El renacimiento de las ultraderechas: ¿honestidad brutal o pánico imperial? - Sentido Común
El peligro alarmante de la ultraderecha no es algo estrictamente nuevo, sino el renacimiento de un grito que se creía clausurado, superado y guardado bajo llave.
29/01/2026
Oscar Rojas
El resurgimiento de las ultraderechas ha causado un gran revuelo en foros académicos, mediáticos y en la discusión pública. Esta agenda ha sido impuesta por la propia realidad en la que han irrumpido personajes como Donald Trump o Javier Milei, quienes juegan por la vía de lo políticamente incorrecto, sazonada de una supuesta honestidad brutal. Su fuerza estriba en no ser como un político tradicional, cuya retórica suena a camuflaje de la verdad.
Pero esta grieta no conduciría a ningún lugar si no existiera un cansancio real entre el pueblo, que ha luchado permanentemente durante generaciones por la seguridad en la reproducción de su vida. Generaciones que han resistido las diversas formas del poder capitalista y que han notado, últimamente, un estancamiento crónico.
Desde este punto de vista, el peligro alarmante de la ultraderecha no es algo estrictamente nuevo, sino el renacimiento de un grito que se creía clausurado, superado y guardado bajo llave. Esto evoca los horrores del fascismo clásico del siglo XX, surgido en disputas hegemónicas globales.
No obstante, hay una razón de fondo de todo esto: un proceso estructural que supera la temporalidad del corto plazo, como un río subterráneo que va moldeando lentamente la forma de una estructura geológica. Me refiero al nacimiento del Estado social y fiscal, derivado del avance de la fuerza organizada de las y los trabajadores.
No debe olvidarse —como nos lo recuerda Thomas Piketty, estudioso de la desigualdad— cómo en Europa y Estados Unidos, desde el principio del siglo XX, se redujo la proporción de propiedad privada controlada por el 10% más rico, del 90% en 1900 al 50-60% en 1980. Es decir, la tendencia de este río significó una gran redistribución social a la cual los poderes del capital reaccionaron instintivamente para rectificar el camino hacia la desigualdad original. A este proceso es a lo que llamamos neoliberalismo.
El objetivo es claro: frenar y revertir la trayectoria de socialización que se produjo desde el inicio del siglo XX a través de las revoluciones socialistas y, posteriormente, mediante las luchas de liberación nacional que buscaron abandonar el colonialismo, que todavía seguía legalmente vivo hasta mediados del siglo XX.
Esta supuesta liberación fundó un pretendido marco de derecho internacional que otorgaba igualdad a los diferentes países. No obstante, desde entonces existieron denuncias provenientes desde el sur global, particularmente el panafricanismo, de que todo era una farsa, puesto que el dominio ya no se ejercía directamente, sino a través de mecanismos económicos como la inversión extranjera.
Cuál sería la sorpresa del imperialismo estadounidense al descubrir que, a pesar de todo su avasallante poderío, no pudo evitar que un país colonizado —como fue el caso de China— lograra liberarse también de este yugo económico, poniendo en jaque sus pretensiones de dominio global eterno.
Estados Unidos se encuentra en emergencia, tratando de recomponerse frente al gigante asiático que ha despertado. Este es el verdadero pánico que hoy ha llevado a exigir sumisión por la fuerza. De aquí que el resurgimiento de la ultraderecha no sea un recobro de poder, sino un estertor del imperio occidental en declive.