Por Beatriz Martínez
Este 7 de abril, en La Mañanera del Pueblo, la presidenta Claudia Sheinbaum y el gabinete de salud anunciaron la creación del Servicio Universal de Salud: un marco para el intercambio de servicios entre instituciones públicas que busca abrir el acceso sin importar la afiliación de las personas. La política plantea articular instituciones como el IMSS, el ISSSTE y el IMSS-Bienestar, a partir de una implementación gradual, que incluye la credencialización de la población y el desarrollo de herramientas como el expediente clínico electrónico. Y aunque el intercambio de servicios no equivale, por sí mismo, a la transición hacia un sistema universal, sí representa un avance en esa dirección en el largo plazo.
Para las personas, esto significa disminuir barreras de acceso, como el tiempo de traslado y de espera. Si se implementa adecuadamente, incluso podría competir con el creciente uso de consultorios de farmacia, que en los últimos años han respondido a necesidades no cubiertas por el sistema público, pero con el gasto de bolsillo y la baja calidad que ello implica.
En una columna anterior hablaba sobre la relevancia de esta estrategia, considerando que el sistema de salud mexicano ha operado de manera fragmentada, con efectos indeseados en el acceso y la coordinación de los servicios. También recordaba que este problema se ha intentado abordar antes, con resultados limitados. La conclusión entonces fue clara: este es probablemente el esfuerzo más formal que se ha hecho para la coordinación del sistema de salud, pero su éxito depende de que se cumplan ciertas condiciones estructurales. ¹
En este contexto, surgen preguntas importantes: ¿existen ya las condiciones necesarias para sostener el intercambio?, ¿están las instituciones preparadas para responder a una mayor demanda sin afectar la calidad de la atención?, ¿qué retos se enfrentarían para implementar el intercambio? Estas preguntas no desestiman la estrategia, pero sí dirigen la atención hacia las condiciones necesarias para su implementación desde las primeras etapas. Echemos un vistazo a los avances y a los retos que tendrían que resolverse.
Empezando por lo que se tiene a favor, el momento actual parece configurar una coyuntura política poco común: las principales instituciones públicas de salud del junto con las secretarías de Bienestar y de Salud, se muestran alineadas en un mismo propósito. A esto se suman las modificaciones a la Ley General de Salud y la publicación del decreto para la creación del Servicio Universal de Salud, que sientan las bases normativas para el intercambio de servicios y para el desarrollo de la infraestructura física y digital necesaria para su operación.
Además, esta reorganización se inserta en un contexto más amplio de políticas orientadas al fortalecimiento del sistema de salud, como la regulación de alimentos ultraprocesados , la implementación de protocolos de atención estandarizados para enfermedades prioritarias y los cambios en los esquemas de compra y abasto de medicamentos.
Estos avances no son menores. Sin embargo, todavía hay retos importantes que deben atenderse para que este esquema se traduzca en acceso efectivo. Un asunto primordial es la implementación de un expediente clínico electrónico interoperable para que el personal de salud pueda acceder al historial y dar continuidad a la atención; lograr implementarlo a la vez que se protegen los datos personales y la información sensible implica un desafío considerable en un país de más de 130 millones de habitantes, con desigualdades técnicas y financieras entre las instituciones y entre los estados.
Por otro lado, las instituciones siguen operando con catálogos de servicios distintos, por lo que será necesario avanzar en su homologación, pero con el gasto de bolsillo y baja calidad para garantizar acceso bajo condiciones equivalentes.
A lo anterior se suma un elemento central: la capacidad real de los servicios para responder a las variaciones en la demanda, garantizar tiempos de atención razonables y asegurar la disponibilidad de insumos. Eso sin tomar en cuenta que hay un número pequeño de estados que decidieron no participar en este proyecto.
Finalmente, el impacto de este modelo dependerá de que las personas conozcan sus derechos y puedan ejercerlos, y de que el personal de salud tenga claridad sobre cómo operar el intercambio. Sin una implementación informada, existe el riesgo de que los servicios se nieguen en la práctica o no se soliciten, aun cuando estén respaldados normativamente.
Así, los retos se resumen en dos cosas importantísimas: asegurar la capacidad de respuesta del sistema y prevenir que se perpetúen inequidades preexistentes.
Ante estos retos, me parece acertada la decisión del gobierno de implementar paralelamente estrategias de fortalecimiento técnico y operativo de las instituciones: abasto de medicamentos, contratación de personal, generación de normativa, entre otras, así como ir aplicando el intercambio de manera gradual, comenzando por servicios como urgencias e infartos y avanzando progresivamente hacia la atención de condiciones crónicas, para permitir una transición ordenada hacia la universalidad.
Esta política no surge de manera aislada. Se inscribe en un proceso más amplio de reconfiguración del sistema de salud mexicano que ha tomado forma desde 2019, con el objetivo de recuperar y fortalecer el sistema público, ampliar el acceso a los servicios, priorizar la atención preventiva y avanzar en la garantía del derecho a la salud para todas las personas. En este sentido, el Servicio Universal de Salud puede entenderse como parte de una estrategia de mayor alcance que busca corregir rezagos acumulados y sentar las bases de un modelo más integrado. Más que una intervención puntual, se trata de un paso dentro de un proceso continuo de transformación.
En ese marco, esta es una oportunidad para avanzar hacia un sistema de salud más eficiente y justo, que responda a las necesidades de las personas. Después de décadas de rezagos en el sector público, el sistema requiere inversión y fortalecimiento, pero eso no debe ser motivo para abandonar los esfuerzos de integración. Al contrario, debe ser el punto de partida para avanzar de manera gradual, haciendo los ajustes necesarios para construir, paso a paso, un sistema de salud que no solo se plantee en el discurso, sino que realmente funcione para las personas.
(1)https://sentidocomunmx.com/2026/03/10/rumbo-a-un-sistema-universal-de-salud-cada-paso-cuenta/país,