La importancia de llamarse audaces

Columnas Plebeyas

En una conferencia mañanera de enero de 2023, Andrés Manuel López Obrador habló sobre la exitosa compra de la refinería de Deer Park, en Houston, lamentando a la vez no haber adquirido más. “Imagínense, compramos en 600 millones de dólares y se pagó en un año”, dijo el presidente de México. “Para haberlo sabido, porque estaban en venta como diez, hubiésemos comprado tres, pero los expertos, que fallaron completamente, porque estaban adelantando los tiempos, ya hablando de que no se iba a usar el petróleo, que todo iba a ser eléctrico. Claro que eso es lo que deseamos todos, pero lleva tiempo”.

La reflexión fue reveladora: por un lado, el impulso de tomar una medida más atrevida; por el otro, la frustración de dejarse frenar por los “expertos”.

Imagino que algo parecido habría pasado con el tema de la venta de Banamex. Cuando Citigroup anunció que vendería el banco mexicano, en 2022, López Obrador, sin esconder su interés, dio a entender que era demasiado tarde en su gobierno para hacerse cargo de un proyecto tan grande. Pero cuando la tentativa de compra de Germán Larrea fracasó, en mayo, el mandatario cambió de discurso: “necesitamos un banco y esta es una oportunidad”, apuntó ese mismo día. En ese lapso, pensando quizá en el asunto de las refinerías, habrá redimensionado lo posible. 

Durante la larga noche neoliberal se nos inculcó la idea de que el Estado, con excepción de un puñado de funciones cuidadosa e interesadamente delimitadas, era una gran masa inútil. No había que esperar, o soñar, demasiado porque el sector público siempre te iba a decepcionar. Es más, cualquier tentativa de realizar grandes proyectos o coordinar los sectores productivos de la economía conduciría inevitablemente al endeudamiento, la fuga de capitales, la devaluación, la hiperinflación, o todas al mismo tiempo. ¿Quién eres tú para desafiar al dios globalizador? Toma tu préstamo del Fondo Monetario Internacional (FMI) y arrodíllate ante Zod.

Pero algo pasó camino al precipicio: el Estado construyó una refinería, además de trenes, calles y un aeropuerto. Compró otra, además de trece plantas de Iberdrola. Creó una serie de programas sociales. Nacionalizó el litio. Y, con suma terquedad, el tan cacareado desastre se negó a producirse; al contrario, progresivamente y no sin tropiezos se está reclamando el derecho a la audacia.

Y es fundamental que la cuarta transformación no pierda esta audacia —ganada a duras penas— en caso de alcanzar un segundo periodo de gobierno. Por inverosímil que pudiera parecer en este momento de optimismo, la historia está llena de los restos de movimientos de cambio que se cansaron, se confiaron, caminaron sobre seguro, se coludieron, se corrompieron. Ni hay que ir muy lejos, ya que así se conformó la historia de México en el siglo pasado: la revolución se “institucionalizó” y los resultados de esa traición están a la vista de todos.

Existen momentos, sí, en que un movimiento tiene que atrincherarse y jugar a la defensiva. Este no es uno de ellos. La 4T está avanzando por el campo, ganando posiciones y moviendo sus piezas. Y hay mucho terreno por ganar: sanidad universal de cuna a tumba, vivienda digna, educación de calidad, guarderías, refugios, derechos de las mujeres y las comunidades indígenas, una política antidrogas basada en el tratamiento en lugar del castigo, como la aprobada por el gobierno de Lázaro Cárdenas, refuerzo a la ley minera recientemente aprobada, justicia ante los crímenes del pasado, mayor integración con América Latina, aprovechamiento de recursos naturales con respeto al medio ambiente, una transición energética justa y desde una óptica pública (y qué lujo contar con una candidata presidencial que es experta en el cambio climático), apoyo al movimiento sindical independiente, redistribución de la riqueza en un país que permanece apabullantemente desigual, agua, reformas al sistema bancario y las administadoras de fondos para el retiro (afores). Y más y más. Nada se logrará con medias tintas, diría alguien. No hay que olvidar, nunca, la importancia de llamarse audaces.  

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