El “MAGA” trumpista y el nuevo macartismo post-soviético - Sentido Común
Desde 1954, el anticomunismo, bajo la coartada de proteger a Latinoamérica de una “amenaza externa soviética”, perpetró diversas asonadas militares, represión, violación de derechos humanos, y fue la seña de identidad de casi todos los Estados de la región.
02/02/2026
Por Héctor Alejandro Quintanar
El periodista e historiador Larry Tye publicó en 2020 una monumental, acuciosa y rigurosa biografía del político estadunidense Joseph McCarthy, puntal de la Guerra Fría en el siglo pasado norteamericano. El voluminoso e importante texto, sin embargo, contrasta con el breve título que posee: Demagogo.En una sola palabra, el autor condensó el rasgo más destacado del famoso senador que encarna el espíritu más reaccionario de la “política doméstica” del vecino del norte.
En su obra, Tye demuestra cómo la paranoia anticomunista de McCarthy agravió muchas vidas inocentes. Y en esa cruzada destinada a encontrar a todos los rojos “infiltrados” en los Estados Unidos, no había una ideología clara ni un proyecto democrático. Es más, en la cruzada inquisitiva de McCarthy casi nunca hubo pruebas fehacientes para su cacería de brujas.
Tye ahonda en los resortes biográficos y psicológicos del senador por Wisconsin: un acomplejado que comenzó su carrera como un militante más o menos progresista del Partido Demócrata y promotor del New Deal, que de pronto dio un giro reaccionario tras perder una elección local, y terminó su vida como un obseso autoritario contra una inexistente o sobredimensionada “amenaza” externa comunista, hasta morir muy joven, con trazas de alcoholismo en su hígado.
Pero, más allá de ese importante aporte, la obra de Tye destaca por sus denuncias contemporáneas. McCarthy no representaba una ideología liberal, individualista o crítica contras las ideas de Marx, sino una forma de configurar un conflicto. Dicho de otro modo, el macartismo no era un ideario social crítico del comunismo, sino simplemente un estilo paranoico para ejercer un “bullying político” contra una variedad de adversarios, no para confrontar sus ideas y derrotarlos en una lid democrática, sino para deslegitimarlos, anularlos o reprimirlos.
Y lo más importante del texto biográfico sobre McCarthy no es solo el esclarecimiento histórico — que es en sí mismo importante—, sino su interés actual. Porque en 1952 murió McCarthy, pero no el macartismo, cuyas principales formas de hostigamiento fueron la asociación forzada, el estilo paranoico (como también lo denunció Richard Hofstadter) y el asedio inquisitivo dentro de un presunto marco democrático. Y, como era obvio esperarlo, la sombra alargada del macartismo tiene como principal heredero ni más ni menos que a un personaje como Donald Trump.
El macartismo y la necesidad de una coartada como amenaza externa
El macartismo es una de las expresiones fundamentales del anticomunismo. Y al anticomunismo podríamos definirlo menos como una ideología liberal que se opone a las ideas marxistas, y más como una “forma de pensar el conflicto político” (como dice Ernesto Bohoslavsky) y una forma de construir antagonismos. Dicho de otro modo, históricamente el adversario del anticomunismo no es tanto el modelo colectivista de sociedad, sino la idea de que una “fuerza externa” busca someter algún orden local. De ahí que, en el siglo XX, el enemigo central del anticomunismo no fuera “El capital de Marx”, sino un ubicuo y presunto imperialismo soviético.
Esa noción no nació en la Guerra Fría, sino que se ancla en el proceso histórico posterior a la Revolución Francesa, donde los conservadurismos interpretaron que el sacudimiento europeo y el rol jugado por el socialismo en ese momento —por su velocidad inusitada, por su vocación internacionalista y por ocurrir en diversos lugares sin conexión aparente al mismo tiempo— eran producto, necesariamente, de alguna conspiración secreta antimonárquica y anticristiana, donde minorías —como judíos y masones— fueron señalados como responsables.
