Articulos de revista

1988: La noche agraria en la delegación de Tláhuac - Sentido Común

Una nueva creencia se esparcía por el país, pregonaba que era posible lo imposible, que la oposición ganara en las elecciones.

06/03/2026

Por Carlos San Juan Victoria

Fue el 6 de julio de 1988, allá por el distrito 40 de Tláhuac, una de las zonas más rurales del entonces Distrito Federal, cuando llegamos sindicalistas, universitarios, promotores agrarios, investigadores, periodistas, todos como representantes de los partidos agrupados en el recién creado Frente Nacional Democrático (FND).

 

Ya éramos una generación madura que rondaba los 30 y los 40 años y que nunca había votado. En los años setenta del siglo pasado habíamos sido activos promotores del “no votes”. Varios optaron por el camino de “ir al pueblo” y construir el poder popular. Pero ahora, con dosis variadas de incredulidad, empezábamos a conocer los rituales de la instalación de casillas, a su pequeño funcionariado, a las normas y reglamentos que establecían lo que se valía hacer y lo que estaba prohibido. Algunos de los amigos, espíritus arriesgados, habían conocido las primeras experiencias exitosas en varios municipios del país: el caso famoso para las izquierdas de Juchitán, en Oaxaca, o de Juquío en Jalisco, y los sucesos de Ciudad Juárez y de varios municipios de Chihuahua, en el norte conquistado por un Partido Acción Nacional (PAN) con renovada fuerza popular, católica y empresarial. Una nueva creencia se esparcía por el país, pregonaba que era posible lo imposible, que la oposición ganara en las elecciones.

 

Y, sin embargo, varios íbamos con la sensación de ver en vivo y a todo color el fraude, y por eso nos sorprendimos por el ambiente de paz que reinaba en Ixtayopan, uno de los pueblos del Distrito 40: sus colas de vecinos, parientes y amigos fuera de las casillas que se saludaban al llegar y comentaban las noticias del fútbol o algún incidente local. “Bueno, tal vez no tarden en llegar las camionetas llenas de acarreados” pensaba uno, mientras el pequeño funcionariado y los representantes de partidos rivalizaban en atenciones mutuas; la gente votaba y cedía su lugar con la gentileza rústica de los pueblos. Transcurrieron las horas con aplastante tranquilidad; nadie imaginaba que, en esa aburrida rutina se cocinaba una revuelta.

 

Mientras se hacía el recuento de votos, llegó a nuestra casilla uno de los coordinadores y susurró: “Ya apareció la cartulina en la primera casilla que finalizó el conteo; ganó Cuauhtémoc Cárdenas”. Pasadas las 18:00 horas se inició en nuestra casilla el conteo de votos, que concluyó con todo rigor cerca de las 19:30; ganaba Cárdenas por el doble de votos al del conjunto de los otros partidos. Se armaron los paquetes y se prepararon las actas. El corazón que acostumbra a estar a la izquierda se empezó a agitar.

 

Salimos en una comisión, a la que se sumaron los vecinos, hacia una escuela donde se concentraban los votos del pueblo. En las calles cercanas, con la incipiente noche parda del verano, se alcanzaban a distinguir otros resultados de casillas, que debían estar consignados en cartulina de papel manila y con crayones de cera. Sí, Cárdenas está arriba y el corazón tomó el trote de un potrillo.

 

Ya en la plaza nos encontramos con diminutas procesiones de un nuevo ritual laico que se dirigían al mismo lugar y que, en lugar de su estatua de San Juditas, patrón de los desesperados, llevaban su papelería electoral. Casi sagrada. Se encendieron fogatas, circularon las quesadillas y demás antojitos, no se durmió esa noche. “Cárdenas ganó”, se decían entre gritos de euforia las pequeñas comitivas en la plaza, y el corazón galopaba desaforado en la noche agraria de la delegación de Tláhuac.

 

Por semanas, la prensa y sus comentaristas hablaron de manipulación y traición de sectores de la Confederación Nacional Campesina (CNC) contra el candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI), Carlos Salinas de Gortari; del nefasto regreso del “populismo”, del atraso político de los pobres. Nadie se preguntó por los motivos populares para votar. Por ejemplo, que en Ixtayopan, como en muchos otros pueblos y barrios urbanos, muchos mexicanos votaron por Cárdenas desde su piel y su propia historia.

 

Ixtayopan es un pueblo como muchos, con una densa historia detrás. Pueblo mesoamericano, con propiedad comunal desde la Colonia y dañada durante el Porfiriato cuando fue afectado por la construcción del canal del desagüe. El constructor de ese canal, Íñigo Noriega Lasso, emigrado español, reclamó sus tierras comunales para agrandar su hacienda. Pelearon con las armas y también en los juzgados; se hicieron zapatistas pues el Plan de Ayala había prometido regresarles sus tierras, y adquirieron seguridad plena hasta el cardenismo, cuando obtuvieron por fin el reconocimiento legal de sus tierras.

 

Y durante los años ochenta del siglo XX habían sufrido la escasez del agua para riego, la desaparición de las políticas de precios de garantía a los productos agrarios, el desmantelamiento de los créditos y de los almacenes públicos, y las presiones de las empresas inmobiliarias para construir casas en terrenos ejidales y de cultivo. El apellido de Cárdenas, como en muchos lugares del país, estaba entrelazado con momentos de justicia y atención para los condenados de la tierra. Ese apellido era patrimonio y esperanza tatuada en el alma de muchos. Los agravios recientes y la memoria histórica volvieron a cabalgar juntos tras el voto, en la noche agraria de Tláhuac.