COLUMNAS PLEBEYAS

Hegemón Pirata - Sentido Común

Entre 1939 y 1945 la humanidad había aprendido que hay ciertas cosas intolerables: la guerra de agresión, el racismo y el genocidio.

18/02/2026

Por Federico Anaya Gallardo

 

Entre las cosas que me heredó mi abuelo Gallardo están tres cromos del pintor e ilustrador mexicano Jesús Helguera Espinoza. Eran parte de la oficina del Comité de Defensa Civil de Torreón, Coahuila, durante la Segunda Guerra Mundial. El primero, “Batalla de Inglaterra”, muestra un San Jorge sobre un caballo blanco derribando a un caballero negro, en cuyo escudo vemos la esvástica. En el segundo, “Sol Poniente”, vemos en primer plano un dragón muerto; tiene una herida en el pecho, a donde la espada de San Jorge atravesó la esvástica. El caballero avanza ahora contra un inmenso pulpo cuya cabeza muestra el sol naciente. En el último vemos a San Jorge encabezando un desfile de caballería. Bajo las pezuñas de los corceles están la esvástica, los fasces de Mussolini y la bandera imperial japonesa. El único jinete varón es San Jorge. Le siguen decenas de amazonas, vestidas con los trajes típicos de cada una de las Naciones Unidas. Llevan sus banderas: en primer lugar, la mexicana, detrás la cubana, la guatemalteca y la francesa (gaullista); después, la estadounidense y la soviética.

 

Esa imaginería celebraba el esfuerzo victorioso de los Pueblos Libres del mundo (1945) y el nacimiento de un orden mundial basado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948). Pero los cromos eran actos de propaganda y son parciales. El pintor escogió a un San Jorge británico como protagonista porque —pese a la política del Buen Vecino de Franklin D. Roosevelt— las y los latinoamericanos aún recordábamos las canalladas de Estados Unidos en Cuba (Enmienda Platt) o Nicaragua (asesinato de Sandino); es decir, la Política del Gran Garrote de Theodore Roosevelt, el tío oscuro de Franklin.

 

Los obreros mexicanos aún recordaban cómo llegaron los yanquis a Cananea para arrestar huelguistas “al estilo americano” y nuestras élites aún declamaban orgullosas esos versos de 1904 escritos por Rubén Darío: “Los Estados Unidos son potentes y grandes. / Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor / que pasa por las vértebras enormes de los Andes. / … Mas la América nuestra, que tenía poetas / desde los viejos tiempos de Netzahualcóyotl, / … ¡Vive! … Y sueña. Y ama, y vibra; y es la hija del Sol. / … Se necesitaría, Roosevelt, ser Dios mismo, / el Riflero terrible y el fuerte Cazador, / para poder tenernos en vuestras férreas garras.”

 

Pese a todo, entre 1939 y 1945 la humanidad había aprendido que hay ciertas cosas intolerables: la guerra de agresión, el racismo y el genocidio. Y habíamos sido testigos de cómo Franklin D. Roosevelt fue aliado consecuente y leal de la democracia popular creada en la ex URSS por obreros y campesinos. Por eso Jesús Helguera ponía juntas las banderas estadounidense y soviética en el tercer cromo. Era imaginable una Organización de Naciones Unidas que no solo ganara la guerra contra el fascismo, sino que construyera una paz con libertad y justicia para todos los Pueblos.

 

Pero Franklin, el Roosevelt del lado luminoso, murió en 1945 y, aunque su legado duró medio siglo, la superpotencia estadounidense terminó convirtiéndose en el gran depredador global. Y en 2026, en la Era Trump, es un hegemón pirata: la reencarnación perversa del monstruo fascista que habíamos vencido en 1945.