El modelo orgánico de una sociedad jerárquica e inmutable, de inspiración religiosa, pesó mucho en esta cosmovisión y, si bien tenía una carga absolutamente irracional, sus miedos y explicaciones conspirativas eran esperables en un momento de cambios inéditos y muy veloces, que más tarde se acrecentaron con la Revolución Rusa, la cual expandió a nivel global la idea de que una fuerza imperialista, en eterna amenaza expansionista, podía destruir a occidente.
El proceso histórico fue determinante. La Revolución Rusa preocupaba a nivel mundial no por sí misma, sino porque ocurrió en el marco de un conflicto geopolítico sin precedentes: la Primera Guerra Mundial, en cuya recta final ocurrió el acuerdo de paz entre bolcheviques y alemanes, visto por Occidente como una coartada imperialista, o como un intento de aliento, de parte de los rusos, a favor de una de las principales potencias expansionistas en la Europa decimonónica: Prusia. Poco después, Alemania perdió la guerra y se disolvió el imperio prusiano, pero sobrevivió el mito de que sus ínfulas expansionistas contra Occidente quedaron asentadas en el imperio naciente: el soviético.
A pesar de que las conquistas bolcheviques se centraron en recuperar territorios perdidos en los tratados de Brest; a pesar de que su expansión fue fundamentalmente hacia el Este; y a pesar de que la política exterior bolchevique fue reactiva, defensiva y concentrada más en el “socialismo de un solo país” que en una especie de Revolución Mundial, en ese momento de entreguerras nació un fantasma que, como señalan Ralph Miliband y Marcel Liebman, se convirtió en una base central del pensamiento occidental: el anticomunismo como fachada de un rechazo a un supuesto expansionismo global y ciego de parte de la Unión Soviética.
Las décadas de 1910 y 1920 fueron en Estados Unidos un escenario donde esta premisa débil tuvo un impacto enorme y significó la construcción de instituciones cuyo sentido estaba sustentado en este anticomunismo geopolítico. Leyes e instituciones en Estados Unidos de 1917 y 1918 y los tempranos veinte, como el Espionage Act y el Sedition Act , así como las instancias precedentes de la CIA y el FBI, tenían como principal insumo ideológico ese anticomunismo geopolítico: el temor de que la Revolución Bolchevique, a través de infiltrados y caballos de Troya, pudiera ejercer un acto de injerencia en Estados Unidos, como documentó Fabio Giovannini.
Así, treinta años después, en el proceso de la Guerra Fría, Joseph McCarthy no creó absolutamente nada nuevo. Simplemente llevó al paroxismo delirante y profundamente autoritario, algo que en su país se había ya convertido no solo en una ideología dominante, sino en una cosmovisión holística, en una educación integral y dominante: la idea del anticomunismo como protección contra la amenaza externa de la Unión Soviética.
La amenaza, por supuesto, era más imaginaria que real. El dominio global de Estados Unidos en la Guerra Fría era pleno, ya que —salvo en el poderío nuclear, donde existía una simetría con la URSS— en todos los demás ámbitos había una superioridad injerencista de la potencia norteamericana, cuyo objetivo era el dominio de rutas comerciales, marítimas y la hegemonía económica en su esfera de influencia, a diferencia de la esfera soviética, cuya meta no era económica sino la construcción de una especie de cinturón de seguridad.
En la segunda mitad del siglo XX, el anticomunismo geopolítico fue no solo el eje rector de la cosmovisión “doméstica” en Estados Unidos; no solo fue el eje rector de su política exterior a largo plazo; fue también su coartada antidemocrática para interferir en América Latina, promover o secundar sangrientos golpes de Estado en la región y volverse el dominante indiscutible de la economía y recursos de un subcontinente donde el comunismo fue siempre un actor marginal, casi inexistente y, salvo la excepcional Revolución Cubana, fue siempre un actor político acotado.
