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La cruz, la bandera y el abandono: anatomía del auge de MAGA - Sentido Común

Donald Trump terminó remedando a Reagan: Let’s make America great again (Hagamos a Estados Unidos grande otra vez) fue el lema de campaña de este último en 1980.

02/02/2026

Por Kurt William Hackbarth

En 1630, apenas una década después del arribo del barco The Mayflower a las costas de lo que habría de convertirse en la colonia de Massachusetts, el predicador puritano John Winthrop afirmó que los asentamientos en la Nueva Inglaterra debían ser como “una ciudad sobre una colina”, dado que “los ojos de toda la gente están sobre nosotros”. Tal afirmación grandiosa representó el punto de partida de una expansión mesiánica hacia el occidente que, con base en una serie de avivamientos religiosos llamados los Grandes Despertares, vería el genocidio de los pueblos indígenas y el robo casi total de sus tierras, junto con, por supuesto, más de la mitad del territorio mexicano.

Precisamente 250 años después, el candidato del Partido Republicano a la presidencia de Estados Unidos, Ronald Reagan, retomó las palabras del predicador en su discurso de cierre de campaña. “He citado en más de una ocasión las palabras de John Winthrop a lo largo de la campaña de este año”, dijo el candidato, “porque creo que los estadounidenses de 1980 están tan comprometidos con esa visión de una ciudad resplandeciente sobre la colina como lo estuvieron aquellos colonos de antaño”. 

La hábil referencia de los redactores de discursos de Reagan no fue nada accidental, dado que su elección como presidente marcaría el punto alto de otro “despertar”, alimentado por una nueva generación de predicadores como Billy Graham, Jerry Falwell y Pat Robertson; organizaciones como la Moral Majority y la Christian Coalition, que movilizaban el voto evangélico conservador; la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), cuya función era convertir esta flamante alianza religioso-política en una ideología ganadora; y, a partir de 1981, la Red Atlas, orientada a formar cuadros y exportar esta fórmula al resto del mundo. Esta nueva mancuerna oligárquica-evangélica, al unir al electorado tradicional de los republicanos con una infusión de votantes motivados por temas sociales (aborto, oración en las escuelas, a favor de la familia tradicional y en contra de los derechos de los homosexuales), habría de dar la estocada final a la coalición del Nuevo Trato, ensamblada por las reformas del presidente Franklin Roosevelt, que había dominado el escenario político durante las cinco décadas anteriores.

Entender esta historia es crucial para captar el fenómeno Make America Great Again (MAGA). De hecho, tal como Ronald Reagan remedó a John Winthrop, Donald Trump terminó remedando a Reagan: Let’s make America great again (Hagamos a Estados Unidos grande otra vez) fue el lema de campaña de este último en 1980. Como los puritanos originales  cuyo nombre derivaba del deseo de purificar la Iglesia de Inglaterra y la sociedad corrompida que, según ellos, esta había propiciado—, el germen de MAGA era igualmente purificador: regresar el país a una mítica grandeza anterior que antedatara a izquierdistas, pacifistas, feministas, homosexuales, jipis, académicos decadentes, proponentes de corrección política y, sobre todo en la reiteración trumpiana, migrantes. Donde el racismo se mantenía velado en época de Reagan, evocado por medio de una política de guiños llamado dog-whistle politics (por el silbato que solo los perros pueden escuchar), con Trump ese substrato se tornó mucho más visible y evidente. Tal como ocurrió en muchos otros casos, desde la política económica hasta la exterior.

