Ante el dolor del mundo

Ensayos

(…) si te preguntan por el mundo

responde simplemente: alguien está muriendo.

Roberto Juarroz

Parece evidente que mientras existimos alguien muere. Tan evidente incluso que, por lo mismo, rara vez pensamos en ello. Es más, algunas creencias religiosas, supersticiones y ciertos dictámenes de la “salud mental” nos prohíben pensar y evocar la muerte. Toque madera, clamaban mis abuelos cuando oían que un conocido había muerto, sobre todo de forma violenta. Entonces el silencio imponía su ley de Omerta como una estela de nebulosa y cada quien desviaba la mirada o cambiaba el tema de conversación. Respeto, prudencia o incomodidad, los motivos varían según la ocasión.

Sin embargo, la dimensión política de la muerte añade una capa de complejidad al asunto. ¿Hasta qué punto callar es una muestra de indolencia? ¿Hasta qué punto la acción civil y las manifestaciones tienen un impacto sobre fenómenos de violencia sistémica como los conflictos armados o el feminicidio? El límite es difuso y poroso. Muchos creen, siguiendo al dramaturgo romano Publio Terencio, que “nada humano [les] es ajeno” y una militancia a distintos niveles permea sus días. Para otros, en cambio, la paz interior se fragua manteniendo una distancia entre ellos y el dolor del mundo. Desde luego ambas posturas dan cabida un abanico de posibilidades y matices: desde quienes reaccionan sólo si el dolor es cercano (nacional, local o familiar) hasta quienes alegan que en el mundo ya ocurren demasiadas tragedias como para andar buscando de cuál dolerse.

¿Dónde termina y dónde empieza la empatía ante la desgracia ajena? Hay casi tantas posturas al respecto como seres humanos. En todo caso, es innegable que la tecnología ha ampliado el alcance de nuestra empatía y el sufrimiento mundial está un par de clics de distancia: hoy es posible, como nunca antes, observar en vivo y en directo los vejámenes que acontecen en otros lugares del planeta.

Los hechos ocurridos entre la franja de Gaza e Israel desde el 7 de octubre de 2023 son abominables no sólo por las estadísticas (que al día de hoy superan las 11.100 muertes, entre ellas al menos 4100 menores de 18 años) sino por la inmediatez de las imágenes. Esto abre un nuevo dilema sobre nuestra posición ante el horror. Podemos imaginar, suponer o formarnos una idea de lo que sucede con testimonios de primera mano (y por razones de espacio dejo afuera de esta deriva la discusión en torno a las Fake News y la desinformación). Además hay una confusa mezcla de emociones que se suscita en nuestra mente a nivel consciente e inconsciente frente a dichas imágenes: vamos de la sorpresa al horror, pasando por la ira, la tristeza, la resignación e incluso el morbo.

¿Qué hacer frente a la sensación de que le estamos “fallando al mundo” sin caer en la apropiación de una tragedia que no se trata sólo de nosotrxs? ¿Basta protestar en las calles, compartir imágenes en redes sociales y firmar peticiones de change.org? ¿Cómo lidiar con el hondo abismo del horror y seguir con la vida?

***

En 2003 se publicó Ante el dolor de los otros, un ensayo de largo aliento en que Susan Sontag aborda la problemática de la representación de la guerra desde la pintura hasta el fotorreportaje en Occidente. Antes de ahondar en los pormenores, Sontag recuerda Tres Guineas, el famoso texto de Virginia Woolf que reacciona a la angustiosa pregunta de un amigo suyo, un abogado humanista: “¿Cómo hemos de impedir la guerra en su opinión?” La escritora inglesa reflexiona sobre el origen de los conflictos armados y en principio orienta la discusión hacia el género: “La guerra es un juego de hombres; la máquina de matar tiene sexo, y es masculino”[1]. Sin embargo, no tarda de identificar en su interlocutor a un par e ir más allá del origen patriarcal (que bien merecería largas reflexiones y actos) y se concentra en las fotografías que llegan desde España sobre la ofensiva fascista de 1938, en el público que las recibe, en su impacto y en la narrativa generalista y anónima que suelen construir.

Sontag repitió esas preguntas dos años después del atentado de las Torres Gemelas en Estados Unidos y su retaliación sobre Afganistán; hoy vale la pena volver a hacerlo. ¿A quién están dirigidas las imágenes de la guerra que circulan en noticieros, páginas de internet y redes sociales? ¿Quién es ese “nosotrxs”? ¿La Humanidad sin distinciones? ¿Un grupo de “gente buena” y “privilegiada”? ¿Las comunidades que apoyan a un bando y quieren reafirmar sus sesgos?

Hace un siglo, cuando las tecnologías de la imagen no habían llegado al grado de detalle e inmediatez del que gozan hoy, se creía que mostrar el horror de la guerra al desnudo sería una suerte de terapia de choque y le haría entender al mundo que las guerras son deplorables. Tristemente hoy sabemos que no. Eso no ha impedido que numerosos artistas sigan creando a partir de los despojos y ruinas que provoca la guerra, como es el caso de la escultora Anne Colleman quien fabricó máscaras para los soldados franceses que habían sido víctimas de malformaciones en sus rostros durante la Gran Guerra, o el del fotógrafo colombiano Jesús Abad Colorado que en su serie “El testigo: una exposición para la memoria” retrata la destrucción de más de treinta años de conflicto armado en Colombia desde la perspectiva del campesinado y la población civil que lo sufre.

A lo largo de su ensayo Susan Sontag reitera que la fotografía es el formato más eficaz para el recuerdo: “la memoria congela los cuadros; su unidad fundamental es la imagen individual. (…) las fotos son como una cita, una máxima, un proverbio”[2]. Así reconoció en las fotografías de guerra un antecedente capital en la composición cinematográfica de películas de Hollywood como Rescatando al soldado Ryan. Me pregunto qué pensaría de la transmisión en vivo del conflicto de mano de las propias víctimas y difundida a través de las redes sociales.

Es difícil afirmar que el arte cierra las heridas que abre la guerra, o que la militancia digital puede influir sobre una masacre. Pero tampoco es posible alegar lo contrario, sobre todo hoy: mientras escribo esto se anuncia un cese al fuego tras semanas de presión civil e incontables manifestaciones y muestras de solidaridad e indignación. La historia nos muestra que las protestas y el fuego de indignación que las enciende no sólo permiten conseguir y mantener derechos sociales y libertades individuales, además establecen una especie de veeduría, una supervisión comunitaria que pregona el mutuo cuidado.

Por eso, como pregonaba Stéphane Hessel, “el motivo precioso de cualquier resistencia es la indignación”, e indignarse ante el dolor ajeno difícilmente será el reflejo equivocado.


[1] SONTAG, Susan, Ante el dolor de los otros, versión digital disponible en: https://archive.org/details/pdfy-CESk-OjLA6TEbP_X/page/n41/mode/2up?view=theater .P. 8.

[2] SONTAG, Susan, Ante el dolor de los otros, versión digital disponible en: https://archive.org/details/pdfy-CESk-OjLA6TEbP_X/page/n41/mode/2up?view=theater . P. 21.

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