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Ultraderecha: dos o tres cosas que sé sobre ella - Sentido Común

La ultraderecha, al igual que la derecha tradicional, cree que todas las desigualdades son naturales y que, por tanto, el Estado no debe hacer algo para reducirlas.

02/02/2026

Por Fabrizio Mejía Madrid

 

Empecemos por algunas definiciones. Primero: la ultraderecha, al igual que la derecha tradicional, cree que todas las desigualdades son naturales y que, por tanto, el Estado no debe hacer algo para reducirlas. Por eso no cree en los programas sociales. El pobre es pobre porque quiere o no sabe competir o es menos emprendedor. La mujer es violentada porque lo provoca y no puede decidir sobre su propio cuerpo. Los indígenas no han querido asimilarse al resto y por eso están marginados. Es decir, la derecha cree que las jerarquías sociales están bien como están porque son naturales. Que los ricos, varones, blancos, heterosexuales manden es la mejor sociedad posible porque, si ellos dominan, es porque son superiores a los demás. Cuando el Partido Acción Nacional (PAN) dice que reivindican “Libertad, Familia, y Patria”, lo que están defendiendo es la libertad de que el Estado no intervenga en sus negocios, aunque sean ilegales, contaminen o enfermen, que la familia solo sea la de un hombre con una mujer y los hijos que les dé la suerte, y la patria de la Unidad Nacional, es decir, una donde no hay ricos ni pobres, ni patrones ni trabajadores, sino puros mexicanos. En otras palabras, libertad para unos cuantos, familia para algunos, y una Patria que no piensa en sus desigualdades ni actúa para dirimirlas porque, de hacerlo, se divide y viene el caos. 

 

Las elecciones ya no son como las de antes

Pero la ultraderecha va un paso más allá de la simple derecha porque, además, es anti-democrática. Como no procesa en las urnas y el debate lo que considera “natural”, como la desigualdad y la dominación sobre los inferiores, odia que el pueblo decida, es decir, a las mayorías, a las que considera ignorantes, manipulables y caprichosas. Pero odia también a las minorías que, a su juicio, han ido ganando derechos que no les corresponden. Están en contra de los derechos de los géneros: mujeres o LGBT+. Están en contra de los derechos de los más pobres, los jóvenes, los ejidatarios, los pescadores, los olvidados en treinta años de neoliberalismo. Según ellos, los “ninis” o las que se embarazan, como dice la señora prianista, no deberían tener ninguna ayuda del Estado porque es su culpa su destino. A este desprecio a los vulnerables, sean jóvenes, mujeres, diversos en su sexualidad, le agregan la idea de que, para que haya justicia, no es necesario el Estado de derecho, sino el uso desproporcionado de la fuerza. Para ellos, los delincuentes deberían ser ejecutados sin investigación ni juicio alguno. La ultraderecha piensa que los pobres son culpables hasta que demuestren lo contrario, mientras que los ricos no solo son inocentes, sino que deben ser protegidos. Al no creer en el Estado porque nuestras desigualdades son naturales, la ultraderecha plantea un espacio de conflicto, no entre trabajadores y patrones, sino entre todos contra el Estado, al que llaman parásito porque cobra impuestos e invierte dinero público en los más vulnerables. Así, un empresario billonario como Salinas Pliego y un desempleado como asumo que eran los chavos que trataron de incendiar el Palacio Nacional y la Suprema Corte, ocuparían un mismo espacio político contra el malvado Estado, que no los deja ser libres. Pero hay algo más que agregar y es el uso de una retórica anti-progresista como si eso fuera rebeldía. La ultraderecha usa el lenguaje de odio, es decir, insulta a los grupos más vulnerables, para decir que habla con la verdad. De ahí que sea tan importante que los jóvenes sepan que apoyar a la ultraderecha no es ser rebelde sino regresar a las jerarquías de siempre que hicieron de México el país de unos cuantos. 

