Dolores de crecimiento y decrecimiento

Columnas Plebeyas

Trabajar —o, mejor dicho, producir— significa interactuar conscientemente con la naturaleza para satisfacer algún deseo. Aumentar la capacidad productiva de una sociedad significa aumentar su capacidad de satisfacer deseos, y aumentar su productividad significa hacerlo con menos trabajo.

Digamos que hoy la gente desea tener coche y quien ya tiene uno desea tener un modelo más reciente. Así, conforme la capacidad productiva aumenta, si hoy se producen cien coches, mañana se producirán mil y pasado mañana 10 mil. En las circunstancias actuales, el deseo de tener coche, como el deseo de contar con una cantidad ilimitada de carne de res, y otros por el estilo, están llevando a frustrar un deseo incluso más general y básico: el de vivir bien e incluso el de sobrevivir a una crisis climática. Además, el modo en que los coches, la carne y todo lo demás se produce bajo el capitalismo va enriqueciendo a unos cuantos a costa de la mayoría, ampliando cada ciclo de la brecha social. Por eso, es natural y entendible que se quiera detener el aumento de nuestra capacidad productiva e incluso revertirlo. Es lo que llaman decrecer.

Pero aquí hay una trampa conceptual. Históricamente, el progreso de la humanidad, es decir, el aumento de su capacidad productiva y de su productividad, no sólo ha traído consigo un aumento cuantitativo en el número de deseos que satisfacemos, sino también, y sobre todo, un cambio cualitativo en los deseos que satisfacemos. Así, el gran aumento de la productividad que marcó el inicio de la era industrial en Europa no consintió en multiplicar exponencialmente el número de carruajes, arados, carabelas, armaduras, espadas, potros de tortura, o cualquier otra maquina que se produjera antes (es graciosos imaginar a la industria moderna generando productos medievales por millones); modificó sobre todo las cosas que se producían: hizo obsoletos los deseos existentes y desarrolló deseos nuevos. Eso es el progreso.

No es difícil ver que actualmente se manipulan los deseos sociales para producir más coches y más hamburguesas de lo que sería racional. Pero cuidémonos de generalizar. Quien haya tenido un familiar enfermo de cáncer, sobre todo en un país subdesarrollado, sabe que las máquinas y las sustancias más modernas existen hoy en un número trágicamente insuficiente, y esa insuficiencia se traduce en sufrimiento: colas, tiempos de espera, trámites mezquinos con instituciones públicas o aseguradoras privadas, dolor físico, muertes innecesarias y prematuras. Quien esté luchando por un lugar en la quimioterapia difícilmente pensara que sobran productos industriales.

El problema de la industria moderna no es la escala en la que produce, sino lo que produce, así como el modo en que esa producción se distribuye en el mundo. Es tentador pensar que producimos ya demasiada energía cuando nos enteramos de la cantidad de megawatts que consume cada pregunta trivial que hacemos a la inteligencia artificial…, pero no si consideramos que en grandes regiones del mundo no hay luz para mantener refrigeradores con comida, medicamentos, etcétera, o para alimentar industrias que producen juguetes, casas, transporte público, etcétera. Sí: sobran camionetas privadas, pero faltan máquinas y sustancias médicas. Faltan computadoras en las escuelas rurales. Y para producirlas necesitamos una base industrial creciente. Visto desde ese ángulo, resulta claro que la meta no es producir menos, sino producir distinto, según criterios más racionales e igualitarios, un cambio cualitativo que requerirá un enorme aumento tecnológico y productivo, que no es compatible con un decrecimiento general. Racionalizar los fines y la distribución del proceso productivo también es interactuar conscientemente con la naturaleza para satisfacer deseos. Es decir, también es producir.

Imaginar que la industria futura producirá más y más camionetas privadas es como imaginar a la industria moderna producir más y más armaduras medievales. Claro que los dueños actuales del mundo no aceptaran ni decrecer ni crecer distinto por el sólo hecho de que sea racional: se necesitará que la humanidad organizada les arrebate el control de su propio proceso productivo.

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