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¿Sacar al diablo de las instituciones? ¡para devolver al pueblo lo robado!

“Tergiversa y satanizarás” fue el método aplicado a aquellos escasos minutos para perpetuar el miedo a la insurrección popular, asegurando el despojo y la necropolítica durante una docena de años.

Mandar obedeciendo

El 22 de mayo de 2022, quienes no tenemos los ojos cegados por el miedo pudimos apreciar una escena completamente inusual: un presidente se dignó a llegar por un casi inviable camino a la comunidad del Desemboque de los Seris, en Sonora. Desde 1975 no visitaba esa nación ningún jefe del ejecutivo federal (y mucho menos se atrevería a llegar por tierra a aquella localidad casi inaccesible). Si eso sorprende, lo inédito es una escena en la que el mandatario de todos los mexicanos, con papel y lápiz escolar (de esos amarillos que tienen una goma rosada en el extremo superior), tomó nota cuidadosa de los mandatos de boca de la regidora de la comunidad: la admirable luchadora social Gabriela Molina. Durante unos cinco minutos una mujer de la nación comcaac, ataviada con su traje y pintura facial tradicionales, le dictó al presidente de los Estados Unidos Mexicanos los justos reclamos para la vida digna de sus habitantes originarios. El dictado tuvo su efecto: de inmediato, y con respeto, Andrés Manuel López Obrador se comprometió con acciones concretas que, en ese mismo momento y en público, fue encargando a los distintos responsables que lo acompañaron. La regidora Gabriela Molina —a quien (en un proyecto de la Universidad Nacional Autónoma de México) pudimos entrevistar hace cinco años en un video al que (benjaminianamente) titulamos Ese huracán al que llamamos progreso— dejó claro que los tiempos de los seris difieren de los tiempos del capital y que para la cuestión de la regulación de la caza del borrego cimarrón aún no llegaba el momento para responder a la propuesta recibida. El presidente, hombre ajeno a la impaciencia del capital, obedeció en público. Los compromisos asumidos refieren a la primerísima necesidad de contar con agua potable (además de derecho humano fundamental, reclamo irrenunciable de una nación que cuida aguajes en el desierto a la vez que se defiende del embate minero), así como un camino de terracería de calidad que pueda unir, según sus necesidades, a esa comunidad con la de Punta Chueca, servicios de salud y de educación, entre otros, en fin: los deberes del Estado. El procedimiento para solventar las demandas se acordó en mesas de trabajo (que no de negociación, según me explicaron, porque se trata de atender “y no de regatear” la justicia del otro).

Por el diario supimos que a mediados de julio de 2023 volvieron a reunirse en Isla Tiburón (santuario de esperanzada biodiversidad, al que ojalá pronto se pueda quitar un cubo contranatura de cemento que, profanándolo, fuera implantado desde hace aproximadamente medio siglo por la Secretaría de Marina). Se presentó el camino de hecho terminado y varios encargos más encaminados a resolverse, algunos parcialmente resueltos (como, entre otros, el agua para beber y la unidad médica con quirófano).

Pero… ¿de dónde salieron los fondos para cumplir con los deberes del Estado? Hay un “gabinete social” que asigna el dinero recuperado a través del órgano que lleva el nombre más desenfadado y justo que haya tenido una institución: el Instituto para Devolver al Pueblo lo Robado. Así, este equipo informa el uso de 52.5 millones de pesos para terracería y drenaje.

Vade retro: en torno al diablo en las instituciones

Baste el ejemplo citado para hacer memoria de otro video mucho más visto y maliciosamente interpretado, cuando, tras la legalización del fraude del 2006, López Obrador mandó “al diablo” a sus instituciones. “Tergiversa y satanizarás” fue el método aplicado a aquellos escasos minutos para perpetuar el miedo a la insurrección popular, asegurando el despojo y la necropolítica durante una docena de años. En la recta final del sexenio conducido por el líder de un movimiento social, hoy podemos deducir varias características que atañen a las “endiabladas” instituciones y sus metáforas:

a- El “diablo” bien podría ser una metáfora de aquella prepotencia que campeaba (y todavía lo hace) en tantas instituciones (aunque en algunas la justicia empieza a ganar terreno).
b- El tan satanizado presidente fue capaz de crear instituciones del tipo “vade retro” (como, por ejemplo, los mencionados gabinete social y el Instituto para Devolver al Pueblo lo Robado).
c- Mandar obedeciendo (como vimos en la primera parte) es el conjuro para exorcizar las instancias del Estado.

