La dificultad de escribir

Columnas Plebeyas

Todos sabemos que escribir cuesta. Que si hay un miedo ante la página en blanco, que si lo más complicado siempre es empezar un texto; incluso, recién me tope un meme en el que se decía que terminar un párrafo es una tarea titánica para historiadores, antropólogos y otras disciplinas sociales. El caso es que para muchas personas, entre las que me incluyo, escribir no es una actividad sencilla ni liviana. 

Hubo un momento en mi vida en el que escribir se convirtió en una experiencia muy ardua. No recuerdo exactamente cuándo fue, pero sí sé que ocurrió después de que terminé la licenciatura. Desde entonces fue así y la cresta se alcanzó cuando tuve que escribir una tesis de doctorado varios años después. Me parece que este problema no aqueja a quienes escriben por vocación —que se dedican o se quieren dedicar más formalmente a la creación literaria u otra forma de escritura cotidiana—, sino a quienes tenemos profesiones que nos obligan a escribir pero ante las que, en el fondo, siempre dudamos de poder cumplir con el cometido de modo acertado.

Hace unos días, mientras corregía un texto y sentía una vez más esta sensación de atoramiento, compartí mi frustración en Twitter y varias personas coincidieron conmigo y dijeron que les pasaba algo similar. Alguien incluso me pidió que compartiera algunos tips para resolver la cuestión, pero francamente no los tengo. Sí sé que me haría falta trabajar más en imaginar y esbozar o hacer un esquema previamente, pero pienso que eso ocurre cuando uno ya tiene muy claro el tema y sus elementos; el problema es que no siempre se tiene del todo claro lo que uno quiere decir, aunque se tenga un tema. También he pensado que la dificultad de escribir está más bien relacionada con lo emocional: al querer evitar sentir una sensación desagradable (que no te guste lo que estás haciendo, que te des cuenta de que te falta información, que tiendas al perfeccionismo), terminas por bloquearte y se vuelve aún más difícil que la cosa fluya.

En mi caso existe además otro obstáculo. Uno aspira a que el tema de la columna resista varias pruebas: que no envejezca tan rápido o tan mal; que sea, por supuesto, un tema político pertinente e interesante; que se cuente con información suficiente y, por si fuera poco, que sea un texto escrito decentemente. ¿Pero cómo lograr eso cuando lo que hoy sobran son espacios y plumas expertas, y no tanto, en el acontecer nacional? ¿Cómo lograrlo si hoy todo el mundo tiene una opinión o muchas y las tiene de todo o casi todo? 

Creo que escribir un texto de política que se publica conlleva una enorme responsabilidad. Para mí no es simplemente plasmar lo que opino y punto, porque con las opiniones se puede estar o no de acuerdo, se discuten o se rebaten y listo. Lo que creo que falta en muchos de los textos de análisis político —aunque sean de coyuntura— es una perspectiva más amplia, una mirada de más largo plazo, tanto retrospectiva como prospectiva. La rigurosidad en los datos o la información a la que se hace referencia en una columna me parece un elemento indispensable, ¿cuántos textos hay que no verifican, que no revisan, que muestran un desconocimiento pasmoso? Y ello va de la mano, me parece, de lo que en otros tiempos se podría nombrar como “el honor a la verdad”. Escribir, aunque sean opiniones, ciertamente implica no traicionarnos, apelar a nuestra verdad, pero eso no significa que se pueda mentir descaradamente. Tal vez ahora mismo no se advierta, pero vivimos un momento muy importante en el país. Intentemos por lo menos que nuestra palabra pueda sostenerse en el tiempo; que cuando nos volvamos a leer al paso de los años, lo dicho no termine hecho polvo.

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