Refundar la república

Columnas Plebeyas

En una mañanera de finales de enero de este 2024, Andrés Manuel López Obrador hizo una autocrítica con respecto a la adquisición de la refinería de Deer Park, Houston, concretada dos años antes. No en el sentido de que lamentara haberla comprado, al contrario: se arrepintió de no haber conseguido dos más de las diez que estaban en venta en aquel entonces.

La reflexión fue interesante, ya que ilustró el otro lado de la moneda de nuestro miedo más común: el de “pasarnos” en algo, de excedernos. Y claro, este riesgo está siempre ahí. Pero también —y por ahí iba el presidente— existe un riesgo equivalente al espejo: el de no hacer lo suficiente cuando la oportunidad se presenta, quedarse corto. Cómo evitar caer en uno u otro de esos baches contrastados es el fino arte de la política… y de la vida.

Una de estas oportunidades se presentó en grande este 2 de junio, cuando los mexicanos votaron de manera abrumadora por Claudia Sheinbaum y el segundo piso de la llamada cuarta transformación. Desafiando encuestas y expectativas, los medios y las maulerías, los votantes otorgaron una ventaja de 32 puntos al Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) y a sus aliados, amén de entregarle la mayoría calificada en la Cámara de Diputados, y por un pelo también en el Senado. El movimiento se llevó por lo menos siete de los nueve estados en disputa, en tres de ellos barriendo con todos los municipios. Fue, por donde se quiera ver, una avalancha política. Y además, un mandato para realizar fundamentales cambios de fondo. En otras palabras, un llamado a refundar la república.

Para pensar así en grande, primero tenemos que deshacernos, de una vez por todas, de la inducida pasividad de treinta años de neoliberalismo y su constante advertencia de que no se puede hacer más que cambios cosméticos a las injusticias estructurales del mercado. Y ojo: esto no significa nada más arrojar dinero a los problemas. Aunque el dinero será necesario, lo que hace falta de antemano es una visión de una sociedad más participativa y equitativa que luego se pueda ir aplicando a todos los sectores. 

En la reforma judicial, por ejemplo, no sólo se busca remover jueces corruptos a nivel individual, sino crear un sistema que vele por el bien común, en lugar de socavar la democracia al servicio de un puñado de oligarcas (precisamente, por cierto, lo que está pasando ahorita en Estados Unidos, sin que nadie sea capaz de hacer nada al respecto). En energía, vincular la transición energética con la soberanía en el ámbito, rechazando de paso el tramposo discurso de lavado verde de las multinacionales. En vivienda, construir unidades públicas que también sean bellas, costeables y bien ubicadas. Igual en educación y salud, enfocándose no sólo en nuevas construcciones, sino en cómo se aprende y cómo se cura. En urbanística, priorizar los espacios verdes, recreativos y culturales, la provisión local de servicios y productos, y una reducción en la dependencia del automóvil. En transporte, crear una red articulada que rompa monopolios regionales y logre unir ciudades con pueblos. En cultura, ver más allá de los fastuosos eventos espectaculares para facilitar el acceso, el tiempo y la participación a toda la población desde donde vive. En alimentación, no sólo rechazar el maíz transgénico y el glifosato, sino también fomentar una alimentación sana ante la embestida de comida procesada y alta en azúcares. En política, hacer reales los mecanismos de democracia directa, que siguen siendo demasiado restrictivos. Y así en tantas otras áreas donde el “boicot legislativo” de la derecha en años recientes ni siquiera habría permitido una amplia discusión al respecto.  

¿Habrá que llegar a acuerdos y fijar prioridades? Sin duda. ¿Habrá resistencias? También. Pero el momento es propicio. Y con un Estados Unidos sobreextendido en Europa, Medio Oriente y el Pacífico, es además tiempo de explorar las nuevas posibilidades brindadas por la multipolaridad y las agrupaciones que se van formando fuera de las viejas fórmulas coloniales. Una tarea, en suma, nada despreciable que requerirá una buena combinación de pragmatismo y audacia. La misma audacia que mostró el pueblo el 2 de junio en las urnas.     

Compartir:
Cerrar