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El modo es el mensaje: la ruptura de las convenciones discursivas de la ultraderecha - Sentido Común

¿Quién dicta esas reglas? ¿Quién decide lo que puede decirse y lo que no puede decirse en las conversaciones, según sus interlocutores y contextos? ¿Quién determina lo que es normal?

02/02/2026

Por Violeta Vázquez Rojas Maldonado

Nos demos cuenta o no, todas nuestras conversaciones están normadas, desde las más formales y protocolares hasta las más coloquiales, familiares y privadas. Está normada nuestra plática con los extraños en el elevador: “¡Qué frío! ¿no?”, “Una barbaridad, y dicen que el fin de semana va a empeorar”. A nadie se le ocurriría abrir esa conversación con una opinión controversial sobre quién merece ganar la liguilla o una pregunta indiscreta sobre el estado de salud del interlocutor. Y no es porque no haya situaciones apropiadas para emitir esas opiniones controversiales o hacer esas preguntas indiscretas, es simplemente que el espacio para ello no es ese cubo de un metro cuadrado en el que se habla fugazmente -aunque parezca eterno- con una persona circunstancial. 

Está normado, también, aunque no lo parezca, el espacio de la intimidad, de la cercanía y de la confianza: en él están permitidas ciertas cosas, y están vedadas otras. Los comentarios de elevador, por ejemplo, serían muy mal vistos en una plática con amigos de toda la vida, que tomarían nuestra insistencia en el parte meteorológico como una señal de frialdad o distanciamiento deliberado. 

¿Quién dicta esas reglas? ¿Quién decide lo que puede decirse y lo que no puede decirse en las conversaciones, según sus interlocutores y contextos? ¿Quién determina lo que es normal? Todos y nadie. Las normas de la conversación no están escritas en una ley, ni en un código, ni en ningún manual. A este tipo de acuerdos tácitos se les suele llamar convenciones. Salvo casos de excepción, nadie las enseña explícitamente. Aprendimos a dominar la conversación trivial de los elevadores y la conversación íntima de las amigas cercanas de manera orgánica al interactuar con la gente en esas situaciones. 

Las convenciones que rigen los intercambios lingüísticos no son una guía que distingue “lo correcto” de “lo incorrecto”, sino una serie de pautas que organizan las expectativas, agilizan la transmisión de información, y, de manera muy importante, sostienen los márgenes de la convivencia pacífica, aquella que se logra, justamente, mediante el diálogo y la buena comunicación. 

¿Se pueden quebrantar esas normas? Desde luego. Y hacerlo implica romper el pacto de la civilidad dialógica. Conductas contrarias a ese pacto, como interrumpir el turno de habla del otro, elevar el tono de voz, insultar, mofarse de lo que dice, o ignorar y dejar sin respuesta son desgarres en ese tejido de cortesía que se mantiene a través de las convenciones del habla: a quién le toca hablar, quién tiene derecho a responder, cuáles son los decibeles aceptables y cuál es el tono adecuado. Las rupturas, si bien son desdenes del pacto, también son comunicación, e imponen su propio mensaje: sirven para expresar enojo, desprecio, desacuerdo, desinterés, etc. 

De todos los tipos de conversaciones y discursos, el discurso público, y especialmente el político, es quizás el que tiene las normas más rígidas. En él se espera el uso de un registro formal (que no necesariamente quiere decir “culto”, pero que trata de acercarse a él), que marque distancia y respeto, y que reafirme el papel de los actores en el juego: la autoridad de quien habla y el respeto a quien escucha. En el discurso público es donde menos se espera oír groserías, insultos abiertos, o afirmaciones demasiado expresivas sin suficiente motivación. Las faltas inadvertidas a la convención se cobran caro y quienes dominan el estilo las evitan a toda costa. Sin embargo, en los últimos años hemos visto desconcertantes excepciones: las de los discursos de los emergentes líderes de las derechas extremas, como Donald Trump o Javier Milei. 

