La justicia espacial de Clara Brugada

Columnas Plebeyas

¿A dónde fuimos a pasear el fin de semana? ¿Cómo vivimos la ciudad, como un trayecto o un destino? ¿Cuántas horas tenemos que estar en el transporte si queremos ir a un concierto? ¿Cuántas horas dedicamos a cuidar? ¿Cuántas a limpiar? ¿A disfrutar? ¿A aprender?

El encanto de un organillero y una trompeta y los tacos de la esquina conviviendo en apenas una cuadra a veces se opaca con las horas interminables en vagones atiborrados. Casi nueve millones de habitantes, dieciséis alcaldías. Muchas ciudades chiquitas dentro de una. Esto es la Ciudad de México.

Algo hemos hablado de las Utopías de Clara Brugada. Para quienes no padecen los estragos de una ciudad caótica, parecen centros meramente recreativos. “Ok, hizo un centro donde puedes ir a jugar futbol, ¿y?”. Sin embargo, lo que nos dicen estos espacios es que existe una persona que tiene en mente la justicia espacial. Pensar los problemas sociales en términos espaciales es fundamental en una ciudad como esta.

A mí como arquitecta las Utopías me hablan de que Clara reconoce la carga política del espacio. Ella ha identificado que tenemos una crisis de espacio público. ¿A dónde vamos a pasear cuando quedamos con amigos o queremos ir a dar la vuelta? A los centros comerciales, no tenemos muchas más opciones. Compramos un helado, caminamos por los pasillos, contemplamos escaparates y maniquíes, incluso es significativo que ahora dejen entrar a la gente con sus perros. Nos encontramos y nos relacionamos mediante el consumo. Las Utopías son una opción para relacionarnos mediante otras cosas: la cultura, el deporte, el aprendizaje, el disfrute.

El disfrute muchas veces es banalizado por algunos políticos. Cuando la anterior jefa de gobierno, Claudia Sheinbaum, hoy candidata y próxima presidenta de México, empezó a hacer con más frecuencia conciertos gratuitos en el Zócalo, escuché esas opiniones: “¿Cuánto le cuesta esto a la ciudad y por qué no mejor lo destinan a la educación?”. Esta es la percepción que muchas veces tenemos sobre el ocio o el entretenimiento; es una manera de exigirle a la población demostrar que han sufrido, un recordatorio de que el acceso a la cultura es para las clases altas y una visión muy reducida sobre el potencial de reparar. 

Reparar el tejido social requiere avanzar y dar pasos hacia atrás al mismo tiempo: sí, atender las urgencias, pero también trabajar las causas. La inseguridad en la ciudad no se va a resolver solamente atacando el crimen. Por ejemplo, en Iztapalapa, para levantar Utopías se buscaron terrenos en situación de abandono o inactivos, lo que fomenta que una zona sea insegura. Activarlos con proyectos de rehabilitación urbana, donde se juega, aprende, convive, baila, no sólo cambia el uso del terreno, sino sus alrededores, ayuda a disminuir la inseguridad. Devolver la posibilidad del disfrute y la vida en común tiene una potencia transformadora.

También Clara Brugada ha identificado que tenemos una crisis de espacio privado. Tradicionalmente, el espacio privado es donde se hacen las tareas del hogar, se cuida a les niñes o a las personas dependientes; el espacio de lo no remunerado. La escuché contar que en México muchas veces las familias tienen que amarrar a los adultos mayores con enfermedades como alzheimer para que no se hagan daño mientras el resto de la familia sale —al espacio público— a trabajar. Clara le apuesta a transformar las dinámicas que separan el espacio público del privado cuando reconoce la responsabilidad del Estado en el cuidado y el trabajo doméstico.

Que en las Utopías haya centros de día para los adultos mayores, comedores o lavanderías cambia la vida de muchas personas. También esto va de construir una política que no sólo contempla el derecho a la ciudad, sino el de salir de casa, que no es lo mismo, pero es fundamental. Clara Brugada ha hecho de la Utopía una realidad en Iztapalapa, donde se atienden no sólo las consecuencias, sino también las causas.

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