Vivir un poquito mejor

Columnas Plebeyas

En el ensamblaje de quiénes somos, nuestros hábitos suelen ser un componente básico no sólo para nosotros sino también para los demás: no se puede ser honesto si, de hecho, nuestras acciones y declaraciones no hablan constantemente de un compromiso con la verdad, por ejemplo. Entonces, ¿qué dice de nosotros que tengamos por hábito el colocarnos por encima de los demás al hablar, al pensar, al actuar? ¿Qué podemos reflexionar sobre esta constante verticalidad y declinación avasalladora?

Podemos, como punto de partida, escuchar lo que se nos dice. Parece obvio, pero al mismo tiempo no lo ha sido tanto para nosotros. Tan es así que se nos sigue hablando incesantemente. Se nos insiste con la palabra como quien se dirige a un terco a quien se le quiere mucho; tanto, que vale la pena seguirle hablando a pesar del enojo que justificadamente viene con la tozudez. Propongo, por tanto, sustituir todo eso con calma y escuchar. Quizá en ese sencillo acto (que a veces tiene más de omisión que de acto; deliberada omisión como lo es el guardar silencio) empecemos a ver lo que quieren que veamos; a sentir lo que quieren que sintamos. Quizá se calme por un breve instante el incesante aullido de la locomotora delirante que vive en nuestras cabezas (al menos yo la oigo todo el tiempo) y en el silencio podamos recordar, serenos, que no todo es táctica, que no todo es laurel de victorias y que los sepulcros de honor requieren más que fuerza bruta para sernos propios. 

En ese silencio tan incómodo para quienes nos acostumbramos al estruendo de nuestra propia voz podremos pensar angustiosa pero decididamente: ¿qué personas queremos ser? ¿Qué hábitos queremos que impriman el sello de nuestra vigente impermanencia? Algunos esbozos: Quiero que nuestros actos fomenten que a ningún niño o niña le falten letras. Quiero también que nuestros brazos sean conocidos por brindar sosiego en un mundo ya de por sí maldito. Quisiera, ya entrados en sueños, que esos mismos brazos supieran curar heridas, calmar el hambre, cultivar mangos, sembrar agua y sombras y, como dice Joan Manuel Serrat, leer el cielo y cocer el pan. Quiero que esos brazos estén presentes cuando otros, más pequeños, se estiren en su búsqueda. Ya con estar ahí para recibirlos y sujetarlos nuestro ensamblaje sería otro. Nuestra huella sería otra. Nuestra reputación una más digna, más humana. ¿Qué tan seriamente nos tomamos eso de ser humanistas? ¿Cómo es que, entonces, estamos tan cómodos inspirando miedo en las calles?

¿En qué o quiénes pensamos cuando decimos que la patria es primero? Pareciera que la idea de obligación y responsabilidad abstracta llena toda nuestra ética: pasar y hacer pasar mil horas a la gente en los centros de trabajo adquiere sentido patriótico con esta rara e histórica abstracción que no se dirige a nada, que no sosiega a nadie. No pretendo, por supuesto, vaciar las oficinas y drenar al Estado y demás organizaciones de su poder transformador, para nada. Pero la convocatoria es a transformar por cuarta vez la vida pública de México, no sólo a sus oficinas. ¿Puede pacificarse un país sin tiempo para cultivar la paz? ¿Podemos construir vínculos valiosos, comunidad, con quienes no conocemos ni podremos llegar a conocer por estar agotados o, peor aún, por estar dispuestos a usar el cansancio como razón suficiente para no lidiar con nadie?

No creo en las cursilerías de la política de afectos. Pasé por ahí y no encontré más que hipocresía y resentimiento (mentira: conservo algunos pocos buenos amigos y amigas, y muchas lecciones). Hoy creo en una política de la solidaridad que nos organice y nos permita, colectivamente, ser más que desierto: hacer lo que podamos para que todas y todos vivamos un poquito mejor.

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