Ahora bien, la opción ideológica que ha abrazado el PRIAN es la de la ultraderecha más dura que existe: es xenófoba y racista porque se concibe como una casta superior que es Todo México. Los pobres o los migrantes no son México. Los judíos no son México. Los morenos no son México. Ya desde el gobierno espurio de Felipe Calderón y García Luna, se asoció a las clases bajas con la criminalidad y la delincuencia. Ahora con la ultraderecha esa asociación se intenta contra un partido político, Morena. Por otra parte, el sesgo catolizante que viene desde la fundación del PAN en 1939, se ha exaltado sin vergüenza desde la candidatura de Xóchitl Gálvez cuando quiso monopolizar su contacto con el Vaticano, usó a ciertos curas odiadores, y hasta quiso apropiarse de la Virgen de Guadalupe. Una y otra vez acusaron el origen familiar de la entonces candidata de Morena, hoy Presidenta, para crear desconfianza y rechazo. Es la misma táctica de la ultraderecha trumpista insistiendo en que Barak Obama era árabe y no afroamericano. 

Esa misma ultraderecha es, además de xenófoba y racista, antidemocrática porque piensa que, como la mayoría ha votado por Morena, la democracia ya no funciona y habría que reemplazarla por un organismo autónomo. La insistencia en tomar el Palacio Nacional es porque creen que una vez incendiado surgirá un gobierno alternativo de la nada o, de lo que es lo mismo, de una plataforma digital como X, donde sus bots dominan el ambiente. Es crucial entender esta diferencia entre un PAN que acudió a elecciones desde 1939 y solo falló cuando el Partido Revolucionario Institucional (PRI) propuso a José López Portillo en 1979, y este otro que reivindica una ultraderecha ideológica o “cultural” como ellos dicen, pero sostiene que no hay que convocar a la revocación del mandato de Claudia Sheinbaum sino incendiar el Palacio Nacional. Hay un cambio de eje que avisa su anti-democracia y su intención de usar la violencia para imponerse sobre una mayoría pacífica que hasta el momento tiene un partido como garantía de transformación nacional. Para el PRIAN ya no hay que llamar a elecciones sino al golpe de Estado. 

 

El mérito del ya merito

Otro cambio de eje es el que tuvo el individualismo y el crédito meritocrático. El PRIAN ha logrado convertir a ciertas personas en agentes políticos a partir de su aversión a la justicia social. Son personas que no creen en lo colectivo ni en la patria como expresión política de la ampliación de la democracia, y que, por el contrario, atribuyen alguna transformación en su existencia como algo que se debe exclusivamente a sus propios méritos. Quienes experimentaron alguna mejora en su estatus económico o educativo se hicieron renuentes a reconocer que esa mejora se debió a políticas públicas o a que el resto contribuyó con su trabajo a que tuvieran esa nueva posición. La idea de que no le deben nada a nadie, que todo es por su propio mérito y esfuerzo, encubre un resentimiento contra los que obviamente tienen un programa social detrás y a la estructura del Estado, como ellos mismos, pero ya mucho más transparentemente. Los que sí reciben su ayuda a los cuatro vientos resultan los chivos expiatorios del rencor de una clase media que se convence todos los días de que lo suyo fue puro esfuerzo y talento, y no, como ocurre, basado en relaciones familiares, origen, educación privada, y oportunidades laborales por color de piel, clase social, género, y región geográfica. Al no reconocerlo se los niegan a los demás que se les aparecen como el doble, el espejo embrujado, de lo que saben que ocurrió. Para ellos, los derechos sociales son inmerecidos para sus beneficiarios y hasta una especie de competencia desleal para las clases medias abnegadas y cuya principal preocupación es que no los confundan con las clases bajas. No hay ahí una demanda o una indignación política. Es un rencor simbólico a lo que pensaron que eran sus vidas: ascender de clase social, blanquear a la descendencia, seguir siendo varones y mujercitas, y estar más ligados en la conciencia a McAllen o Miami que a su país y su interés general. Por eso no entienden la traición a la Patria que implica pedirle a Donald Trump que intervenga con los marines estadunidenses en nuestro país.    

