Por Sara Hidalgo
El sábado 7 de marzo tuvo lugar la primera cumbre del Escudo de las Américas, una nueva organización convocada por Donald Trump para “erradicar los cárteles criminales que plagan” la región. El evento, celebrado en el club de golf privado de Trump a las afueras de Miami, es un esfuerzo por dar forma institucional al nuevo estilo de coordinación regional militarizada que el presidente estadounidense ha implementado en su segunda presidencia.
La visión de Trump para el hemisferio quedó clara desde los primeros días de su nuevo mandato, cuando decidió renombrar el Golfo de México como Golfo de América, anunció su deseo de adquirir Groenlandia, planteó la posibilidad de retomar el control del Canal de Panamá y designó a los cárteles mexicanos como organizaciones terroristas, allanando el camino para una posible intervención militar. Esta visión quedó establecida en un documento oficial de noviembre de 2025, que, en nombre de la seguridad nacional, revivía la Doctrina Monroe para reafirmar la posición dominante de Estados Unidos en el continente.
Es en este contexto en el que debe entenderse la creación del Escudo de las Américas. La cumbre no buscó, en ningún momento, generar un consenso hemisférico amplio; ni siquiera fomentó un diálogo entre los jefes de Estado invitados, aun cuando la mayoría de los países presentes fueron aquellos con gobiernos de derecha e ideológicamente afines (los países de la región gobernados por partidos de izquierda —México, Brasil, Colombia y, por supuesto, Cuba— no estuvieron presentes).
El espectáculo del sábado fue más bien uno de un patrón con sus subordinados, a quienes el presidente Trump no dudó en ridiculizar. Después de referirse al presidente de Argentina, Javier Milei, como un gran amigo, aprovechó para mencionar que su partido iba perdiendo y que ganó las últimas elecciones solo gracias al respaldo público que él le dio. Al presentar al presidente de Panamá, José Raúl Mulino, no dejó pasar la oportunidad de reiterar su interés rapaz en el canal. Y al presentar a la jefa de gobierno de Trinidad y Tobago, Kamla Persad-Bissessar, notó burlonamente el parecido de su nombre con el de Kamala Harris, su excontrincante por la presidencia. Estas burlas funcionan precisamente como recordatorio de la posición subordinada de estos gobiernos frente a Estados Unidos.
Más allá de los gestos teatrales de la cumbre, el Escudo de las Américas apunta hacia una transformación importante en el orden regional. Bajo la cruzada de la lucha contra el crimen organizado, la iniciativa busca consolidar una arquitectura hemisférica centrada en la seguridad y en la cooperación militar entre gobiernos políticamente alineados con Washington. De esta manera, la afinidad ideológica que subrayé anteriormente no es un detalle menor: es lo que hace posible aceptar la militarización como estrategia bajo una lógica de subordinación a la gran potencia hegemónica.
En este nuevo esquema, el papel de Marco Rubio como secretario de Estado será sin duda central. Hijo de exiliados cubanos, opositor acérrimo al régimen socialista de la isla y capaz de entender el idioma y—hasta cierto punto—el contexto cultural de la región, no es difícil imaginar que muchos de estos gobiernos vean a Rubio como uno de los suyos, y como alguien en posición de encabezar una gran alianza ideológico-militar bajo el liderazgo de Estados Unidos. El Escudo de las Américas anuncia el primer paso en esa dirección.