COLUMNAS PLEBEYAS
“Para los jóvenes”: el silencio del pueblo - Sentido Común
“La protesta contra una arbitrariedad estatal empezó a volverse memoria organizada”
24/04/2026
El 24 de abril de 2005 la Ciudad de México, siempre tan convencida de su capacidad para absorberlo todo, descubrió sus límites físicos. Una multitud, demasiado vasta para la aritmética oficial y demasiado visible para quien no quisiera verla, avanzó del Museo de Antropología al Zócalo en la llamada marcha del silencio. “Avanzó” es un decir, porque la densidad humana abolía por tramos la idea misma de movimiento.
Ese día nadie sacó a pasear su civismo en abstracto. Veníamos del 7 de abril, cuando el PRI y el PAN —ya indistinguibles— consumaron en San Lázaro el desafuero de Andrés Manuel López Obrador, y con ello una maniobra tan transparente en su intención como hipócrita en su lenguaje: impedir que el principal dirigente opositor llegara a la boleta de 2006. Se habló entonces con fervor de legalidad y de procedimiento porque la cobertura jurídica servía para volver presentable una exclusión política. La transición, tan pagada de sí misma, exhibía ahí uno de sus modales más finos y más constantes: cancelar por la vía legal lo que no podía derrotar limpiamente en el terreno político. El Estado de derecho era Estado de chueco.
Y luego vino el silencio, que no era tal, o no en el sentido beatífico del término. No callaban las cartulinas que reactivaban la tradición del humor como arma de precisión popular. No callaban los monigotes de papel maché, ni el caballo de Troya hecho con huacales, ni las rechiflas a Porfirio y Cuauhtémoc, ni la estampa de Andrés Manuel atorado entre el gentío antes siquiera de alcanzar la descubierta. No callaba la ciudad, obligada por unas horas a reconocerse en la lógica de la multitud que se sabe agraviada y, por lo mismo, ya no aceptaba ser traducida por el lenguaje político en uso: el del cálculo electoral, el del destape, el de las tropas movilizadas por un caudillo. Los gestos, los cuerpos y los objetos daban al silencio una materialidad difícil de ignorar.
La fuerza de esa jornada residió, más allá de su magnitud (en sí misma un argumento), en que le quitó al conflicto la retórica sobrante y dejó visible su hueso político. Se quería presentar el desafuero como trámite; la marcha lo devolvió a su condición de facción. Se invocaban instituciones; la calle veía privilegios blindando sus fronteras. Se hablaba de legalidad; la multitud leía que se intentaba impedir una candidatura. El silencio funcionó, así, como una forma superior de acusación.
Ya para el 27 de abril, ante una correlación de fuerzas que le había estallado en la cara, Fox retrocedió parcialmente y se vio obligado a prometer respeto a las aspiraciones de quienes quisieran contender en 2006. Lejos de una súbita conversión democrática, aquello fue un repliegue táctico. Después, la voluntad de exclusión reaparecería bajo la forma ya conocida del fraude.
En la superficie, la marcha del silencio fue la respuesta multitudinaria a la convocatoria de un dirigente acosado. Pero esa escena contenía algo que se resiste a la conmemoración fácil: la movilización popular ya rebasaba a los partidos existentes e iba sedimentando una socialización política hecha de reuniones vecinales, difusión cara a cara y trabajo paciente de conciencia. Lo que ahí se perfilaba erauna multitud que encontró en aquel liderazgo su forma, y un liderazgo que encontró en esa multitud su sustancia. Fue, en ese sentido, uno de los momentos clave en la articulación de la base social y política del obradorismo. La protesta contra una arbitrariedad estatal empezó a volverse memoria organizada, cauce político y estructura duradera.
Finalmente, el aniversario vale como ocasión para preguntarnos qué de aquella política —la del cuerpo, la paciencia terca, la disciplina popular— sigue disponible cuando el proceso ha pasado de la calle a la institución, y qué se extravía si esa memoria se vuelve supuesto, rutina u origen satisfecho.