Famosos por no acatar las convenciones del discurso público, los hemos oído insultar a sus interlocutores y describir de maneras agresivas a terceros, como cuando Trump le espetó un “Cállate cerdita” a una reportera, o cuando a otra le pregunta directamente si es estúpida. En una conferencia de prensa, le preguntó a una corresponsal de dónde era. -“De Francia”, le contestó ella; “Hermoso acento, pero no entendemos lo que dices”, le reviró él. A otra reportera –no es casualidad que su blanco más frecuente sean mujeres- le declara abiertamente: “creo que eres una terrible reportera”. No solo rompe las normas de forma, sino las de fondo. Una de nuestras normas no escritas, pero que asumimos en toda conversación, pública o privada, es que nuestro interlocutor dice la verdad, o por lo menos dice lo que cree que es verdad. Sin este piso mínimo, la conversación no es nada, pierde su sentido práctico, su principio, como le llama Paul Grice, básico de cooperación. Trump rompe incluso con esta base: miente flagrantemente, con la certeza de que se le ve mentir. Así fue como dijo, respecto de Renee Good, la mujer asesinada a tiros por un agente de ICE en Mineápolis, frente a una cámara que mostró la escena con claridad a los ojos del mundo entero, que ella “de manera violenta, voluntaria y alevosa” había atropellado al oficial de ICE, “que parece haber disparado en defensa propia”. La declaración desconcertó a cualquiera que vio las imágenes en las que la realidad contradecía incuestionablemente los dichos del presidente, quien eligió, entre todas las posibles justificaciones de su mandato criminal, la mentira palmaria. 

Javier Milei llama a sus adversarios, “kukas inmundos”, “basuras”, “ratas”, “parásitos mentales”. Al gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, lo ha llamado “burro eunuco” y “enano”. El Foro de Periodismo Argentino (FOPEA) analizó sus publicaciones en la red X y encontró que 17,000 de ellas (más o menos el 15%) incluyen insultos y palabras ofensivas. Sin embargo, al parecer sus asesores le hicieron cambiar de estilo. En agosto del año pasado anunció que dejaría de usar insultos, “a ver si están en condiciones de discutir ideas”. La suya no es una declaración de arrepentimiento, sino que mantiene su aire retador: “Ahora vamos a usar las formas que a ustedes les gusta para que quede en evidencia que son una cáscara vacía” y aprovecha para denunciar, de paso, una supuesta “dictadura de las formas” ante la que ahora, a su pesar, cederá, con fines estratégicos. De todos modos, en la medición del FOPEA de septiembre del 2025, sus insultos no cesaron, sino que solo se redujeron a la mitad. 

¿Qué motiva a personajes como Donald Trump o Javier Milei a usar este estilo agresivo, confrontativo y abiertamente violatorio de las convenciones del discurso público? Las respuestas varían en un espectro que va desde las explicaciones que atribuyen su comportamiento a un desequilibrio mental hasta las que encuentran en ellos la manifestación de una condición estructural y los considera los productos últimos, es decir, los despojos, del capitalismo decadente. 

Pienso que en algún punto medio hay una explicación que no pasa por la inevitabilidad de los discursos violentos. Por el contrario, se trata de conductas deliberadas -tan así que Milei puede escoger, en concordancia lo que le dicten las reglas del marketing político, cuando es necesario moderarse-. Romper las normas de la conversación pública es la demostración de que para ellos no hay regla que quede intocada, su poder se expresa en la ruptura de todos los pactos, incluyendo los más anónimos, los que no firmó nadie pero acatamos todos, no por sumisión, sino por simple razón práctica. A la manera de los grupos criminales que no ocultan el cuerpo del delito, sino que lo exhiben con la intención de aleccionar a sus enemigos, los líderes extremistas de derecha rompen las reglas de la convivencia para demostrar que pueden hacerlo, que no hay para ellos límite, ni rígido ni blando, que no puedan quebrantar. Lo mismo les da los derechos civiles, el derecho internacional, o las normas del lenguaje. 

Incapaces de inspirar respeto, optan por la alternativa de infundir miedo. Y en su discurso, el modo es el mensaje: la violencia verbal es una herramienta de propaganda política que les permite reafirmarse como todopoderosos, capaces de rasgarlo todo y de no sentir consideración por nada o nadie. Quien puede contra las convenciones lingüísticas, parece querer decir, puede contra cualquier cosa.