COLUMNAS PLEBEYAS

Bad Bunny y la disputa por el significado de Estados Unidos - Sentido Común

El cantante manda un mensaje potente sobre la riqueza multicultural de América, en la que la cultura latinoamericana ocupa un lugar central.

13/02/2026

Por Sara Hidalgo

 

Con su espectáculo de medio tiempo en el último Super Tazón, Benito Antonio Martínez Ocasio—el cantante y compositor puertorriqueño conocido como Bad Bunny—irrumpió, desde uno de los foros con mayor audiencia global, en la disputa actual sobre el significado de Estados Unidos: ¿una nación plural —multiétnica, multilingüe, y multicultural— o una comunidad tradicionalista y unitaria en términos culturales, lingüísticos y religiosos?

 

Estados Unidos arrastra una tensión profunda sobre quién pertenece —y quién queda fuera— de la comunidad política desde su fundación como nación independiente en 1776. Tanto la Declaración de Independencia de los Estados Unidos como, después, su Constitución política, proclamaron la libertad, la igualdad y la búsqueda de la felicidad como principios universales. Sin embargo, como es bien sabido, esa definición de ciudadanía excluyó de manera explícita a las personas esclavizadas y los pueblos originarios. Para los padres fundadores, la comunidad política estaría formada por varones blancos, angloparlantes y en su mayoría protestantes. Hizo falta casi un siglo, una Guerra Civil (1861-1865) y varias enmiendas constitucionales para reconocer formalmente la ciudadanía de los afroamericanos; pasarían varias décadas más —junto con una nueva legislación (1924)— para extender ese reconocimiento a las poblaciones indígenas. 

 

Aun así, estos progresos jurídicos encontraron una fuerte resistencia social; sobre todo en los estados sureños, la violencia y la exclusión de los individuos afroamericanos continuaron en el llamado sistema Jim Crow. No fue sino hasta que una generación de valientes activistas logró imponer sus demandas en la arena nacional que el presidente demócrata Lyndon B. Johnson promulagó el Civil Rights Act (1964), declarando ilegal cualquier tipo de segregación o discriminacion. 

 

Para una porción importante de la sociedad, que concebía la identidad nacional como inherentemente blanca y culturalmente unificada, este fue un agravio imperdonable. Desde entonces, el Partido Republicano ha albergado una corriente chovinista y abiertamente racista, aunque durante mucho tiempo relegada a los márgenes de la coalición.

 

En los últimos años, sin embargo, Trump se ha dedicado a llevar esta batalla por el significado de la nación—y de quien cabe o no dentro de ella— al centro del debate público. En particular, la disputa se ha centrado en el lugar que ocupan los millones de migrantes —y descendientes de migrantes—hispanohablantes, o latinos, que viven en Estados Unidos. El gobierno actual ha dejado claro que los concibe como invasores peligrosos, impulsando una campaña de deportaciones masivas cuya crueldad forma parte central del mensaje: no pertenecen, y aquí no son bienvenidos.

 

Es en este contexto en el que el espectáculo de Bad Bunny manda un mensaje potente sobre la riqueza multicultural de América, en la que la cultura latinoamericana ocupa un lugar central. No solo cantó casi enteramente en español, recuperó símbolos de resistencia en la historia de esclavitud e imperialismo que han marcado Puerto Rico, y mandó un mensaje de unión panamericana, sino que su éxito comercial dentro del propio Estados Unidos deja claro que, más allá de la voluntad de controlar la pertenencia al país y de los esfuerzos por extirpar a las culturas latinas, éstas ya están plenamente en el mainstream de la cultura popular nacional—y con rotundo éxito—. 

Para sorpresa de nadie, Trump describió el espactáculo como “antiamericano” (unamerican). Pero lo que queda claro es que, si bien hay una porción importante de la sociedad que busca restringir la definición de Estados Unidos, también hay otra ávida por seguir nutriéndola y ampliándola.