Pero MAGA —ni la versión de Reagan ni la actualizada de Trump— no surgió de la nada, sino de un contexto muy específico que habría de alterar el rostro del país para siempre. En pleno boom económico, con una amplia clase media y una cobertura sindical que llegó a abarcar una tercera parte de la fuerza laboral, Estados Unidos empezó a desindustrializarse. A partir de los años sesenta, pero con una rápida aceleración en los setenta y ochenta, la clase capitalista estadounidense deslocalizó su base manufacturera en América Latina, en Asia, o en donde fuera que pudiera conseguir mano de obra barata, gobiernos maleables y normas laxas. El efecto fue devastador para comunidades a lo largo y ancho del país, que se vieron obligadas —ya para los años noventa— a tragar el discurso hueco de la globalización y la prosperidad que llegaría si solo pudieran asumir la responsabilidad de mudarse a otra ciudad o volver a capacitarse y aprender a escribir código. 

Y en ausencia de un movimiento político que pudiera canalizar las legítimas exigencias de la clase trabajadora —pues las cazas de brujas posteriores a las dos guerras mundiales habían eviscerado la izquierda histórica—, la ira, el resentimiento y la sensación de abandono generados solo estaban esperando ser transformados en un giro hacia la religión (otro más en una larga historia de despertares) y en un odio hacia quienes “les estaban robando el trabajo”. Ya en 1982, el cantautor Billy Joel estaba retratando uno de tantos de aquellos lugares: la ciudad de Allentown, Pennsylvania, antes cuna de la industria del acero:

Aquí vivimos en Allentown
y están cerrando todas las fábricas.
Allá en Bethlehem matan el tiempo,
llenando formularios, haciendo fila.

Nuestros padres pelearon la Segunda Guerra Mundial,
pasaban los fines de semana en la costa de Jersey.
Conocieron a nuestras madres en la USO,
les pidieron que bailaran, y bailaron lento…

Aquí estamos esperando en Allentown,
pero ya sacaron todo el carbón de la tierra.
Y la gente del sindicato se fue arrastrando.

Cada chico tenía una oportunidad bastante buena
de llegar al menos tan lejos como había llegado su viejo.
Pero algo pasó en el camino hacia ese lugar:
nos tiraron una bandera estadounidense en la cara.

 

“La codicia es buena”, afirmó cinco años después el personaje de Gordon Gekko en la película Wall Street. Y aunque la cinta de Oliver Stone fue concebida como crítica, una generación de estadounidenses ambiciosos tomó la máxima al pie de la letra. Desprovisto de su base manufacturera, el país se volteó hacia la financiarización, la bursatilización y la especulación, inflando burbujas en vez de producción, saqueando los activos de empresas existentes en vez de invertir en iniciativas nuevas, generando descomunales ganancias con instrumentos financieros cada vez más ininteligibles y revendiendo paquetes de hipotecas impagables como papa caliente. Todo este castillo de naipes —producto de una generación de liberalización, desregulación y redistribución regresiva de la riqueza propiciada por la llamada economía del goteo— se derrumbó con el colapso de 2008 y su correspondiente rescate bancario. 

La crisis proporcionó una última oportunidad para poner freno al deterioro. Como respuesta a ella y a la impopular guerra contra Irak lanzada por el gobierno de George W. Bush, la elección de ese año vio la victoria de un carismático y elocuente senador de nombre Barack Obama, el primer presidente afroamericano en la historia de la nación, junto con amplias mayorías para su Partido Demócrata en ambas cámaras del Congreso. Pero, en lugar de castigar a los banqueros que llevaron la economía al desastre mientras se pagaban bonos millonarios, Obama los protegió. “Mi gobierno es lo único que se interpone entre ustedes y las horcas”, les advirtió en una reunión en la Casa Blanca. Decepcionados e indignados a partes iguales, los votantes propinaron a los demócratas una derrota aplastante en las elecciones intermedias de 2010. Aunque Obama habría de ganar la reelección posteriormente, la ventana para efectuar las profundas reformas necesarias había cerrado.