En el contexto de la “sacrosanta laicidad” que engendró las instituciones, hay tabúes. En marzo de 2020, durante los primeros tiempos de la pandemia de covid-19, el presidente de México mostró ante las cámaras un amuleto llamado “Detente”. Escándalo. Inmediatamente los medios acusaron “¡populismo!”. Sin embargo, lo que no pudieron entender es que muchos mexicanos recibieron ese símbolo con gratitud. Desde la justicia del otro, aquel temido populismo se traduce como popularidad, esto es, comprensión del lenguaje de los ninguneados. Si el populismo se infiere desde una mirada desconfiada, la popularidad se demuestra en la confianza. (Digresión: sería interesante hacer un estudio comparativo del contenido de las carteras de los sucesivos presidentes de la nación… Sabemos que López Obrador guarda objetos con valor afectivo que le regalan en sus recorridos personas del pueblo que quieren protegerlo: un detente, un billete de dos dólares, un trébol…) ¿Qué habrán guardado en sus billeteras Enrique Peña Nieto, Felipe Calderón, Vicente Fox, Ernesto Zedillo, Carlos Salinas…? ¿Quién les “regalaba” qué?

Pero volvamos al escandaloso “diablo”: la sabiduría popular lo señala en muchos lugares. En el sur del continente, a propósito de la minería, le dedicaron una payada; en México está incrustado en las profundidades de muchas instituciones, provocando la confusión entre autonomía y opacidad autárquica, y cerrando la puerta en las narices de quienes, con sus impuestos, las mantienen. En algunas, según narran los que se han dado a la tarea de sanearlas, hay un complejísimo inframundo.

“¡Al diablo con sus instituciones!”: diecisiete años después, para lograr una verdadera transformación (la revolución de conciencias o la cuarta transformación) el foco está puesto en una corrupción tan arraigada que no basta con limpiar “como se barren las escaleras”… Para extirparla será preciso profundizar lo que apenas inició en este sexenio. Esto es, potenciar el conjuro de mandar obedeciendo. Pero para ello es preciso cambiar la forma de aproximarse a la Ley.

Ante las puertas de la Ley

En el capítulo nueve de la novela El Proceso, Franz Kafka narra una historia escalofriante: un campesino se presenta ante las puertas de la Ley, está apostado allí un guardia enorme que le impide la entrada, pero se ve un resplandor por el que se vislumbra aquello que está del otro lado. Como sabemos, el campesino pasa su vida sin poder entrar y, antes de morir, inquiere al guardián por qué, en todos los años transcurridos, nadie más se presentó para ingresar en el anhelado recinto. El guardián responde que esa puerta estaba asignada sólo a él… y que en ese momento se cerraría definitivamente.

A propósito del diablo en las instituciones, desde 2006 imagino la torva mirada del portero a la luz de este relato. Desde entonces, no es uno, sino millones de campesinos, los que se obstinan en esperar, confiando en el resplandor de aquella puerta entreabierta de otra justicia. No le temen al guardián… les apena su innoble oficio. En 2018 se multiplicaron esos campesinos-sembradores-de-vida: cultivadores de múltiples formas de la confianza (la más dolorosa es la de quienes no dejan de remover la tierra buscando a los hijos de México…). Son cada vez más y tejen lazos porque saben que, del lado de adentro, habrá quienes venzan el miedo, uniéndose a su esfuerzo para abrir de par en par aquellas puertas entornadas. Combinan, de manera excelsa, el ejercicio de la paciencia con una inquebrantable insumisión.

Hubo cambios sustantivos, como el ejemplo que vimos al inicio, porque hay un presidente que va a las comunidades con lápiz y papel para que le dicten, porque funcionan instituciones vade retro… Pero hay aún varias instituciones clave que corresponden al cuadro kafkiano. Sus puertas siguen arrimadas, los “campesinos” se potencian en la antesala y su confianza va animando a muchos que, del otro lado, están hartos de reproducir la prepotencia allí adentro padecida. Las puertas (las de la Ley, las de los cuarteles y de tantas instituciones…) aún no se abren, pero algo se mueve, dejando al descubierto que los empeñados en cerrarlas son minoría. El proceso es largo, pues el daño heredado es mayúsculo, añejo, y la corrosión hace crujir la estructura. El dolor se acrecienta y, con justicia, claman las víctimas que no es suficiente… Pasaron cinco años y la dignidad aún no se hace costumbre. Pero las dignas costumbres —aun en tiempos de emergencia— exigen paciencia y, sobre todo, confianza en esta otra forma de mandar obedeciendo.

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