Por Pedro Miguel
Aunque en los hechos el Partido Revolucionario Institucional (PRI) abandonó hace décadas cualquier afinidad, por remota que fuera, con la socialdemocracia, en las formas no fue sino hasta hace unas semanas que la Internacional Socialista expulsó de su seno al rescoldo venido a menos de ese partido. De igual manera, el Partido Acción Nacional (PAN) renunció a sus coqueteos con la democracia cristiana desde que Carlos Salinas y Diego Fernández de Cevallos echaron los cimientos del PRIAN, tras el fraude de 1988, si bien su lema de reminiscencia socialcristiana (“Por una patria ordenada y generosa”) perduró hasta finales de 2024, aunque con un agregado oportunista de última hora: “… y una vida mejor y más digna para todos”(1). La frase de presentación del panismo es ahora “Patria, Familia, Libertad”, tres palabras que, juntas, denotan una orientación fascista.
“Dio, Patria, Famiglia”, era una consigna muy usada por el régimen de Mussolini, y Giorgia Meloni la revivió en 2019 en su propaganda electoral.(2) “Travail, Famille, Patrie”, fue la rúbrica del régimen que el mariscal Pétain, marioneta de los nazis, estableció en Vichy tras la derrota de Francia a comienzos de la Segunda Guerra Mundial(3)–en contraposición al lema republicano tradicional: “Liberté, Égalité, Fraternité”– y la usan ahora los diputados de VOX.(4) “Deus, Pátria e Familia”, fue la divisa del Estado Novo, como se denominó a sí misma la feroz dictadura salazarista en Portugal (1932-1974)(5). De este lado del océano, esa misma trinidad fue exaltada a partir de 1932 por la organización nazi Ação Integralista Brasileira, y décadas después la retomó Bolsonaro en su fallido intento de reelección de 2023. (6)“Vida,
propiedad y libertad”, proclama Ricardo Salinas Pliego, y Eduardo Verástegui la enriquece así: “Dios, Patria, Vida, Familia y Libertad”, al poner los ojos en blanco ante la aparición de Javier Milei, quien a su vez vocifera con ojos de loco: “¡Viva la libertad, carajo!”.
Veamos la serie completa de vocablos –y de los valores que representan en el discurso de las ultraderechas: Dios, Patria, Familia, Libertad, Trabajo, Vida.
Dios no es una referencia teológica, sino la reivindicación de la Iglesia católica como institución y como sujeto de autoridad (no por nada la frase rebota entre Francia, Portugal y Brasil, tres países mayoritariamente católicos); la jerarquía clerical y la obediencia a ella son la manera de perpetuar la obediencia
Patria tiene una connotación nacionalista de corte regresivo y reaccionario; no tiene nada que ver con los nacionalismos emancipadores de América Latina y África. En cambio, posee mucho en común con los reclamos que en Europa desembocaron en la conformación de los gobiernos fascistas. Patria es, también, la justificación suprema del autoritarismo, la represión, la censura y la supresión de derechos individuales y colectivos.
Familia es el espacio de la autoridad patriarcal, de la defensa de los valores tradicionales, del sometimiento de las mujeres y los menores al despotismo del macho y de la negación de cualquier diversidad sexual; es la primera escuela de antidemocracia, imposición y manipulación; se concibe, además, como la manera por excelencia de “hacer patria”, es decir, como una fábrica de población; antes que un ámbito de afectos y de cuidados, es un sistema de gestión de autoridad y propiedad.
