaña, o con ninguna, pero querían un cambio. Otra parte de las personas que sí estaban de acuerdo en su totalidad, no congeniaban por las mismas razones. El afecto hacia la figura del hoy presidente no se desarrolló de la misma manera en el albañil del Estado de México, en el pequeño empresario de León, en la recepcionista de Quintana Roo o en el migrante de San Quintín. Sin embargo, todos estos personajes votaron por él de acuerdo con sus propias convicciones que, evidentemente, no son las mismas.

Las masas o las muchedumbres deben, por definición, ser homogéneas. Además, es condición que puedan reunirse en un solo lugar a practicar una misma acción. No es el caso de quienes en 2018 votaron por AMLO.

En segunda instancia, y prosiguiendo con el análisis, según el concepto de oclocracia las masas gobiernan sobre toda la polis, sirviendo únicamente a sus propios intereses. El presidente no gobierna únicamente para quienes asistieron a sus mítines en el Zócalo capitalino o cualquier otra parte del país; tampoco gobierna solo para las y los votantes de Morena: López Obrador gobierna para todes les mexicanes. Y, a pesar de respetar la voluntad de las mayorías, no permite que esta se imponga injustamente sobre los derechos de las minorías.

“Por el bien de todos, primero los pobres” puede ser interpretado como un concepto democrático en el sentido de Aristóteles, del gobierno de los pobres para los pobres. Sin embargo, quienes así lo interpretan olvidan la primera mitad de la frase. Estamos hablando de una enseñanza profundamente republicana. Para que todes podamos vivir mejor, hay que atender prioritariamente a los sectores más vulnerables de la sociedad.

Y no solamente en el discurso, AMLO demuestra ser un hombre republicano. Juan Domingo Perón declaró que “mejor que decir es hacer, mejor que prometer es realizar”. Y no es falso decir que, en la inmensa mayoría de sus actos, López Obrador demuestra gobernar para todos y todas por medio de las instituciones. Sin ir más lejos, la consulta acerca de la revocación de mandato es otro acto profundamente republicano, se le pregunta a todes les habitantes de la polis si el titular del poder ejecutivo debe continuar en su cargo.

Resumiendo, si somos rigurosos con la aplicación de los conceptos, el gobierno de López Obrador no cumple de ninguna forma con el de oclocracia; tampoco con el sentido negativo que supo tener la democracia. La cuarta transformación, sin embargo, sí parece, de momento, una transición de una oligarquía —unos pocos que gobiernan para unos pocos— hacia una república —donde el gobierno es de todes y sirve a los intereses de todes—: la más virtuosa de las formas de gobierno.

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