COLUMNAS PLEBEYAS

Del imperialismo y las debilitadas oligarquías latinoamericanas - Sentido Común

A nivel internacional, resistir e impulsar alternativas al “único mundo posible” diseñado por EE.UU. sólo es factible en la unidad nuestroamericana.

30/01/2026

Tras la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos diseñó una nueva arquitectura institucional que habría de regir al mundo, legitimando y legalizando su expansión geopolítica. A pesar de ello, “Nuestra América” comenzó a lidiar tempranamente con la potencia hegemónica emergente. Para mediados del siglo XIX, ya se había promulgado la Doctrina Monroe (1823), que proclamaba: “América para los americanos”, y el Destino Manifiesto que, si bien era el principio rector de la fundación de la nación, no se articuló explícitamente hasta 1845, cuando el periodista John O’Sullivan la plasmó en una de sus colaboraciones, justo antes de la guerra de intervención, que despojó a México de más de la mitad de su territorio.

Actualmente, dos factores definen las relaciones de dominación entre EE.UU. y Latinoamérica. El primero es la crisis hegemónica estadounidense; el mundo se perfila hacia un nuevo orden multipolar en el que ese país comparte su dominio con Rusia y China. Sin duda, esta situación impacta en la región; ya lo decía Gramsci: cuando la hegemonía se debilita se incrementa la coerción y con respecto a Estados Unidos, ya podemos hablar de una “hegemonía blindada con coerción”.

Las oligarquías latinoamericanas, caracterizadas por el clientelismo, la exclusión social, la promoción de los intereses privados y la corrupción, son un segundo factor crucial. Estas oligarquías son aliadas incondicionales del país vecino del norte y abrazan firmemente la doctrina libertaria, abogando por un Estado mínimo, la libertad individual y los mercados libres. Javier Milei, presidente de Argentina; María Corina Machado, irónicamente galardonada con el premio Nobel de la Paz por promover el intervencionismo estadounidense en Venezuela; Nayib Bukele, mandatario de El Salvador; José Antonio Kast, presidente electo de Chile; y Daniel Noboa, presidente de Ecuador, son dignos representantes de éstas.

La intersección de estos dos factores se expresa en los desvaríos de Donald Trump, prueba de la debilidad hegemónica de la Unión Americana, y en la complicidad manifiesta de patéticas fuerzas políticas locales que se humillan públicamente ante el hegemón. Esta combinación también explica la reciente intervención en Venezuela y el denigrante trato que Trump le dio a Machado. 

Por tanto, es imperativo hoy más que nunca comprender las razones detrás del apoyo de los pueblos latinoamericanos a esta clase de personajes, sobre todo, porque algunos de ellos han llegado al poder democráticamente. A manera de hipótesis, se puede enunciar un pobre desempeño de los grupos políticos progresistas que ya han gobernado y del exitoso despliegue de una guerra cognitiva a través de los medios de (in)comunicación tradicionales y digitales. 

En cualquier caso, vale la pena referir que, a nivel local, la formación política es una estrategia de resistencia poderosa. El mejor ejemplo de ello es la “revolución de las consciencias” impulsada en México por la Cuarta Transformación, puesto que ha servido para blindar al proyecto frente a tales circunstancias. A nivel internacional, resistir e impulsar alternativas al “único mundo posible” diseñado por EE.UU. sólo es factible en la unidad nuestroamericana.