Nada de eso importó: desde 1954, el anticomunismo, bajo la coartada de proteger a Latinoamérica de una “amenaza externa soviética”, perpetró diversas asonadas militares, represión, violación de derechos humanos, y fue la seña de identidad de casi todos los Estados de la región (con la excepción más notoria del México posrevolucionario); hecho que favoreció el dominio político, y fundamentalmente económico de los Estados Unidos.
¿Qué pasó, empero, cuando en 1991 se disolvió el epicentro de esa amenaza global que era la Unión Soviética?
Trump, la “nueva derecha”, la “nueva amenaza geopolítica” y un punto de no retorno
Como recuerda Fernando Escalante, la disolución de la URSS en 1991 significó una especie de “triunfo cultural” sin precedentes de las derechas en el mundo, lo que implicó, en el continente americano, una década de hegemonía de gobiernos de “libre mercado”, con el “fin de la historia” como telón de fondo. Pero la política no admite actores sin antagonismos. Tras décadas de pensar primordialmente en términos conspirativos contra una “amenaza externa”, el anticomunismo debió reformular sus adversidades, luego de que el epicentro de su ansiedad —Moscú— no era más el omnisciente enemigo.
Como han señalado investigadores como Susan George, Pablo Stefanoni o Alejandro Grimson, o como figuras de extrema derecha —Pat Buchanan o el entorno cercano de Javier Milei, los escritores fascistoides Agustín Laje o Nicolás Márquez— lo han expresado por propia boca, la caída del enemigo soviético significó una consolidación de un enemigo ya percibido desde los años setenta: el “marxismo cultural”, es decir, la idea de que las izquierdas se atrincheraron menos en la economía y más en el terreno de las identidades y los derechos post-materiales.
De ahí que un pilar fundamental del trumpismo MAGA —dentro y fuera de Estados Unidos— tenga como idea una rivalidad central contra lo que ellos consideran grupos de presión conspirativos, que desde espacios aparentemente de poco impacto —como plataformas de películas, productoras musicales, literatura o espacios académicos— se gestan una infiltración manipuladora para volver “woke” a la sociedad.
Pero, tras un siglo de basar su identidad política en la idea de combatir una amenaza geopolítica externa, el “fin de la historia” pronto haría construir un nuevo antagonismo, aunque de carácter regional. En 1998, ganó las elecciones un proyecto que, más allá de sus futuras contraluces, negó la idea de que ahora el libre mercado campeaba sin rivales ideológicos en América Latina.
Hugo Chávez triunfó en Venezuela con un discurso antineoliberal que impactó en dos sentidos la política internacional: se convirtió en una especie de apertura de brecha del llamado giro a la izquierda latinoamericano en el siglo XXI y, de manera deliberada, se convirtió en un intento de contrapeso retórico a la hegemonía del libre mercado en la región
Luego de sortear y salir avante de un intento de golpe de Estado en 2002, Hugo Chávez se fortaleció como un referente regional respecto a la puesta de límites al “libre mercado” y a la propuesta de un circuito en Mercosur que se contrapusiera a la idea, preconizada por George W. Bush y gobiernos afines a él —como el mexicano—, de un área comercial llamada Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA).
Este hecho, al parecer anecdótico, resultaría crucial. La disputa regional entre Mercosur y el ALBA, expuesta en la Cumbre de las Américas en el otoño de 2005, coincidió en tiempo con la antesala de la elección presidencial mexicana de 2006, donde el partido histórico de las derechas, el Partido Acción Nacional (PAN), lucía débil para retener la presidencia luego de un sexenio fallido y del crecimiento de la izquierda tras el gobierno local de López Obrador en la Ciudad de México.
