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De lo que se trata

Durante tres décadas se habló de una transición a la democracia en México. Tras el fraude electoral de Carlos Salinas de Gortari en 1989, lo que se implantó fue un acuerdo entre el Partido Único y la derecha de Acción Nacional para turnarse en la presidencia y las gubernaturas de los estados. En el sexenio de Salinas, 17 estados de la República tuvieron autoridades designadas por el Presidente sin pasar por las urnas. La intelectualidad académica llamó a ese arreglo “cohabitación”, tratando, aunque fuera con las palabras, de emular a Francia. Pero lo que sucedió después no guarda relación alguna con la democracia: los órganos electorales se pusieron al servicio de las cuotas entre ambos partidos; éstos se financiaron en grandes cantidades de dinero público; y los representantes lo eran de las burocracias partidarias y no de los ciudadanos.

Desde los púlpitos académicos se decía que era una democracia “sin adjetivos”, cuando le ajustaban a la perfección varios: corrupta, fraudulenta, y secuestrada.

En 2018, la aparición de un sufragio plebeyo trastocó esas coordenadas. Antiguas demandas de participación ciudadana, como la consulta, el plebiscito, la revocación de mandato, la iniciativa ciudadana tuvieron por primera vez viabilidad política. La hora de las urnas es un cambio de dirección que debe ser profundizado: de las burocracias de los partidos, con su cauda de “expertos”, y abogados electorales hacia los ciudadanos, sus demandas, y mandatos.

En este número ofrecemos tres ángulos de la misma hora: un balance de la revocación de mandato, una síntesis de la propuesta de nueva reforma política entregada al Congreso, y una perspectiva desde donde se ejerce la democracia participativa, los municipios.
Es una invitación a pensar fuera de la hueca consigna de “defender al INE”, para que esa hora de las urnas se convierta en toda una era.

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