Declive de una hegemonía global

Columnas Plebeyas

Estados Unidos, actor ineludible para comprender el desarrollo histórico internacional de buena parte del siglo XX hasta nuestros días, ha transitado por dos etapas en el dominio global: una (1914-1991) enfocada en luchar de manera directa o indirecta, además de diplomática o abiertamente bélica, por posicionarse en la cima de un sistema interestatal vinculado en términos sociales, políticos y económicos a sus necesidades y objetivos como potencia en ascenso, y hasta 1991, como potencia triunfante de la Guerra Fría.

Conseguido eso, comenzó la segunda etapa, en la que, entre 1991 y 2008, buscó formarse como potencia hegemónica única en el mundo, mediante el control efectivo y la estructuración jerárquica de todos los países de acuerdo a los intereses de sus empresas y a los objetivos políticos de su gobierno. Esto último es muy importante para comprender los eventos que hoy afectan a ciertas regiones del mundo y que amenazan con expandirse en daño y extensión.

Después del 2008, Washington se topó con el primer obstáculo a su ejercicio unilateral de soberanía internacional hegemónica, al tratar de abrir una punta de lanza contra Rusia en Georgia, para comenzar con un proceso de erosión y fragmentación en Eurasia que le permitiera concluir su proceso de dominación total; sin embargo, ello provocó una respuesta militar de Moscú, mientras que China, en ascenso económico y militar desde aquellos años, observaba atentamente las acciones de ambos poderes en la región geopolítica más extensa de la Tierra.

Luego del primer revés expansionista sufrido en 2008, el gobierno estadounidense, de manera más intensa y financiando guerras civiles y terrorismo en el Medio Oriente (Siria, Irak y hoy Palestina) y Ucrania, buscó desestabilizar aquellas regiones para tratar de abrir otro punto de infiltración a Eurasia, pero con los mismos resultados, poco satisfactorios para el cumplimiento de sus objetivos de control mundial.

En contraste, y como muestran los conflictos en ambos puntos, los esfuerzos financieros y militares estadounidenses de diseminarse en todos los confines del orbe hoy comienzan a mostrar signos de agotamiento, muestra de ello es el exorbitante presupuesto de defensa norteamericano, totalmente opaco y que en la última década ha oscilado en torno al 10 por ciento del total de sus recursos públicos. Y, a pesar de ello, los conflictos regionales ya mencionados no parecen tener, al menos en un futuro, un desenlace favorable para Washington.

Por lo tanto, y con la experiencia fracasada de proyectos imperiales con enfoque de dominación global, como el inglés, el nazifascista y el socialista, el sueño de mundialización Made in America parece, si bien no estar colapsando frente a nuestros ojos, sí evidenciando notables signos de sobreextensión territorial que, de no sustentarse en un sistema económico o bélico sólido que la respalde, comenzará a ceder, debilitarse y, de no atenderla, derrumbarse.

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