El muelle de Tzukán

Columnas Plebeyas

Hay errores que al repetirse muchas veces se vuelven costumbre, y de costumbre se transforman en norma. Quizá lo he sabido siempre, quizá me acabo de enterar. El hecho es que en esto pienso hoy, en el calor de una ciénaga mientras espero un ceviche y me devoran las piernas ejércitos de mosquitos. Ah, porque por un buen ceviche estoy dispuesto a ser carnada de los zancudos. Confusiones que se vuelven costumbre, decíamos. Al henequén le dicen sisal y así se conoce en el mundo; sisal se volvió un sinónimo. Igual que al chocolate hecho se le dice soconusco.  

Las imprecisiones que son repetidas por multitudes imponen una nueva regla, pero, en el fondo, siguen conteniendo su núcleo de falsedad. 

Mientras espero mi ceviche, leo de la pugna entre Poseidón y Chaac, que involucró deidades que no comparten el mismo ámbito de dominio, siendo el dios griego el señor de los mares, y el dios maya el que decide en la lluvia y el rayo. Imprecisiones insignificantes, dirán algunos, imprecisiones que sólo te interesan a ti en el tedio húmedo del verano, pero, si queremos verlo, llevan consecuencias impensables. 

Por eso mi profesora de literatura del liceo insistía tanto en hacernos entender la naturaleza de la figura retórica de la metonimia, para que fuésemos capaces de no confundir la parte con el todo, la causa con el efecto, la imagen con la realidad, el objeto con la representación. Entonces, después de la pugna ridícula en redes sociales, una burocracia ineficiente pero, como toda burocracia, siempre atenta a lo que mueve los ánimos de la gente, decidió clausurar el acceso a una estatua en el mar de Yucatán, la estatua de Poseidón, por “no mostrar la autorización de impacto ambiental”, se lee. 

Si, en la historia, la iconoclastia ha servido para acompañar movimientos sociales importantes y grandes revoluciones, en la actualidad descargar el enojo, la rabia y la frustración contra las estatuas y los símbolos es más bien una sustitución del objeto de la violencia. En lugar de organizar la lucha para acabar con un sistema económico que favorece el turismo de rapiña, que beneficia sólo a las transnacionales y empobrece a las comunidades, se concentra la atención en la destrucción o la eliminación de la vista de objetos inanimados, como si quitar de la vista una estatua fuera en sí el objetivo de una lucha política. 

De la misma forma se quitan de la vista las palabras, en lugar de revolucionar las prácticas. 

Pero no venía a hablarles de conflictos postizos entre deidades fuera de moda, ni de metonimias, sino de este muelle. Aquí llegaban y salían barcos y naves que se llenaban de un producto indispensable en muchos países, el henequén. Luego las embarcaciones llegaban a los puertos del mundo cargadas de ese precioso producto, y en la quilla decían “Sisal”. El nombre del remoto puerto en la costa norte de Yucatán, desde donde salía la fibra que fue importante en muchos campos e indispensable para la industria bélica en toda la primera parte del siglo XX, se volvió el nombre del producto mismo. Hoy aquí no hay ni rasgos de la antigua riqueza, es un pequeño muelle donde se reúnen niños, jóvenes y ancianos del pueblo a pescar en la mañana o al atardecer, intentando sacar algo de este mar lleno de sargazo. 

Les quería contar de este muelle porque un viejo pescador sin dientes me contó una vez que aquí, a veces, de noche, se ha visto descansar a una mujer vestida de blanco, en las horas de luna fuerte. Descansa viendo el agua del mar unos momentos, hasta que vuelve Chaac y le lanza ráfagas de viento y la vuelve lluvia y la obliga a volver a meterse a la ciénaga, a los cenotes de los que es protectora, con su cuerpo de culebra. 

Aquí se ha visto a la poderosa Tzukán, protectora y guardiana de los cenotes, que resguarda esas bocas de agua, accesos al inframundo, obligada a cumplir su función por el dios Chaac, para darle agua a los pueblos que esta tierra habitan. 

(Si me preguntan a mí, no sé nada de serpientes, ni de lluvias, ni de henequén. Pero me gustan los cenotes, las metonimias y el ceviche con mucho limón).

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