 

“No me representan”

El discurso que han querido utilizar, el despolitizado “no somos de izquierda ni de derecha” o el de “no somos de ningún partido” no solo es ridículo sino peligroso, porque, ¿quién o qué puede sustituir a un partido y su ideología en una democracia? Los poderosos de siempre. “No me representan” es la idea despolitizada de que la representación política es como si uno, en lo personal, estuviera ahí y no, como es en una democracia, que nuestros representantes no nos representan en lo individual, sino en lo colectivo. De ahí el interés general, de la nación, o del futuro compartido. La contaminación que la sociología ha hecho de la política es, en menor escala, igual de perniciosa: tener representantes por grupo de interés o comunidad que solo ve por lo que tiene en sus proximidades le da a la política un carácter de reparto de recursos materiales y simbólicos. Lo que representan diputados y senadores no es a cada grupo con fuerza organizativa, sino algo que no es divisible y que se llama interés general. No es una suma de demandas, sino una idea de comunidad y de continuidad en el tiempo, en el futuro. Pero si creemos, como los estadunidenses, que todo es sociología y el marketing que la acompaña, lo que se representa acaba convertido en un lío de demandas, deseos, privilegios, y hasta quejas sin ton ni son. Ahí los que ganan son los poderosos lobbies corporativos, que le dan vuelta a la voluntad popular para satisfacer sus intereses privados. Bajando un escalón, ahora esta estudiante y muchos a quienes escucho todos los días decirse “apartidistas”, piensan que la política no es ni siquiera sociología sino terapia.

Imaginemos por un momento que no existieran partidos políticos, que son los que condensan las aspiraciones y miedos de las sociedades en principios, líneas de acción, métodos para decidir, y proyectos de nación. Y que, sin partidos, todas las acciones de política pública vinieran de la personalidad de alguien. Estaríamos hablando de un rey absolutista y sería un tanto teórico porque hasta esos tienen que tener algún tipo de legitimidad, eso que hace que los obedezcamos persuadidos de sus motivos. Los reyes caen también y, a veces, hasta les cortan las cabezas. O que las sociedades no se organizaran a partir de miedos y esperanzas colectivos, nacionales, en torno a un plan de gobierno para ser votado. ¿Qué sentido tendría ir a votar por alguien que no está pensando, deseando, temiendo lo mismo que tú, ese Yo en su infinita autodeterminación, apartado de las ideologías, manteniendo pulcro el arcón donde reside su conciencia moral, libre y distanciada?     

El narcisismo digital se engaña en el espejo de la pantalla: es él, el espejo, el que media esa necesidad de reconocimiento permanente y ese usar a los demás como vehículos de tu propia reflexión. No es el “yo” el que aflora sino una mediación que no se presenta como mediación y que es el Internet. Nada ahí es auto-expresión, sino trabajo para las corporaciones digitales y sus parámetros. Eso no tiene que ver con hacer política, pensar en los demás, imaginar una colectividad en el tiempo llamada nación, con sus formas de pertenencia y arraigo. Tiene que ver, más bien, con producirte a ti mismo, varias veces al día. Eso podría darte la impresión de soledad, de que nada a tu alrededor tiene algo que ver contigo, aunque se te presente como muy próximo. Pero la política no es terapia. 

Los partidos políticos son instancias de mediación en las sociedades: ayudan a condensar posturas entre extremos, a convertir en lenguaje y normas objetos políticos que no son percibibles por nuestros sentidos como “soberanía nacional” o “justicia”. En el “no me representan” hay no representación posible porque se fantasea con una inmediatez que se revele como liberadora, auténtica, justa, espontánea, y no reprimida pero que, al mismo tiempo, deslegitima cualquier mediación. Lo inmediato es pura autoridad de la imagen digital de una persona que tiene una impaciencia por la intensidad y la certeza. La certeza no es inmediata como tampoco lo es la organización de personas reales en torno a unos principios e ideales colectivos. La presencia individual es imposible de representar porque es su contrario. Así, los que se dicen “apartidistas” en realidad están buscando que la política sea un nuevo espejo para su necesidad de validación. O, lo que es más común, son derechistas sin partido.

Dos palabras han desparecido con este auge del apartidismo como vana neutralidad entre ideologías que ni siquiera conoce: militancia y mística partidaria. La primera se refería a entregar tiempo y esfuerzo para difundir ideas, datos, estados de ánimo con una postura política e ideológica clara, y la segunda era hacerlo a cambio de nada. Es una idea del sacrificio y de la entrega que está ya lejos de los actuales partidos políticos que son presas del cálculo costo-beneficio en un oficio que tiene una lógica distinta a la economía. Así, habría que reconstruir lo que es política. Y, por supuesto, no es ni sociología, ni economía, ni terapia. No sirve para tus intereses particulares, ni para tus cálculos egoístas, y no te va a decir quién eres.