Nearshoring mexicano: las posibilidades de despegue

Columnas Plebeyas

Así como la revolución industrial del siglo XIX permitió el crecimiento exponencial de la capacidad productiva de las fábricas, la revolución en telecomunicaciones, ya en el siglo XXI, ha permitido que las empresas trasnacionales puedan fragmentar y dispersar sus procesos productivos a lo largo y ancho del mundo, asegurando con ello una disminución de costos, ya sea por mano de obra barata o legislaciones laxas. 

Este fenómeno, instrumento esencial de la globalización norteamericana, es conocido como el offshoring (producción en el extranjero, hacia afuera). Desde entonces se desataron por el mundo fuertes corrientes de inversión extranjera directa (IED) y no fueron pocos los países que se esforzaron, a toda costa, por atraer estos ríos, con la esperanza de que detonaran el crecimiento de sus economías. 

Sin embargo, tal proceso implicó dos reacciones secundarias: 1) la IED no permitió la integración de cadenas intermedias al interior de los países; al contrario, el neoliberalismo provocó su desintegración, y 2) China pasó de ser una receptora pasiva de inversión para dar el salto cualitativo, al grado de convertirse en un nuevo polo retador de la hegemonía dominante. Es decir, la relocalización es resultado de una nueva guerra fría, pero ahora librada frente a los BRICS (Brasil, Rusia, China, la India y Sudáfrica). 

Como se puede imaginar, esto mostró la necesidad de rediseñar las cadenas de valor mundial, ya no sólo bajo el espíritu de abatir costos, sino de asegurar que la oferta de componentes para la producción se encuentre segura y estable. Este principio estratégico es lo que da cuerpo al concepto de nearshoring. Ya no se trata sólo de la producción en el extranjero, sino especialmente de una zona regional próxima, de influencia geopolítica favorable, con macroeconomía estable, oferta energética, con fuerza de trabajo disponible e infraestructura creciente. Estas son características, todas, pertenecientes a la nueva economía mexicana. 

Es verdad que nuestro mercado interno es también un mercado regional que ha vivido un proceso largo y tortuoso de integración, desde aquel lejano 1994 con la entrada en vigor agresiva del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), hasta el cambio de visión, ahora soberana, que logró impulsar nuestro presidente con el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). El punto es que podemos decir que existe, como resultado, una alta integración de nuestro país al polo industrial de América del Norte, por lo que México se convierte en destino natural frente a la relocalización geopolítica en curso.

Es necesario, por supuesto, advertir que lo aquí enunciado representa las condiciones primigenias de la potencia futura, pero para ello es necesario profundizar en la noción de lo que significa una nueva política industrial posneoliberal, ahora definida en favor de la soberanía económica.

En suma, el nearshoring mexicano, que habrá de dar paso al llamado mexican moment, significa una serie de condiciones con viento a favor para posibilitar el despegue de nuestra economía, convirtiéndonos en un país de crecimiento y desarrollo sostenido, pero eso sí, siempre y cuando nos mantengamos bajo la visión social. 

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