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Ultraderechas: servilismo y agresión imperialista. México, un bastión de resistencia(1) - Sentido Común

El cierre del 2025 ya pintaba un panorama, en lo que concierne a lo político-electoral, que revelaba números de una creciente tendencia por favorecer opciones políticas de derecha e incluso de ultraderecha.

02/02/2026

Por José Gandarilla

Hace algunos años, en abril de 2019, durante la presentación del libro de Atilio Boron sobre Vargas Llosa(2), conveníamos con el politólogo argentino, en la necesidad de no desatender sino tal vez fortificar la tarea —desde el pensamiento crítico de izquierdas— de pensar con seriedad, críticamente y en profundidad, el pensamiento conservador o de derechas. Se trata de una cuestión en la que, a su modo, insistiera también, en su momento, el pensador británico Perry Anderson, quien ya nos advertía en una de sus obras sobre “la tendencia natural de cada familia política a interesarse más por su propia especie que por extraños o adversarios. El celo polémico puede provocar una fijación con la otra orilla, u orillas de intención puramente hostil … [añadiendo también otro efecto]… una versión erudita de la atracción hacia los similares … puede provocar un estrechamiento del horizonte”. (3)

Pero, tan importante como lo señalado por Anderson, sería el descuidar la actualización al interior de tales tradiciones: los recambios y reestructuraciones de sus conceptos, así como las mudanzas de énfasis que también implica el traspaso de principios y planteamientos entre disciplinas, que acompaña al proceso de subdivisión e hibridación dentro de los frentes ideológicos, ocasionado por desprendimientos no necesariamente menores, de lo que son sus ramas o raíces más firmes. 

Con los sucesos que venimos presenciando en apenas el comienzo de 2026, ese propósito revela toda su importancia. El cierre del 2025 ya pintaba un panorama, en lo que concierne a lo político-electoral, que revelaba números de una creciente tendencia por favorecer opciones políticas de derecha e incluso de ultraderecha. Este comportamiento se evidenció, por ejemplo, en Argentina, donde el partido de Javier Milei ganó las elecciones legislativas federales, con un claro involucramiento del presidente estadounidense Donald Trump, quien amenazó con que, si no se votaba de ese modo, no se le canalizarían recursos al gobierno argentino por 20 mil millones de dólares. 

Meses después, se consumó el fracaso de la opción política “progresista” en Chile, pues, con el agregado de yerros por Gabriel Boric, a la cabeza del Ejecutivo, quedó muy cuesta arriba la posibilidad de disputarle el triunfo a un declarado candidato pinochetista. El próximo gobierno en ese país lo encabezará José Antonio Kast, quien ganó con holgura. 

La tendencia y el injerencismo de Trump no se detuvieron ahí, ya que volvieron a manifestarse en el caso de Honduras, mediante dos acciones interconectadas. Primero, al indultar al expresidente Juan Orlando Hernández (gobierno de 2014 a 2022), ya había recibido sentencia por cargos de narcotráfico por parte del Departamento de Justicia de Estados Unidos. Segundo, al inmiscuirse en la elección presidencial de hace un par de meses, declarando reiteradamente que lo mejor para ese país centroamericano era elegir al candidato afín a la fuerza política de Juan Orlando Hernández. En efecto, resultó ganador el candidato del conservador Partido Nacional de Honduras (PNH), Nasry “Tito” Asfura, opción política con la que —afirmaba el presidente de la Unión Americana— se habría de poder “trabajar”, lo que en los hechos quiere decir que hará lo que se le ordene desde Washington.

Pintar de los colores de la derecha a un mayor número de países de Sudamérica ya parecía allanar el camino a políticas que pudieran dar un mayor vuelco y establecer un cerco a los países que, a Trump y al gobierno estadounidense, le parecerían como problemáticos o insuficentemente afines a sus dictados. Para el caso del Cono Sur, en esa situación se señalaban a Venezuela, Brasil y Colombia. Cabe mencionar que este último tendrá elecciones en junio próximo y que ya se espera, e incluso se da por descontada, la injerencia de la máxima autoridad y otras agencias de los Estados Unidos para debilitar al Pacto Histórico, alianza política que llevó al gobierno a Gustavo Petro.

Por encima del cinturón centroamericano se encuentra, en situación de “amenaza”, el Gobierno mexicano, en su segundo periodo de la Cuarta Transformación, encabezado por Claudia Sheinbaum Pardo. Sin embargo, es probable que se haya considerado que ese plan se traduciría en resultados en un plazo mayor al que los sectores de poder en Estados Unidos estaban dispuestos a esperar, y se optó, en su lugar, por Venezuela.  En la madrugada del 3 de enero del 2026, Donald Trump decidió violentar las normas establecidas por el Derecho Internacional: bombardeó Caracas, secuestró al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, legisladora en aquel país, Cilia Flores, y afirmó, sin ambages, que lo hacía para apoderarse del petróleo y asegurarse las mayores reservas de hidrocarburo en el mundo entero. Ya engolosinado, Trump se ha declarado en redes sociales como presidente interino de Venezuela. 

