Paternidades en México

Columnas Plebeyas

Vivimos en un mundo con lógicas patriarcales y México es un país con un alto nivel de machismo, lo que tiene como consecuencia convivir diariamente con múltiples tipos de violencias en ese sentido. Los mecanismos para la socialización de los estereotipos de género que colocan a las mujeres principalmente en posiciones de desigualdad injusta siguen muy arraigados y dentro de este esquema machista parecen funcionar muy bien. 

Desde las ciencias sociales, instituciones, organizaciones o colectivas feministas nos hemos detenido muy poco a hablar o analizar la construcción del ethos paterno, evidentemente atravesado por la cultura machista. 

Parecería que en México no existen mecanismos sociales y mucho menos institucionales para configurar el deber ser en la paternidad; esto se nota en el alto abandono familiar, gran número de deudores alimentarios, poca incidencia en acciones de cuidados, resistencia para compartir tareas del hogar, priorización de intereses, formas violentas de ejercer la paternidad cuando se ejerce, poca presencia en la educación y crianza de los y las hijas. 

En cambio, las mujeres desde pequeñas viven una presión constante para convertirse en madres, un entrenamiento sistemático para ser “buenas” y condiciones sistémicas para obligarlas a ejercer la maternidad, además de sanciones sociales claras y constantes en caso de incumplimiento. A los hombres, por el contrario, desde que son pequeños se les entrena para accionar en el espacio público, se les reconocen sus derechos, sus cualidades, se consideran sus deseos y se les dota de mayor autoestima. No se les entrena en temas de cuidado, incluso ni para ellos mismos, mucho menos a pensar en otredades, a encargarse de la cohesión familiar, y la sociedad muchas veces los exime de la responsabilidad de sus acciones. Dentro de este esquema de estereotipos de género, el ejercicio responsable de la paternidad no es una actividad primordial en la vida de un hombre ni en la construcción de la sociedad. En el imaginario colectivo se comparte la idea de que los hombres no saben o no pueden realizar las tareas del hogar, limitando su rol a la provisión. Por lo tanto, estas tareas se delegan principalmente en las mujeres, generando este estado injusto de desigualdad en el que nos encontramos.

Para ejemplificar la desigualdad entre la paternidad y la maternidad podemos ver que los hogares liderados solamente por mujeres representan el 33 por ciento del total, a diferencia de los padres solteros, quienes constituyen apenas el 0.5 por ciento. También observamos que, a nivel nacional, en siete de cada 10 separaciones, los padres incumplen con pensiones alimenticias. Es por ello que acaba de entrar en vigor el Registro Nacional de Obligaciones Alimentarias, ya que solicitar y recibir pensión alimenticia aún sigue siendo mal visto en algunos sectores, incluso, evadir esa responsabilidad o cumplirla de manera deficiente es una práctica frecuente aceptada socialmente entre muchos varones. 

Los mecanismos sociales de sanción son mínimos cuando los hombres no ejercen la paternidad, cuando no cuidan, cuando son deudores alimentarios o no otorgan lo necesario para la crianza. Las pocas sanciones sociales son insuficientes, los ajustes legales para el cumplimiento de responsabilidades apenas se están consolidando y construyendo, así que ver mejoras en este tema aún nos va a llevar un tiempo. 

Necesitamos construir un nuevo ethos paterno, que permita elegir la paternidad desde la conciencia, que rechace la desigualdad injusta, se comprometa con las tareas de cuidado, con las labores del hogar en general, con ofrecer tiempo de calidad y ejercer la paternidad con responsabilidad. 

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