En la mentalidad de las derechas, la libertad no es un derecho universal de los individuos y los colectivos, sino la procuración de una jungla económica –“desregulación”, le llaman también– en la que resulten lícitos casi todos los medios de acumulación y enriquecimiento, incluida la conformación de monopolios, la supresión de derechos de trabajadores y consumidores, la despenalización de delitos financieros y presupuestales, la normalización de los conflictos de interés e incluso el fraude y la evasión fiscal. En esta acepción tan adulterada, la libertad es la condición que permite sustraer sumas astronómicas del erario por medio de la corrupción, timar a compradores y engañar a autoridades para establecer un cártel inmobiliario o eludir el pago de decenas de miles de millones de pesos. A esa libertad no puede acceder cualquiera: se requiere ostentar el poder político suficiente, contratar poderosos despachos contables y de abogados, tener los fondos requeridos para sobornar a jueces y autoridades ministeriales y convertir a los medios informativos en maquinarias propagandísticas de lavado de imagen.
En este contexto, el trabajo no es un mecanismo de realización personal, y menos un asunto de derechos (laborales), sino una herramienta de enriquecimiento patronal y de control político corporativo; exaltar la entrega de los trabajadores a sus tareas es una forma demagógica, pero eficaz, de disfrazar la explotación.
Vida es un agregado oscurantista y misógino para referirse a la negación del derecho de las mujeres a decidir, en tanto que propiedad es la defensa a ultranza de la concentración de riqueza, del libertinaje empresarial y de un pretendido derecho absoluto del propietario privado, por encima del interés público, las necesidades nacionales y los derechos de otras personas.
De esas seis adulteraciones semánticas del discurso ultraderechista, Acción Nacional escogió tres para componer su nuevo lema. ¿Significa eso que el partido recupera la raíz fascista que le fue evidenciada hace unos años?
No necesariamente. Hay que considerar que el PAN lleva varios años de practicar un travestismo ideológico que ha terminado por diluir toda traza de su ideología original. Por mera conveniencia electorera y por su obstinación en llevar a cabo una oposición sin contenido, se ha presentado como feminista, como indigenista, como ambientalista y como derechohumanero; sus dirigentes son capaces de denostar un día al gobierno por no someterse a los chantajes de Washington y al día siguiente, por pretendidas actitudes entreguistas; en las legislaturas votan en contra de los derechos, pero en los mítines se presentan como defensores y promotores de ellos.
Me parece que el cambio de la divisa panista es simplemente un ensayo más de branding electoral, así como una rústica imitación de las más o menos exitosas derechas extremas en otras latitudes: si Meloni, Bolsonaro y el partido español VOX recuperan y normalizan el viejo discurso fascista, ¿por qué no habría de hacerlo la derecha aborigen mexicana? Pero esa imitación no es reflejo de una reelaboración programática sino un chapoteo reflejo en las aguas del naufragio electoral, así como un acatamiento de lineamientos de marketing político emitidos desde los cónclaves de pensamiento ultra reaccionario de Estados Unidos y España, los cuales tienen a bien conocidas correas de transmisión hacia México en medios, empresarios y figuras políticas vernáculas.
No es probable que el nuevo lema de Acción Nacional resulte funcional en el contexto mexicano contemporáneo. Para una sociedad que aprueba por abrumadora mayoría el proceso transformador en curso en el país, la patria es el espacio que se defiende, no el que se entrega, como lo entregaron un presidente y un usurpador panista en el pasado reciente; la familia es un ámbito para construir bienestar y practicar la solidaridad, no el corral autoritario, patriarcal y opresivo con el que sueña el pensamiento cavernario; la libertad es el ejercicio de derechos individuales y colectivos, no el permiso para robar, privatizar y explotar al prójimo con el que sueñan los ultraliberales. Hay, en suma, un grotesco divorcio entre los significantes del branding panista y los significados que alientan a la transformación mexicana.
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https://www.theguardian.com/world/commentisfree/2022/sep/24/giorgia-meloni-is-a-danger-to-italy-and-the-rest-of-europe-far-right
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https://www.eduardomontagut.es/mis-articulos/historia/item/1377-%E2%80%9Ctrabajo,-familia-y-patria%E2%80%9D.html
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https://x.com/RicardoBSalinas/status/1991337094250188981
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Rafael Barajas, El Fisgón: La raíz nazi del PAN, Ed. El Chamuco y los Hijos del Averno, México, 2014.