El frente de tensión que Trump fue abriendo en el Caribe desde inicio de su segundo mandato —reclamando la devolución del Canal de Panamá, asumiéndolo como suyo— y luego la escalada, desde agosto pasado con la presencia militar y un gran despliegue de efectivos y dispositivos de combate; el bombardeo de lanchas en el Caribe y en el Pacífico; el asesinato de sus tripulantes (más de cien vidas, por las que no ha rendido cuentas); los actos de piratería(4)para robar buques de la denominada “flota fantasma” y apoderase del petróleo venezolano, que ya había sido vendido y pagado: todos estos elementos fueron clarificando que, en el período inmediato, la confrontación geopolítica con China, operaría ciertas señales desde el Gran Caribe. 

Y, en efecto, la estrategia escaló hasta la ejecución de una acción militar quirúrgica por parte de la Delta Force, con el uso de las más refinadas tecnologías digitales y de comunicación –indicadores de calor, fluido eléctrico, plataformas, tecnologías sónicas y bancos de datos, reproducción hologramática de instalaciones, entre otras—  con intenciones securitarias y militares, haciendo evidente también el sentido de la alianza del trumpismo con los grandes barones, dueños y creadores de las nuevas tecnologías electroinformáticas.

Con el ingreso a esta fase, no se dudará en usar el diferencial de poder militar sobre nuestra región con tal de hacer efectivo –y obtener dividendos– el espíritu neomonroísta que campea en su “Estrategia de Seguridad Nacional 2025”. Ello muestra que la crisis de la economía estadounidense es muy profunda y ha de tratar de sortearse, como ya se ha hecho antes, mediante el arrebato de nuestros recursos. 

Cuánta razón tenía Eduardo Galeano cuando afirmaba que la clave de la maldición que se cierne sobre las regiones periféricas del mundo son precisamente las dotaciones de recursos con que la naturaleza las proveyó, puesto que es de ahí de donde se sacia la sed de sangre que sostiene —como a un vampiro— a los beneficiarios del sistema capitalista-imperialista mundial. La clase de los poderosos hunde sus colmillos sobre “las venas abiertas de América Latina” … y del Caribe, bajo una lógica prístina y transparente: “nuestra riqueza … para alimentar la prosperidad de otros”.(5)

Esta no fue solo una acción dirigida contra Venezuela, sino que establece el rumbo y perfil de la relación con toda América Latina y el Caribe. De ahí que, en la desmesura de Trump y de Marco Rubio, su secretario de Estado, pareciera que se ha trazado una meta cargada de simbolismo: debilitar y castigar aún más la economía cubana, para luego presentarse como los artífices —si es que lo logran— del cierre de todo un ciclo histórico iniciado en 1959. Por ello, Trump ha declarado que si Cuba ha resistido lo ha hecho por el flujo del crudo, mayormente proveído desde tiempos de Chávez por Venezuela, y que ahora ese país —o quien lo administra, es decir, él mismo— le cortará el suministro, haciendo más dramática la supervivencia de las y los cubanos. 

También ha vertido amenazas de represalia a quien continúe enviando petróleo a la isla; el país que vendría cumpliendo ese papel no es otro sino México, estableciendo así otro punto para futuros diferendos.

Con todo esto, el poder se ha demostrado tal cual es, sin tapujos ni mediaciones: no hay tal “Cártel de los Soles”, como tampoco antes hubo “armas de destrucción masiva” en Irak, ni la problemática de Venezuela tenía que ver con cuestiones de democracia o de derechos humanos, sino con los intereses sobre el crudo de las grandes compañías petroleras y con la posesión de las reservas para sustentar la calificación accionaria de grandes volúmenes de capital ficticio sobre los que se sostiene la economía estadounidense. 

Ya lo advertía, muy al inicio del segundo mandato, un especialista en cuestiones internacionales: “la vuelta de Trump al poder implica … un gran aliento para esa gran red de gobiernos, fundaciones y organizaciones de la ultraderecha neoliberal, xenófoba, misógina, homófoba, negacionista y autoritaria, de rasgos fascistoides, que cada vez se expande más a nivel mundial”(6). Su papel como referente de la alt-right o derecha alternativa quedaba corroborado, y su megalomanía lo lleva hoy a transparentar su ambición de erigirse en emperador o rey, más que en presidente o mandatario con poder. 