Parte de la estrategia del PAN para contener ilegalmente a su adversario izquierdista —luego del fallido intento de Golpe de Estado que fue el desafuero de 2005—, fue usar la política internacional para una disputa local, al utilizar la figura de Chávez (debido a su relevancia retórica en el subcontinente) como una especie de enemigo público y gastar millones en dinero ilegal para compararlo con Andrés Manuel López Obrador (AMLO), luego de una inédita ruptura diplomática de México con Venezuela, a raíz de un encontronazo iniciado por Vicente Fox- con el propio Hugo Chávez en noviembre de 2005, en el marco de la referida Cumbre de las Américas.
Así, un conflicto de carácter casi personal y muy secundario no solo se elevó a ruptura diplomática, sino que se convirtió en un insumo ideológico: sin ningún argumento ni prueba, las derechas mexicanas, reeditando la lógica conspirativa clásica del anticomunismo geopolítico acusaron por décadas que Chávez buscaba una intromisión en la elección mexicana a través de AMLO, para convertir a México en un pivote geopolítico que amenazara a Estados Unidos. La amenaza externa estaba de vuelta, ya no más desde Moscú sino desde Caracas.
Poco importó que las autoridades electorales mexicanas en 2007 y 2008 —a las que era imposible acusar de obradoristas— negaran que hubiera un solo indicio de intromisión chavista en México en 2006. Poco importó que estrategas vinculados al PAN declararan que nunca tuvieron pruebas de que Venezuela invirtiera recursos en la campaña de AMLO.
Pese a la falta notoria de evidencia en el imaginario de las derechas mexicanas Caracas se había convertido en una nueva amenaza externa, en un proceso ideológico que parecía sustentarse más en la historia conspirativa del anticomunismo global -vigente desde el siglo XIX y afianzado en la Revolución Rusa- que en verdaderas pruebas de que Venezuela quisiera adueñarse de enclaves geopolíticos fuera de su territorio. Un nuevo macartismo tropical se consolidó en América Latina, donde Venezuela se convirtió en un tropo identitario y un antagonismo que se ha usado, como en su momento lo hizo McCarthy original, para legitimar acciones ilegales, turbias o abiertamente antidemocráticas.
La campaña de la derecha mexicana en 2006, que violó la ley, fue pionera, y poco después la secundarían las derechas latinoamericanas y transoceánicas en El Salvador, Colombia, Guatemala y hasta en España con Vox. En 2009, la derecha hondureña también usó la farsa de la “intromisión venezolana” para legitimar el golpe de Estado contra el presidente constitucional Manuel Zelaya. Hoy, las extremas derechas en la región tienen el tema Venezuela —quizá por encima de Cuba o Nicaragua— como un asunto identitario, al grado que Jair Bolsonaro declaró su hostilidad a ese país vecino apenas tomó posesión, igual que Javier Milei, quien al tornarse presidente de Argentina en 2023 negó nombramiento de embajador en Venezuela.
En el caso de los Estados Unidos, el tropo “Venezuela” se consolidó como “eje del mal”, sumándose a las “amenazas externas” postsoviéticas del narcotráfico en la década de 1990 y el supuesto terrorismo islámico después del 11 de septiembre de 2001. Hoy, en 2026, con la invasión de Trump a Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro, se abre una sombría nueva etapa en la larga historia del anticomunismo geopolítico.
Donald Trump ha declarado sin ambages que su crimen imperialista es abiertamente para adueñarse del petróleo. Parece no necesitar una coartada más. Pero el ruido con que trata de disimular su acción va rodeado de etiquetas estilo “narcoterrorista comunista”. Tal como durante el macartismo, el anticomunismo — así sea acompañado o no de etiquetas como “narco” y “terrorista” — vuelve a escena para jugar un papel antidemocrático.
Así, las raíces del Make America Great Again no se fundan en un intento conservador pero legítimo de reactivar la economía estadunidense. Son, sin más, la herencia maldita del “bullying político”, el acoso, el imperialismo abierto, que distinguió al senador republicano McCarthy y que significó —desde Castillo Armas hasta Pinochet — una de las etapas más oscuras para América Latina.