Anatomía de la paz

Ensayo literario

Paz no es el silencio de los fusiles.

Adagio colombiano

Cuando pensamos en la Paz a menudo evocamos imágenes prototípicas, e incluso cursis: una blanca paloma que vuela por los aires en una mañana soleada; un espacio amplio, iluminado y silencioso; un frondoso bosque donde se reúne gente de credos e ideologías opuestas que, tomados de las manos, forman un círculo de amor y fraternidad. Quizás estos paradigmas –que harían sonrojar a muchos hippies– nos vienen como reacción a su contrario, o sea la guerra. La paz es el reverso de la guerra, suponemos. Pero, ¿y si no fuera su antítesis sino una forma distinta de combate?

En el Bhagavad-gîta, acaso la más famosa escritura sacra de la poesía hinduista, el dios Krishna dialoga con el príncipe Arjuna y trata de convencerlo de acudir al campo de batalla, donde se despliega una “Dharma Yuddha” (recta lucha, o guerra justa)entre los hijos de los reyes Pandu y Kuru. Por más contradictoria o peligrosa que parezca la idea de “guerra justa”, se encuentra repetidamente en el acervo de antiguas civilizaciones que intentaron ahondar en el paradójico terreno de lo humano.

En el mundo árabe la “Jihad” es una guerra santa pero, a diferencia de lo que muestran los medios y pregonan ciertos fanáticos energúmenos desde sus estrados, se trata esencialmente de una lucha interna, de un debate espiritual. Por eso su traducción literal [yihād] al español es “esfuerzo”. Solo a través de un esfuerzo, de una pelea contra el mal que habita adentro de cada unx es posible alcanzar cierta paz según el credo musulmán.

Por su parte el idealismo platónico asocia lo bueno, lo bello y lo justo –tres formas de lo verdadero-. Eso que hoy llamamos paz tiene una cosa en común con estas nociones; la armonía, que es su atributo común e indispensable. La fábula de El Fedro lo explica mejor: el alma humana es como un carruaje alado que controla un auriga e impulsan dos caballos voladores –uno blanco, símbolo de los estímulos ideales y morales, y otro negro que representa los carnales e irracionales-. Del auriga, facción intelectual, depende manejar esas fuerzas distintas (y casi siempre, opuestas) para que el carruaje no se desboque y se mantenga en ruta hacia la verdad, su aspiración natural. Así pues, la paz desde esta óptica sería la armonía entre las distintas facultades del alma, la equidad de sus compartimientos, el balance de sus vectores. Una versión matemática y bipartita. Difícil también no advertir en esta alegoría dualista la mirada del psicoanálisis; una rápida lectura freudiana diría que el auriga es “el yo”, uno de los caballos “el super-yo”, y el otro “el ello”. Y que la paz es la sabia administración de las represiones pulsionales que transitan entre el ámbito individual y el común.

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De cualquier forma, la palabra “Paz” viene del latín antiguo y significa pacto. La Pax Romana, período de calma y prosperidad del Imperio,obedece a una serie de acuerdos que sellaron durante más de dos siglos los césares y los diferentes líderes galos, cántabros, astures y de otras proveniencias que amenazaran la estabilidad de Roma. La paz como negociación.

El historiador Tito Livio describe la capitulación de Cartago como un montón de barcos “cargados de lana blanca y ramas de olivo”. A su vez, Tácito alude a las banderas blancas que ondeaban los soldados vitellianos en señal de concilio tras la segunda batalla de Cremona. La paz como rendición.

El emblema de la blanca paloma sería instaurado en el imaginario colectivo siglos más tarde, en parte gracias a los carteles que pintó Picasso luego del armisticio de 1949, si bien su origen responde al relato bíblico del arca de Noé, quien envía una paloma para comprobar si después del cruento diluvio las aguas han empezado a bajar, hecho que comprueba cuando el animal regresa con una rama de olivo en el pico, pues ya brotan de los céspedes. La paz como tregua y diálogo.

Asimismo las etnias indígenas ejercían una poética de la pacificación; los nativos americanos (Iroqueses, Sioux) fumaban un calumet cargado con fuerte tabaco mapacho que conocemos como la pipa de la paz para disipar las diferencias entre los miembros de la tribu, pero sobre todo para concretar una aspiración al cielo que evoca la finitud de la vida humana y se materializa en el humo flotante de la pipa. La paz como cohesión social y trascendencia espiritual.

Cuenta una leyenda que cuando había una guerra inminente, los otomíes invitaban a los líderes enemigos al temazcal, su intenso ritual de purificación y desintoxicación de los cuerpos a través del sudor y los cantos. Si después de las trece puertas de calor el ímpetu de conflicto no se había evaporado, solo entonces se preparaban las armas y se batían en franca lid. La paz como tolerancia y catarsis.

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Sin embargo, la paz no solo es indisociable de la justicia (el equilibrio griego, ideal) sino también de la libertad. Nadie podría sentirse en paz si no es libre. El problema es, desde luego, ¿qué llamamos libertad? ¿Una libertad política, regida por la “libre elección” de marcar un voto, elegir un partido o abrazar una anarquía a pequeña escala? ¿O una libertad mercantil, la facultad de escoger un platillo en el restaurante, una compañía de telefonía celular o un producto en la página web de Amazon? ¿O acaso una libertad de expresión, de manifestar lo que pensamos aunque a nadie le importe en lo más mínimo?

Nuestras sociedades ofrecen y publicitan la libertad en todas sus formas. No obstante, la tiranía del consumo y la productividad nos empuja a comprar lo que no nos falta, a decir lo que no pensamos, y a poner nuestro ego en el centro de todas las miradas (como sucede en redes sociales, esas máquinas de sobre-exposición, vacío y selfies en cadena). Bajo esas condiciones, bajo esa opresión incesante (que, entre otras cosas, deformó y puso de moda la palabra “libertario”), la paz individual es imposible; somos esclavxs de nuestras propias libertades y de la mirada ajena. Incluso al elegir una actividad de ocio, un deporte o un hobby, la coerción social asoma sus colmillos. Nos basta un poco de “tiempo libre” para empezar a conspirar en cómo “matar el tiempo”. Relajar esa angustia es casi un arte, el arte de no hacer nada sin sentir la más mínima culpa por ello. En consecuencia, necesitamos liberarnos incluso de la libertad.

Quizás eso llevó a Henry D. Thoreau a afirmar que la inactividad es necesaria para la soberanía individual y la paz del espíritu. Crítico del afán de riqueza y la “fiebre del oro” del siglo XIX, sostenía que “el verdadero oro solo se halla excavando adentro de uno mismo”, y para eso hace falta una libertad moral, el pacífico devaneo que permite el contacto con uno mismo. Solo en tranquila contemplación se “aprende la canción de la paz y el contento”, declararía a propósito Stevenson en su célebre Apología al ocio.

En suma, debemos pactar con nuestros propios impulsos productivos para lograr cierta paz. “No hacer nada, pensar”, como sugiere el principio de rebeldía de Slavoj Zizek. Detener por leves momentos aunque sea la enorme fábrica de la sociedad actual. No actuar como autómatas alienados por la libertad aparente del capitalismo, de los imperativos sociales y las expectativas de los demás en nosotros (crecer, trabajar, reproducirse y morir). En esos espacios de pacto, de acuerdos, es donde se juega la paz como una lucha interna y externa, del yo contra sí mismx, del yo contra (y con) los otrxs. Pues acaso la paz es una armonía que se transmite desde el aguante, una serenidad que se contagia desde la concordia.

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