Por Tonatiuh Martínez Aviña
Joseph Stiglitz, George Akerlof y Michael Spence recibieron el Premio Nobel de
Ciencias Económicas en el año 2001. Sus aportaciones a la teoría económica
cismaron la ortodoxia reinante de los ochenta. Los autores rompieron el principio
básico de la información perfecta. En las siguientes líneas describo tres de sus
aportaciones y cómo se relacionan con las propuestas electorales en México y la
aparente ruptura en la coalición gobernante.
La información asimétrica indica la diferencia en cantidad y calidad de información
en un intercambio, una de sus consecuencias es la selección adversa, el
mecanismo por el cual esa falta de datos hace que el mercado se llene de
productos, personas o partidos políticos de baja calidad. Por ejemplo, la compra
de un vehículo usado. El vendedor sabe las fallas ocultas del automóvil y no está
obligado a revelarlas al comprador. O un partido político que esconde información
vital de sus votantes.
Ante la información asimétrica y la selección adversa, Spence desarrolló el
concepto de ‘señalización’, que plantea la emisión de señales por los individuos
para validar atributos que los diferencien de competidores que podrían parecer
homogéneos y así evitar fallos de mercado. El ejemplo clásico es el uso de los
títulos académicos para demostrar capacidad laboral, pero también se extrapola a
lo electoral.
La propuesta electoral (Plan A) presentada por la presidenta Claudia Sheinbaum
buscó, entre otras cosas, restar poder a las élites partidistas, modificar el sistema
de representación proporcional y reducir el financiamiento electoral. El hecho de
que los aliados a Morena, PVEM y PT, frenen o condicionen una reforma de su
propia coalición es un caso de libro de texto sobre fallas de mercado aplicadas a la
política.
Me explico: el Gobierno de México alcanzó millones de votos gracias al proyecto
de nación que enunció en campaña. Sin embargo, debido a la falta de información
completa, los votantes repartieron sus votos entre los partidos que ahora
gobiernan y Morena terminó asociándose con partidos cuyo incentivo principal es
la supervivencia y no necesariamente la ideología programática. Al no acompañar
el Plan A, los aliados se distancian del proyecto de la Cuarta Transformación, y
señalan que su apoyo no es gratuito ni automático. Ocultan sus verdaderas intenciones de negociación hasta el último momento para extraer concesiones,
como la cláusula de vida eterna; no aceptan la reducción del poder de sus élites
internas.
La negativa al Plan A del PVEM y PT se convierte en un mecanismo de
comunicación estratégica también. Al proponer eliminar plurinominales y reducir el
financiamiento, la Presidenta envía una señal que le cuesta los aliados, que vieron
amenazados espacios de poder y de financiamiento público. Actores políticos
realmente comprometidos con un proyecto de nación aceptarían el costo de
proponer algo que reduce su propio margen de maniobra. La mandataria se
diferencia además del político tradicional ante el electorado, mientras que los
aliados se separan del grupo al no votar la reforma.
La nueva propuesta es el Plan B, que busca fijar un techo a las remuneraciones
de los jefes partidarios, la reducción del número de regidores, el establecimiento
de un tope presupuestal a los congresos locales, además de fortalecer la
democracia directa a través de la revocación de mandato. Un nuevo rechazo
individual o en conjunto sería una señal clara de que su prioridad es la
supervivencia de sus privilegios y rentas políticas, por encima del proyecto. Una
señal clara para los votantes en las siguientes elecciones.