COLUMNAS PLEBEYAS
El costo climático de Trump - Sentido Común
La guerra no solo genera daños en los países involucrados, sino que también expone la fragilidad de un orden energético basado en combustibles fósiles.
13/03/2026
La crisis climática no solo avanza por omisión. También se profundiza por decisiones de poder con efectos directos sobre las emisiones, la seguridad energética y las condiciones de vida. En ese terreno, la administración de Donald Trump está dejando una huella especialmente destructiva. El daño más visible es el abandono de la cooperación internacional, la desregulación ambiental y la rehabilitación del petróleo, el gas y el carbón como si fueran garantía de prosperidad. El menos discutido, pero quizá más grave, es su costo futuro: más emisiones, menos capacidad de respuesta y más tiempo perdido para contener el calentamiento global.
Ese retroceso no se limita a Estados Unidos. Se trata de una decisión de política estadounidense con consecuencias planetarias. Carbon Brief estimó que el retorno de Trump podría añadir alrededor de 4 mil millones de toneladas de CO₂ equivalente a las emisiones de Estados Unidos hacia 2030, frente a la trayectoria previa. Esa cifra equivale, por sí sola, a las emisiones anuales combinadas de la Unión Europea y Japón. A la vez, Climate Resource advierte que, con las políticas actuales, el mundo se encamina a 2.9 °C de calentamiento hacia 2100, más lejos aún de una trayectoria compatible con 1.5 °C. Las decisiones de Trump son explícitamente una renuncia con efectos materiales sobre el futuro climático del mundo.
La guerra contra Irán agrava ese costo. Las guerras movilizan ejércitos, destruyen infraestructura y disparan emisiones directas e indirectas, pero en un mundo constreñido por el clima, donde cada nueva tonelada de gases de efecto invernadero reduce aún más el margen de adaptación y encarece los costos futuros, la guerra no solo genera daños en los países involucrados, sino que también expone la fragilidad de un orden energético basado en combustibles fósiles, donde cada conflicto se traduce en volatilidad, inflación y mayor inseguridad. Desde el comienzo de la guerra, el precio del barril de petróleo se disparó por encima de los 100 dólares y desencadenó la mayor liberación coordinada de reservas de emergencia de la historia, de acuerdo con la Agencia Internacional de Energía.
En un escenario de guerra y desconfianza internacional, podría parecer lógico aferrarse todavía más al petróleo y al gas. Sin embargo, ocurre lo contrario: cuanto más depende una economía de los combustibles fósiles, más expuesta queda a choques geopolíticos, crisis de precios y presiones externas. Lo que muestra la guerra contra Irán es la debilidad del argumento de Trump para redoblar la apuesta fósil.
México, aun siendo productor, no debería leer este momento con complacencia. Reducir de forma rápida y profunda el uso de combustibles fósiles plantea la necesidad de incorporar su eliminación progresiva en los compromisos climáticos del país. La transición no implica dejar de consumirlos de un día para otro, pero sí planear de inmediato una economía no encadenada a ellos. Retrasar esa salida profundiza dependencias y reduce nuestra capacidad de adaptación ante un mundo más incierto. Cuidar la vida también exige reducir esa vulnerabilidad antes de que sus costos pongan en riesgo la adaptación a la nueva realidad climática.