Por Tania Arroyo Ramírez
El 4 de diciembre del año pasado se hizo público el documento que define la estrategia de seguridad estadounidense diseñada por la administración de Donald Trump. En dicha propuesta se coloca a Nuestra América como uno de los ejes prioritarios y se anuncia explícitamente la continuidad de la Doctrina Monroe, aunque con una aplicación renovada.
A diferencia de administraciones anteriores, ni Rusia ni China se perciben como amenazas para la seguridad nacional de Estados Unidos (EE.UU.). Ahora, en relación con ambos países, la estrategia enfatiza el enfoque del “equilibrio de poder” y el “realismo flexible”. Sin embargo, al continente americano se le dedica un apartado completo titulado “Hemisferio
Occidental: El corolario de Trump a la Doctrina Monroe”, que destaca por su extensión y nivel de especificidad.
El “corolario Trump” propone “reclutar” a los líderes regionales para ayudar a poner fin a la migración irregular, neutralizar los cárteles y desarrollar las economías privadas locales. Además, aboga por “expandir” la presencia de EE.UU. en el hemisferio occidental, argumentando que “alberga numerosos recursos estratégicos que Estados Unidos debería explotar”.
En suma, el documento deja claro que la prioridad de la segunda administración de Trump es recuperar el control de Nuestra América. En este sentido, la denominada “Operación Resolución Absoluta”, lanzada en Venezuela el 3 de enero para secuestrar al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, mostró que el “corolario Trump” no era solo un recurso retórico, y que, con base en él, la relación de EE.UU. con la región se basaría abiertamente en la coerción.
Una vez resuelto el “problema” Venezuela, las piezas del tablero latinoamericano han comenzado a caer una tras otra, como en una reacción en cadena. Tras la operación, Venezuela dejó de suministrar petróleo a Cuba, poniendo en riesgo el abastecimiento energético de la isla y rompiendo abruptamente con el histórico modelo de cooperación entre ambos países.
También en enero, la Presidenta de México, Claudia Sheinbaum, confirmó la suspensión del envío de petróleo y productos refinados a Cuba, tanto comercial como humanitariamente. El Gobierno de México atribuyó esta decisión a las amenazas de aranceles expresadas por Trump, aunque existe incluso la percepción de que una intervención militar estadounidense en el país —bajo el argumento de que el gobierno ha fracasado en su lucha contra los cárteles— ahora se considera una posibilidad real.
En una jugada maestra, Washington, aunque no ha logrado desmontar la Revolución Bolivariana, espera que pronto EE.UU. reciba el petróleo venezolano bajo condiciones favorables para sus intereses; en Cuba, un histórico bastión de resistencia al intervencionismo estadounidense se ha intensificado la presión para acelerar un cambio de régimen; y México ha sido empujado a suspender la política de solidaridad mantenida por décadas con la Revolución Cubana.
Ante esta situación, ¿qué ha hecho Nuestra América? Condenar el intervencionismo y el imperialismo estadounidenses, ya no es suficiente. Es hora de actuar y si Nuestra América no responde de manera unificada y coordinada, el “corolario Trump” —como planteamiento central de la política de seguridad estadounidense— está destinado, por mandato divino, a triunfar.