La nueva situación trajo otro efecto: la liquidación del sistema internacional regido por reglas. Se ha pasado a otra fase, en la que no hay regulación alguna, al menos para Trump, quien sostiene que sus políticas solo responden a su opinión y a su autorregulación moral, si es que eso existe, alojado en lo más remoto de su juicio interno. 

Con un panorama como este, sin duda, pueden envalentonarse los sectores políticos de las derechas de nuestros países, ya que creen poder potenciar sus alcances mediante la disposición a cumplir un papel servil a los mandatos del gobernante que controla el mayor arsenal del planeta. 

Con ello también revelan su papel dentro de una estructura piramidal en la que se despliega el proyecto de la derecha o la ultraderecha. Este proyecto se articula desde los centros de poder y, hoy, en el marco de una economía del conocimiento, también desde los centros productores de tecnologías —digitales y militares, toda una ciencia orientada a la destrucción— y desde los polos innovadores de nuevos materiales, beneficiarios del rentismo y de condiciones monopólicas.

Es desde esos espacios que el proyecto se irradia hacia las periferias. Por ello, se descomponen las unidades geográficas y ya no buscan entenderse con países, sino con enclaves o zonas dotadas de recursos. De ahí su pretensión de reconvertir todo el escenario mundial: en él, ya no serían determinantes los estamentos asentados en países que antes resultaban más decisivos, como ocurre en Europa, donde varios Estados van encontrando su lugar como formaciones sociales semiperiféricas.

Mucho menos cuentan los esbirros de países como los nuestros, con clara vocación periférica y un alto inconsciente colonial. Esos sectores conservadores, tanto de la derecha tradicional como de los enclaves más radicalizados de las llamadas “nuevas derechas”, continúan desempeñando cómodamente un papel secundario y subordinado, haciendo el juego y cumpliendo la función que se les asigna en el relanzamiento del programa posfascista.

Eso pudo haberse desvelado con claridad en el caso de México, con voces ya suficientemente conocidas y desacreditadas demandando la intervención de fuerzas y poderes foráneos, en especial del gobierno estadounidense. Esos sectores de la derecha vernácula no requieren seguir un programa ni tomarse el tiempo de elaborarlo: siguen ya un guion que les es suministrado por los grupos de poder que sí aspiran a conducir el proceso. 

El ideario de la derecha históricamente ha estado dirigido a contrarrestar toda política que atienda los problemas sociales con formulaciones de una normatividad reconocida como derechos sociales y de pretensión universal. No reniegan del gobierno, puesto que quisieran ponerlo a su servicio, pero detestan que este se ocupe de apuntalar condiciones dirigidas a asegurar la igualdad. 

Por ello, en México reniegan de un proyecto que busca tomar distancia de un régimen de privilegios que se expresa en relaciones sociales racistas, clasistas y machistas. Precisamente por eso —y siendo este uno de los ejes determinantes del segundo piso de la Cuarta Transformación— el papel de nuestra nación queda subrayado como bastión de una resistencia necesaria: la de una política que tiende la mano a quienes se encuentran en situación de mayor desventaja —“primero los pobres y abajo los privilegios”— y no la de una política que busca aniquilarlos, como ocurre en los fascismos y en el proyecto genocida del Estado sionista de Israel contra el pueblo palestino.

El de nuestro país es un proyecto que, en medio de tanta deshumanización, no duda en reivindicar el lugar del llamado “humanismo mexicano”. Por esta razón, también erige un dique simbólico —pero efectivo— frente al avance de una derecha renovada, igualmente catastrofista, aceleracionista, distópica y apocalíptica: distintas caras de un mismo monstruo cuyo análisis, no obstante, habrá de reservarse para un trabajo futuro.

  1. Este texto es un extracto de un trabajo más amplio correspondiente a una investigación que el autor desarrolla en la Universidad Complutense de Madrid, y recibe un apoyo de UNAM PASPA–DGAPA, enero de 2026.

  2. Boron, Atilio. El hechicero de la tribu. Mario Vargas Llosa y el liberalismo en América Latina, Ciudad de México: Akal, 2019. Colección Inter Pares.

  3. Anderson, Perry. De la derecha a la izquierda en el mundo de las ideas. Madrid: Akal, 2008. Colección Universitaria, pág.

  4. Como hace unos años Estados Unidos había procedido, bajo el gobierno de Joe Biden y con la complicidad u omisión del gobierno argentino del “progresista” Alberto Fernández y, por supuesto, de Javier Milei, con el avión venezolano incautado (en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza en Buenos Aires, Argentina) y que luego fue finalmente destrozado en un aeropuerto de Miami.

  5. Galeano, Eduardo. Las venas abiertas de América Latina. Ciudad de México: Siglo XXI editores, 2004, pág. 16.

  6. Montoya, Roberto. Trump 2.0, Madrid: Akal, 2025, pág. 22.