Otra flama de esperanza surgió con la campaña insurgente del senador independiente Bernie Sanders en 2016; en aquella ocasión, sin embargo, fue el mismo Partido Demócrata el que se encargó de sofocarla. Para ese entonces, la condición de los “dejados atrás” solo había empeorado. “Mis familiares en Maine son deplorables”, escribió el periodista Chris Hedges dos semanas después de la primera elección de Donald Trump, retomando el término con el que la candidata Hillary Clinton se había referido a los partidarios de este. “No puedo escribir en su nombre. Puedo escribir en su defensa”. Hedges siguió:

Viven en pueblos y aldeas devastados por la desindustrialización. El banco de Mechanic Falls, donde vivían mis abuelos, está clausurado, al igual que casi todas las tiendas del centro. La fábrica de papel cerró hace décadas. Hay un club de striptease en el centro del pueblo. Los empleos —al menos los buenos— han desaparecido. Muchos de mis familiares y sus vecinos trabajan hasta 70 horas semanales en tres empleos de salario mínimo, sin prestaciones, para ganar quizá 35 000 dólares al año. O no tienen trabajo alguno. No pueden costear una cobertura de salud adecuada bajo la estafa del Obamacare. El alcoholismo es rampante en la región. La adicción a la heroína es una epidemia. Los laboratorios que producen la droga callejera metanfetamina constituyen una industria artesanal. El suicidio es frecuente. La violencia doméstica y la agresión sexual destruyen familias. La desesperación y la ira entre la población han alimentado un racismo, una homofobia y una islamofobia incipientes, y nutren el veneno latente y siempre presente de la supremacía blanca. También alimentan el pensamiento mágico que venden los estafadores de la derecha cristiana, las loterías estatales que esquilman a los pobres, y una industria del entretenimiento que noche tras noche exhibe en las pantallas de televisión visiones de Estados Unidos y de un estilo de vida —The Apprentice lo ejemplificó— que fomentan sueños inalcanzables de riqueza y celebridad.

No es casualidad que tanto Mechanic Falls, Maine, como Allentown, Pennsylvania, hayan votado por Trump ese año. De hecho, el estado de Pennsylvania fue uno de los decisivos en un sistema electoral anticuado y contramayoritario que favorece a la derecha: por el minúsculo margen de 48.18 % a 47.46 %, entregó sus veinte “votos electorales” al candidato republicano. A nivel nacional, cuatro de cada cinco evangélicos votaron, a su vez, por Trump.

Y aquí —salvo un interludio ineficaz y genocida de Joe Biden— nos encontramos. Como dice Hedges, la cultura de la desesperación arriba descrita ha fomentado una fusión entre la bandera estadounidense y la cruz cristiana, entre el Juramento a la Bandera y el Padrenuestro, entre la iconografía y los símbolos del Estado estadounidense y los de la religión cristiana. Para los observadores externos, una identificación semejante —y herética, dirían muchos— podría resultar desconcertante. “Pero no es”, concluye, “un movimiento anclado en la realidad”. 

El triste —y trágicamente evitable— auge de MAGA en Estados Unidos constituye un relato aleccionador. Sería fácil razonar que comunidades abandonadas y empobrecidas optarían naturalmente por una figura de izquierda en lugar de un oligarca, un estafador, un embustero o un bancarrotista en serie. Pero sin un proyecto alternativo, en ausencia de un trabajo territorial que forje y disemine una propuesta de este tipo, y a falta de liderazgo para llevarla acabo una vez formulada, no ocurre así. Como muchos países han comprobado —no solo Estados Unidos— en la política no hay nada automático ni inevitable. Llamar a los votantes deplorables, o racistas o xenófobos u homófobos (aunque lo sean) desde los barrios privilegiados tampoco representa un sustituto de un programa real. En tiempos de crisis —real o percibida— la gente puede unirse en una causa común o, con la misma facilidad, fragmentarse en culpabilizaciones, chivos expiatorios, y un nacionalismo y una religiosidad exclusivos, sobre todo, cuando el poder económico y mediático de los poderes fácticos siempre inclina la balanza a favor de la segunda opción. En cuanto a Estados Unidos, desde su púlpito fantasmal, el predicador John Winthrop sigue persiguiendo a su población hasta el día de hoy.