La derecha y, aún más, la ultraderecha impulsan una manera compulsiva de producir, bajo la lógica de la reproducción ampliada del capital, que está profundizando una crisis ambiental.
02/02/2026
Por Alberto Betancourt
La Tierra está viva
La Tierra está viva. Así lo planteó en 1926 el científico soviético Vladimir Ivanovich Vernadsky cuando publicó su libro La biósfera. En dicho texto advirtió que el ser humano estaba incidiendo de manera cualitativa sobre la vida en el planeta. La economía estaba ocasionando cambios espectaculares en la biósfera, las bioregiones, los paisajes y los ecosistemas del mundo natural. La humanidad, postuló, se ha convertido en una fuerza telúrica con una enorme incidencia en la vida del planeta. Esa verdad se ha intensificado. La intervención humana puede provocar un apocalipsis o cuidar el metabolismo del planeta. Es decir que, desde el punto de vista biológico, la acción humana tiene un lado oscuro (destructivo) y un lado luminoso (auspicioso de la vida). Si bien Carlos Marx planteó en la Crítica al Programa de Gotha, el dilema entre socialismo o barbarie, considero que hoy existe también el dilema entre proyectos de vida y proyectos de muerte.
A mi parecer, la derecha y, aún más, la ultraderecha impulsan una manera compulsiva de producir, bajo la lógica de la reproducción ampliada del capital, que está profundizando una crisis ambiental a punto de llegar a un nivel crítico e irreversible en los procesos metabólicos de la biósfera. En el presente artículo me propongo mostrar algunos de los proyectos del gran capital promovidos por las derechas (neoliberales) y las ultraderechas (neofascistas), los cuales nos encaminan hacia un mayor deterioro ambiental y a los que debemos oponernos, como lo ha definido Arturo Escobar, con proyectos orientados a la izquierda, desde abajo y con la Tierra.
La contaminación radioactiva y el riesgo de una guerra nuclear
La llegada de un gobierno de ultraderecha a Estados Unidos ha provocado un sistemático desmantelamiento de los tratados contra el desarme nuclear, el reinicio de una carrera armamentista nuclear, la modernización de los arsenales estadounidenses y modificaciones en las leyes de uso de las armas nucleares.
Todos estos cambios han provocado enormes daños al medio ambiente y la salud pública, y han incrementado notablemente los riesgos a la vida provocados por el aumento de posibilidades de un conflicto en el que se empleen ojivas nucleares.
La producción de armas de ese tipo genera una gran cantidad de residuos radiactivos y ha propiciado una gran cantidad de lugares contaminados, personas con cáncer y desechos sumamente peligrosos. El manejo de los arsenales ha provocado también contaminación nuclear, soldados que trabajan en las instalaciones nucleares y vecinos de las bases de misiles con graves problemas de salud. Al respecto puede leerse, por ejemplo, la nota de Joseph Mangano: “Por qué deben hacerse estudios nacionales de cáncer cerca de las instalaciones nucleares, antes de expandir los arsenales” (The Bulletin of Atomic Scientists, septiembre de 2025).
El uso de la inteligencia artificial y de robots aumenta la actividad minera
Una de las características de la política energética de la ultraderecha que gobierna actualmente a Estados Unidos consiste en quitar “límites normativos” a la producción de energía. Por ejemplo, de acuerdo con Ismael Arciniégas, Alicia Najera (y otros) en su texto “Ampliación de la capacidad energética neta disponible en EE.UU. para 2030. Barreras y soluciones” (Rand Corporation, octubre de 2025), la creciente importancia de la inteligencia artificial y las técnicas computacionales en los procesos productivos, el gobierno y los servicios han incrementado drásticamente la demanda de energía y metales críticos.
Por lo tanto, afirman, con el objetivo de garantizar la innovación tecnológica se requiere derribar las barreras ambientales que impiden el crecimiento de la red eléctrica. En consecuencia, los autores plantean la necesidad de modificar las normas que implican retrasos en los permisos para la ampliación de la red eléctrica provocados por la oposición comunitaria a dichos proyectos o por normas ambientales.
Los seres vivos marinos están viviendo una catástrofe
El mundo marino está viviendo un apocalipsis. Ballenas, marsopas, delfines, pulpos, calamares, corales y muchos otros animales marinos padecen un continuo incremento de la irrupción del ser humano en la superficie, las aguas profundas y los lechos marinos. La industria pesquera practica una sobrepesca generalizada. El libre comercio y la circulación de mercancías han generado un tráfico marítimo sin precedentes que ocasiona ruido, contaminación e invasión del espacio. El turismo destruye playas, hostiga animales para los avistamientos y produce cantidades ingentes de basura. Los espectáculos marinos y los acuarios capturan especímenes para las oleadas de espectadores sedientos de ver saltar una orca en una piscina. Las plataformas petroleras y gaseras perforan el lecho marino y provocan mega derrames.
La visión ultraconservadora estadounidense suma a ese escenario otra amenaza realmente grave: atiza la demanda de litio, cobre, níquel y tierras raras para la industria civil, así como de níquel, cobalto y manganeso para la industria militar y aeroespacial (en continua expansión). Autores como Hosan Tariq y Tom Latourrette en su artículo “La pieza faltante: Procesamiento de minerales y minería de aguas profundas” (Rand Corporation,18 de septiembre, 2025) proponen que la minería submarina sería la solución para no depender de China y ganarle la carrera comercial y militar.
La minería de fondos marinos, afirman, es muy prometedora. La Autoridad Internacional de Fondos Marinos reporta la existencia de al menos 19 nódulos de explotación de níquel, cobalto, manganeso y cobre en los lechos marinos de alta mar. Solo uno de esos nódulos en la zona Clarion-Cliperton en el noreste del Océano Pacífico contiene cantidades de minerales críticos mayores a todas la existentes en la superficie terrestre. Huelga decir que dicha actividad provocaría destrozos prácticamente irreversibles en los ecosistemas marinos.
La colonialidad de la agricultura
Otro de las políticas impulsadas por la ultraderecha se refiere a lo que León Enrique Ávila Romero llama, en “Semillas, plantaciones, datos y drones: la colonialidad agrícola en América Latina” (Ciudad de México, Ediciones Navarra, 2024), establecimiento de una colonialidad agrícola. Según Ávila Romero, en la primera mitad del siglo XX, comenzó un proceso de colonialidad del poder, el saber, el ser y la biocolonialidad.
En una primera oleada de neocolonización, en la primera mitad del siglo XX, comenzó una colonialidad agrícola; después de los años cincuenta vino una segunda oleada neocolonial promovida por la mal llamada Revolución Verde. En la actualidad, sobre todo con la llegada de gobiernos como el de Jair Bolsonaro en Brasil y Donald Trump en Estados Unidos, se encuentra en curso una tercera etapa de colonialidad de la agricultura de América Latina mediante la llamada Agricultura 4.0, basada en la imposición de sistemas de información geográfica (SIG o GIS) y sistemas de geoposicionamiento global (GPS), imagen satelital, cámaras digitales LiDAR (Light Detection and Ranging), drones, robots, teledetección en la agricultura y detección remota hiperespectral (bandas espectrales anchas).
El uso de este tipo de tecnologías implica un proceso que consiste en varias etapas: recolección de datos por satélites y sensores en campo, análisis automatizados de datos y big data, diseño de paquetes tecnológicos que incluyen semillas (según una combinación de previsiones meteorológicas, química de suelos y precios en la bolsa de valores). Los problemas de estas tecnologías (como las que imaginaba Ricardo Anaya como solución para el campo mexicano), son numerosos. Emplean transgénicos que empobrecen la diversidad genética. Utilizan intensivamente abonos y pesticidas que contaminan suelos, agua y aire. Además, coartan los procesos de domesticación y diversificación que han realizado las comunidades de los diversos centros de origen del mundo a lo largo de milenios y que han hecho posible la agrodiversidad.
La geoingeniería como intrusión mayor en la biósfera
Algunos grandes billonarios vinculados a los hidrocarburos han puesto en marcha proyectos de geoingeniería terrestre, oceánica, atmosférica y solar. Se trata de intervenciones a gran escala en la Tierra (en la superficie, los océanos y la estratósfera) para supuestamente paliar los efectos del cambio climático. Dichos megaproyectos son aprobados por científicos a sueldo de las empresas.
De acuerdo con Silvia Ribeiro, directora de Grupo ETC Latinoamérica, diez países generan el 75 % de las emisiones de gases de efecto invernadero; Estados Unidos, con el 5% de la población, consume el 25% de la energía del mundo. La única manera efectiva de reducir las emisiones consiste en disminuirlas en los países donde se generan.
La geoingeniería contiene riesgos ambientales muy importantes. Por ejemplo, la geoingeniería marina practicada en el Mar de Sulu, en Filipinas, ha llevado a cabo experimentos de introducción masiva de nutrientes en el océano para estimular la multiplicación de fitoplancton que capture carbono. Esto ha provocado anoxia (falta de oxígeno en el agua), ha generado suelos oceánicos muertos, ha disminuido las poblaciones de peces y ha quebrado a por lo menos diez mil pescadores. Sería muchísimo más efectivo y seguro cambiar los hábitos de consumo de los países más contaminantes.
Importancia de frenar la contrarrevolución ambiental de la ultraderecha
El capitalismo ha llegado a un momento histórico de una intensa contradicción entre su necesidad de la reproducción ampliada (a cualquier costo ambiental) y la agudización de una crisis ambiental provocada por la explotación de la naturaleza. Por un lado, una buena parte de las derechas intentan resolver esa contradicción por la vía del capitalismo verde, que intenta poner ciertos frenos a la destrucción ambiental y convertir en negocio la conservación y la remediación. Por otra parte, las ultraderechas impulsan una visión negacionista (del colapso ambiental) y confían en una solución tecnocrática que permita seguir empleando las viejas tecnologías, remueva la normatividad ambiental y vuelva impotentes las resistencias comunitarias.
No cabe duda que estamos enfrentando una auténtica contrarrevolución ambiental que, en caso de triunfar, intensificará la crisis ambiental a un punto irreversible de los procesos ecológicos del planeta. Como parte de su hegemonía, las ultraderechas han promovido un sentido común conservador que menosprecia la naturaleza en nombre del progreso y la subsunción de la vida al capital. Para resistir esa visión se requiere un nuevo sentido común subalterno y rebelde. Pienso que ser de izquierda en el siglo XXI implica una cierta educación sentimental opuesta a la cosificación de la naturaleza y su conversión en mercancía. Marx expresó en la “Crítica al Programa de Gotha”, el dilema entre capitalismo o barbarie; hoy ese dilema se actualiza bajo la forma de colapso ambiental o cuidado de la vida.